Es inevitable despertar en Puerto Montt y no encontrar un paisaje digno de una postal detrás de la ventana.
Si el visitante decide trasladarse por mar, los volcanes y nevados de la parte continental lo mantendrán ocupado con la cámara fotográfica en la mano, extasiado ante la belleza natural.
Sucederá lo mismo si el destino son los palafitos, esas casas pintorescas sostenidas por columnas de madera clavadas a orillas del mar, que son acariciadas por el oleaje y el suave rumor de la espuma salada.
Y es que esta región parece haber sido creada para que la gente olvide sus preocupaciones. Tal vez porque su geografía es capaz de esconder esas depresiones debajo de sus espejos de agua, quizás por esa fuerza telúrica que emana de sus paisajes.
Tierras sureñas
Puerto Montt se fundó el 12 de febrero de 1853.
Gracias al empuje de los pioneros, la ciudad creció de forma vertiginosa. En 1912, con la llegada del ferrocarril, se convirtió en el punto neurálgico para aquellos que viajaban a la isla de Chiloé y Magallanes. El desarrollo vino a través de los rieles y el pitido de las locomotoras.
Es ahora una ciudad que tiene como industria principal el cultivo del salmón. Cambia, crece, rompe sus límites. El progreso transforma de a poco su antigua faz. Calles evocadoras, casas con rasgos europeos impuestos por colonos alemanes llegados en el siglo XIX, avenidas que coquetean con el mar, mercados donde se rinde culto a los pescados y mariscos, configuran el rostro de esta tierra, paso obligado para excitantes aventuras en la Patagonia.
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