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Edición del DOMINGO 21 de Octubre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Bienvenida achuar en Kapawi ‘Wiña jai’
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El complejo Kapawi, llamado así por un pez similar a la piraña, cuenta con 21 cabañas, de las cuales 19 son hospedajes.
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Viajemos: Turismo y aventura

Texto: Moisés Pinchevsky | Fotos: Víctor Álvarez

Once años después de haber sido abierto por la operadora guayaquileña Canodros, el ecolodge Kapawi, en Pastaza, será entregado a la comunidad achuar.


Un cielo quiteño velado por nubes grises retrasa media hora el despegue del pequeño avión turbohélice con doce pasajeros ansiosos por emprender la ruta hacia tierras achuar. Finalmente, el panorama se despeja y la nave puede elevarse para avanzar cautelosa durante una hora a través de la Avenida de los Volcanes rumbo a Shell, población junto a Puyo (Pastaza), donde tras reabastecerse de combustible y recoger víveres emprende otros 40 minutos de vuelo hasta aterrizar en una pista de tierra en plena selva suroriental de esa provincia.

Diez minutos de caminata y un tiempo similar en canoa a motor nos conducen a una construcción que inspira la vida de los ancestrales propietarios de este territorio casi inaccesible por vía terrestre. Es el ecolodge y reserva Kapawi, complejo de 21 cabañas próximas al río Pastaza que Canodros donará a los achuar conforme al acuerdo inicial.

Un sueño heredado
A inicios de los años noventa, Alejandro Mayaprua (43 años) era uno de los jóvenes líderes de esa etnia que motivaban a su pueblo a participar en un proyecto tan insólito como arriesgado: construir un hotel ecológico en lo más profundo de su selva y trabajar en turismo. Algunos miembros de ese pueblo de cazadores rechazaban la idea. “Perderemos nuestra cultura. Los ingis (turistas) influirán en nuestros jóvenes”, señaló un opositor. “Los turistas nunca vendrán. Estamos muy lejos y no tenemos carreteras”, argumentó otro, según indica Mayaprua, quien hoy es coordinador binacional de la Nacionalidad Achuar de Ecuador y Perú, entidad que pertenece a la Nacionalidad Achuar del Ecuador (NAE), compuesta por 64 comunidades y 4.500 personas.

Dos años duró el debate en continuas reuniones entre los líderes achuar para analizar la propuesta traída por Daniel Koupermann, amigo de Carlos Pérez Perasso (1935-2002), entonces director de EL UNIVERSO y presidente de la operadora turística Canodros. “Todo se decidió cuando en 1991 llegó don Carlos. Él nos dijo que quería ayudarnos. Lo haría construyendo un hotel para traer turistas y generar riqueza en esta tierra. También se comprometió a entregarnos el hotel después de algunos años. Sus palabras sonaban sinceras y el proyecto fue aprobado”, dice Mayaprua, cuyo nombre nativo es Taish.

Un total de 115 indígenas tardaron casi tres años en construir y adecuar las 21 cabañas con las mismas técnicas con que levantan sus viviendas: con madera, paja y sin clavos, aunque los baños mantienen las facilidades de un hotel de primera.

Caminatas
Este pueblo ancestral denomina Arutam a la energía máxima que rige la naturaleza. Viene de sus antepasados y respira en un escenario de bosques frondosos arrullado por el canto de las ranas arbóreas, las cigarras y el susurro de los ríos que fluyen hacia el correntoso Amazonas.

La selva está viva, por ello también es una inmensa farmacia abierta las 24 horas que brinda alivio a las dolencias a través de sus plantas, lianas y cortezas. Así lo narra Celestino Antik (32 años), guía achuar que nos conduce por un sendero agreste en donde comienza a asomarse el ojo de monte, vegetal cuya infusión cura la gripe y otras enfermedades pulmonares; el dedo de muerto, un hongo negruzco y alargado que al partirse arroja un líquido amarillento que alivia el dolor de oído; la liana clavo de olor (distinta a la homónima especia), de la cual se prepara un poderoso anestésico; y el árbol de la quinina, cuya corteza brinda el componente principal para combatir la malaria.

Paseo náutico con ‘pajareada’
A las 06:30 del día siguiente las aguas del río Capahuari depositan nuestra canoa en el tranquilo Pastaza. El guía naturalista Mauricio Rivadeneira (que siempre está acompañado por el guía achuar) nos explica que un experto puede identificar 150 especies distintas de aves en una “pajareada”, tal como se denomina la excursión con este propósito. Sin embargo, los aficionados debemos conformarnos con las 40 especies que generalmente se muestran a los ojos no entrenados.

El río nos permite avanzar para avistar el ave más popular de la zona: el hoatzín, que de adulto secreta una sustancia de olor desagradable en su piel (por algo también le dicen pava hedionda). Más adelante llegamos al Saladero, sector cuyo terreno arcilloso atrae a miles de periquitos y loras que a eso de las 07:30 por instinto bajan a comer algo de ese material rico en potasio, fósforo, magnesio y manganesio. “Eso los ayuda a digerir los frutos inmaduros, bayas y semillas”, explica Reinoso.

