En La Cabaña Suiza (hotel La Laguna, el chef Santiago Chamorro me sorprendió con platos de corte gourmet realizados con suma rapidez”.
El mejor libro de cocina cuencana puede ser aquella biblia gastronómica de 565 páginas escrita por Eulalia Vintimilla de Crespo en 1993. Allí se encuentran viejos secretos, historia y evolución del arte culinario local, fotografías, recetas realizadas por la autora con su antigua cocinera Rosa Elena Chalco Pañego.
Se insiste en los ingredientes principales de los platos morlacos: maíz, carne de cerdo, pepa de zambo tostada, molida, usada en vez del maní en sabrosas salsas. Pero también hay que recordar el cuy, el cordero. Epicuro es fanático de los canelazos, la chicha de morocho, el rosero de Gualaceo, piensa que la fanesca adquiere un sabor diferente en esta parte de la patria.
Debemos mencionar mote, caldo de gallina con huevo duro picado, aguacate, achogchas rellenas, pastel de choclo y hasta sencillas habas con sal. Saborear Cuenca es pasear por sus calles, sus parques, ver la ciudad desde la otra ribera del Tomebamba, visitar ambas catedrales (tengo una debilidad por la antigua), hablar con la gente, abarcar desde el mirador de Turi toda la urbe, entrar en talleres donde se elabora una artesanía espectacular: cerámica, hierro forjado, vitrales, ropas de cuero, sombreros, plata maravillosamente labrada.
Existen muchos restaurantes. Visité unos cuantos, pienso seguir conociéndolos todos poco a poco. Por lo pronto, en La Cabaña Suiza (hotel La Laguna, ahora sin laguna, pues la suprimieron para construir un casino y más habitaciones), el chef Santiago Chamorro me sorprendió con platos de corte gourmet realizados con suma rapidez.
Su lomo sellado a la plancha sobre espuma de Merlot y queso provolone derretido con risotto vale el viaje. Originales, sutiles, la crema de ostras con langosta a la parrilla, el sorbete de maracuyá y vermú seco. Hay varias recetas de trucha, los postres son tentadores. Recomiendo la torta de chocolate mojada, el helado tempura con jengibre sobre base de vainilla, el bavarois de frutillas.
Todos los días, La Laguna ofrece un bufé bien surtido. Los fines de semana tiene una gran variedad de platos típicos. Lastimosamente, la vista sobre lodo (lo que fue la laguna) resulta algo deprimente, así como nos decepcionó la escuálida carta de vinos.
El hotel Santa Lucía (calles Borrero y Sucre), además de ser un maravilloso hotel instalado en una mansión del siglo XIX, ofrece su Trattoría Novecento en la que nos sorprendió el surtido de vinos, la sutil cultura gastronómica de los dueños. Es sumamente agradable instalarse en el comedor de gran luminosidad con su cúpula de cristal, su árbol antiguo milagrosamente preservado, lleno de orquídeas.
En el restaurante Creta (Mall del Río) pudimos encontrar de igual modo vinos internacionales de sumo prestigio así como buenas cosechas de Chile y Argentina. Allí el chef y gerente Carlos Moscoso propone cocina internacional o típica tratando de conservar el gusto original de los ingredientes: costillas de cordero de Nueva Zelanda en una salsa neoandina de naranjilla y menta sobre puré de papa chaucha, supremas de pollo (pechugas tiernas) rellenas con camarones y cangrejo en un fondo de mariscos con crema de leche, el filet mignon al grill con costra de piñones, albahaca y perejil.
Desde luego volveré pronto para visitar El Jardín, un clásico, El Jordán (cocina árabe), Villarrosa, el Goda (hotel Dorado), Casa Alonso, El Tequila y muchos más, pues la ciudad de Cuenca ofrece una estupenda selección.