El término VIP (“personas muy importantes”, por sus siglas en inglés) se acuñó para identificar a individuos cuya destacada posición o prestancia los hace merecedores de atenciones y servicios muy esmerados. Y pensándolo bien, podría utilizarse también para designar a una gran mayoría de los niños que crecen hoy gozando de un tratamiento tan especial como el que se les da a tales personajes.
Creo que durante los últimos años los padres nos hemos empeñado en atender a nuestros hijos dándoles un trato que les corresponde a los VIP, pero no a ellos. Y no hay que mirar mucho para corroborarlo: las que se quedan de pie en salas de espera mientras que los niños ocupan las pocas sillas disponibles, son las mamás que los acompañan; los que cargan sus cosas cuando los menores salen del colegio son los adultos que van a buscarlos; los que heredan los teléfonos móviles ‘viejos’ de los niños son los padres, y los que tenemos que pedir que los adolescentes nos presten el carro somos los propietarios, y no los hijos como en el pasado.
Darles a nuestros hijos la categoría de VIP porque actuamos como sus fieles servidores, no los beneficia a ellos ni a nosotros. A nosotros, porque salimos de los abusos del machismo, gracias al cual teníamos que ser esposas sumisas, abnegadas y complacientes, para pasar ambos, tanto mamás como papás, a sufrir los del “hijismo” que se caracteriza porque la sumisión, abnegación y complacencia se las debemos nosotros a los hijos.
Y en esta forma los hemos persuadido de que por derecho propio merecen ser servidos y agradados, por lo que crecen convencidos, no de que los amamos mucho, sino de que son mejores que todo el mundo.
Se requiere madurez para recibir tratamiento como “persona muy importante” y comprender que, aunque se goce de los beneficios de esta categoría en ciertos ámbitos, esto no significa que somos mejores seres humanos que los demás, ni que nos merecemos que todos nos reverencien y complazcan.
Si hasta a algunos adultos VIP les cuesta trabajo entenderlo, será difícil esperar que los niños sí comprendan que todos los seres humanos gozamos de la misma dignidad y por lo mismo merecemos el mismo trato amable y respetuoso, indistintamente de nuestra condición social, política o económica.
Con el tratamiento que de un tiempo para acá les estamos dando a los hijos no me sorprende que hoy haya tantos cuya prepotencia y despotismo caracteriza su forma de tratar a los demás.
Me pregunto cómo podrán establecer vínculos afectivos armónicos y estables cuando lo que han aprendido es que ellos deben ser servidos y venerados por quienes los aman, por lo que su mayor compromiso es con sus egos y no con sus semejantes, incluidos sus seres queridos.