Ecoturismo y desarrollo
Estos espectáculos son posibles gracias a que el bosque achuar ha permanecido intacto y libre del impacto de la modernidad y las petroleras. Sin embargo, el pueblo achuar sí ha cambiado con la llegada del turismo.

Por ejemplo, el proyecto les ha permitido a los nativos tener mayor contacto con el dinero, porque las transacciones locales estaban reducidas al método del trueque. Además, muchos varones cazaban o atrapaban animales vivos como pecaríes, saínos y tigrillos para intercambiarlos por productos, actividad que se ha reducido gracias a los ingresos obtenidos por el turismo: Canodros ha venido pagando a la comunidad achuar un valor mensual por el arrendamiento del terreno donde se asienta Kapawi; además, cada turista que ingresa a la reserva paga $ 10 que son dirigidos directamente a la comunidad y muchos de los productos que consume el ecolodge son comprados a los achuar de la zona.

Adicionalmente, los varones achuar ocupan el 75% de los puestos de trabajo en Kapawi, lo cual significó desde el inicio un desafío cultural para estos nativos no acostumbrados a recibir órdenes ni a ocuparse en tareas distintas a cazar, construir sus viviendas y pescar.

Isaac Vargas es el jefe de cocina y tiene seis años trabajando en Kapawi. “Aprendí observando y escuchando las indicaciones del chef principal. Fue difícil al inicio porque nunca había trabajado en la cocina. Eso había sido trabajo de mujeres”, indica este nativo modernizado que sin complejos asegura sorprender a su esposa e hijos cuando prepara alimentos en casa.

Carlos Mantu, quien desde hace un año se desempeña como mesero, se ha beneficiado de los cambios en plena juventud.

A sus 22 años es un bachiller en turismo del cercano colegio Tuna, que opera en la población Kapawi, y que ahora planea continuar esta carrera universitaria de Puyo.

“El estudio es la única manera de sacar adelante este proyecto (Kapawi). Nuestra tarea será administrar con orden. Mis familiares no son educados. Mis hermanos y yo sí queremos prepararnos”, dice este muchacho que además desea incursionar como bartender.

‘Wiña jai’ en Kusutkau
Pero los cambios se vuelven más evidentes al visitar las comunidades achuar. Kusutkau está a media hora de distancia navegando río arriba. Allá nos espera Fernando Antik (32 años), autoridad de esa pequeña población de una docena de viviendas y similar número de familias.

‘Wiña jai’ es el saludo achuar que pronunciamos al ingresar a la intimidad de su rústica vivienda, la cual presenta una división de madera que separa dos áreas: el ekent, femenina, donde las mujeres preparan los alimentos y todos duermen, y el tankamash, masculina, donde se atiende a las visitas, quienes nunca podrán tener acceso al ekent.

Este celo se muestra también en la poca apertura que tienen las mujeres para trabajar fuera de casa, además de que tampoco pueden conversar con los visitantes.

Fernando explica cómo es un día común y corriente en su rutina: al igual que todos los achuar, se levanta a las 04:00 a beber un brebaje de hierbas llamado wayusa, el cual le provoca el vómito. “Así limpiamos nuestro estómago. Luego es el momento para hablar con nuestros hijos y aconsejarlos”, indica este hombre de mirada fría que explica que los achuar suelen enterrar a sus muertos bajo sus camas. “Los seres queridos deben permanecer cerca de nosotros. No queremos olvidarlos”, agrega este líder que según la tradición debe también preguntar a los visitantes.

“¿Sus padres s on tan estudiados como ustedes?”. Un compañero periodista le responde que lo ideal es que cada generación supere a la anterior en preparación y estudios. “Yo no estudié, pero sé construir una casa, hacer una cerbatana, armar una hamaca y salir a cazar y pescar”. Y mientras responde, sus hijos observan curiosos a los turistas, personajes que gracias a Kapawi hoy pertenecen a la cotidianidad del mundo achuar.

Informes: Canodros, 228-5711, 228-0880, www.kapawi.com


Componentes

Aerotsensak: La aerolínea de la comunidad achuar, cuyo nombre significa «flecha aérea», planea comprar una avioneta para transportar a los turistas desde Quito. Para ello esperan recibir $ 300 mil del Instituto para el Ecodesarrollo Regional Amazónico (Ecorae), igual cantidad del Consejo de Desarrollo de las Nacionalidades y Pueblos del Ecuador (Condenpe) y lo mismo de Pachamama.

Futuros líderes: La semana anterior se inició el proceso de capacitación de siete jóvenes Achuar en la Universidad de Especialidades Turísticas del Ecuador (UCT), en Quito, donde estudiarán a tiempo completo por dos años con un pénsum y profesores especializados. Esta capacitación costará $ 120 mil y les permitirá graduarse de ingenieros en administración de empresas hoteleras.

Personal: El actual personal de Kapawi ha sido capacitado por expertos y en la práctica diaria.


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