No tenía la intención de ir al concierto. Un concurso de circunstancias, una llamada telefónica, la invitación de Julio a reunirme con él cambiaron mis planes.
Pude presenciar su espectáculo, noté que había desarrollado una mayor amplitud en el registro grave, tuvo momentos mágicos, como cuando cantó All of you con una morena de dulcísima voz, otros, donde no se lo oía bien por esa forma que tiene de bajar o mover el micrófono.
Ya supe que aquel ser humano capaz de seducir al público desde el escenario no tenía que ver con aquel con quien compartí ocho entrevistas. El Julio de los años setenta cantaba Gwendolyne, La vida sigue igual, Manuela, Abrázame, El amor, derrochaba una insolente vanidad que volcó en su libro Entre el cielo y el infierno.
Había conocido, y fue privilegio, al otro Julio, generoso, profundo, extraordinario amigo, facetas que, en aquel entonces, mantenía ocultas para su gran público. Había visitado su casa de Indian Creek, acariciado su perro Hey. Lo alcancé en su camerino antes de que irrumpiera una docena de personas en busca de fotografías o autógrafos.
Nos sentamos, nos miramos, nos reconocimos de inmediato, compartimos todos aquellos años transcurridos.
Bernard: Julio, eras tremendamente vanidoso cuando te conocí. Al mismo tiempo había un vacío enorme en ti, como si no hubieras podido absorber el éxito en tan corto tiempo.
Julio: Aquel Julio, preso de sí mismo, ya no existe.
B: Me dijiste en 1974: “si alguien me tomara como rehén me sentiría aliviado: es mejor ser prisionero de los demás que serlo de uno mismo...”.
J: ¿Eso dije? (risa estruendosa).
B: Te mandé esta tarde mi libro Más allá de las estrellas; ve a la parte que te corresponde, creo que el retrato es fiel.
J: Ya la leí apenas lo recibí. Me atrapó una gran melancolía. Noté que Brigitte Bardot y yo somos los dos que más páginas llevamos.
B: Porque son los que más se comunicaron, con Alberto Cortez, Paloma San Basilio, Rocío Jurado, la Dúrcal, Facundo Cabral. Nacieron amistades profundas.
J: ¿Qué más recuerdas, Bernard, del Julio de entonces?
B: Frases tuyas: “Soy como los árboles de la costa ecuatoriana, seco por dentro, seco por fuera”. “Uno camina hacia el éxito como quien se orienta hacia la luz, hasta ser atropellado por ella”. “Llega un momento en que vas coleccionando un montón de lujos que ni siquiera puedes disfrutar por falta de tiempo”.
J: Ahora vivo muy retirado. Me doy tiempo. Quiero que conozcas aquel lugar.
B: ¿Me olvidé de vivir?
J: Eso fue ayer. Ahora vivo a plenitud. No necesito correr.
B: Cantas para élite. Te has vuelto muy caro.
J: Prefiero cantar menos, vivir más. Hice una gira en París y toda Francia, voy a China, al Japón.
B: Háblame de Miranda, aquella modelo holandesa que te dio hijos, también estabilidad, hogar.
J: Bellísima mujer, discreta, confidente, callada, de elocuentes silencios, esencial, imprescindible. Sin ella no soy. Te dejo los teléfonos míos donde tendrás acceso directo a mí, doquiera que esté. Me vendrás a ver: conversaremos como en aquel entonces.
B: ¿Con cámaras?
J: Con o sin, es lo de menos.
B: ¿El hombre que devoraba mujeres?
J: Descubrió el amor profundo.
B: ¿El joven fogoso, la gran emoción, que a veces – me consta – mandaba a rodar a una que otra admiradora invasora?
J: Ya lo verás, ahora se presta para fotos, firmas, atiende sin impacientarse.
B: De repente te noto cansado.
J: Sí... lo estoy, a veces, pero lo olvido todo en el escenario.
B: Sencillo hasta la humildad y petulante hasta la arrogancia, recuerdo momentos en que te vi así.
J: Porque fui así. Conocí la soledad, el vacío de hoteles iguales en cualquier país. Oscilé entre el entusiasmo y la depresión.
B: Me dijiste en Miami: “Bernard, con una sola mirada sabes cómo estoy... y ya lo ves, ando con psiquiatras”. Ahora te veo pulido por la experiencia, capaz de reconocerte en el espejo, también dispuesto a burlarte de ti mismo como lo hiciste en el escenario.
También me atrapa la melancolía. Recuerdo varias cenas, mi hija Michelle sentada en las rodillas de Julio (aquella niña es ahora mujer de 35 años, madre de familia), Danny Daniel, autor de Por el amor de una mujer con Rocío, su esposa de entonces, en el Juan Salvador Gaviota.
El Julio Iglesias de manos interminables, coleccionista de mujeres, seductor, hasta arrogante, insolente como el sol, de dientes blanquísimos, olvida que vendió trescientos millones de discos. El hecho de haberse convertido en leyenda ya no le quita el sueño.
Es consciente de que vive el breve espacio de su existencia, tiene siete maravillosos hijos, la vida sigue igual. Si el amor es cuando las cosas están en su debido puesto, Miranda supo ubicarlas a punta de silencios. “El amor... no solo son palabras que se dicen al azar. El amor no sabe de fronteras, de distancia de lugar, no tiene edad”.
Aquella noche del concierto, la gente tenía cita consigo misma. La vida sigue igual.