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Edición del DOMINGO 21 de Octubre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Cine 
Primer cineasta ecuatoriano
El espíritu sin las películas
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Augusto San Miguel a los 19 años, cuando realizó tres películas.
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Carlos A. Ycaza | cicaza@eluniverso.com

Wilma Granda publica un exuberante y exhaustivo estudio sobre la vida y obras del artista guayaquileño Augusto San Miguel”.

Ojos que no ven corazón que no siente. Me lo repetían mis abuelos, que posiblemente fueron espectadores de las películas y piezas teatrales de Augusto San Miguel a comienzos de los años veinte. Para descubrir –y sentir– algo del que fuera el primer cineasta ecuatoriano que registra la historia, solo podemos constatar los vestigios de su carrera en periódicos de la época, porque sus películas desaparecieron con él. Más quedan sus palabras en artículos de La Semana, la revista que editó y donde se hablaba de “temas satíricos y literarios”.

Lo que sí está documentado en fotos es la imponente y atractiva figura de este joven bohemio que a los 19 años hace sus sueños realizando tres películas argumentales entre 1924 y 1925. Wilma Granda se adentra en la agobiante oscuridad de un pasado que arrastra a la escritora a un sendero inhóspito, donde los albores de la creación cinematográfica silente se mimetizan en la figura de un creador de imágenes que trataron de vislumbrar una visión de la sociedad de entonces.

Antes de San Miguel, las filmaciones en Ecuador solo documentaban la naturaleza, las calles de las ciudades y la gente. El público pagaba para ver a Chaplin y a veces alguna proyección local antes del plato fuerte importado, donde lo divertido era descubrir a uno que otro pariente o amigos, caminando distraídamente o haciendo muecas a la cámara.

“Hemos perdido la oportunidad de recuperar físicamente esos argumentales”, dice Wilma, “pero no hemos perdido la oportunidad de recuperar su memoria social o colectiva, tampoco la posibilidad poética de su ausencia en espectadores reales o potenciales”.

Para ella la investigación del cine ecuatoriano se inicia recién en los años ochenta. En una visión panorámica del tema, su nuevo libro La cinematografía de Augusto San Miguel, Guayaquil 1924-1925 es algo más: transportarnos a los hábitos de entretenimiento de los guayaquileños en una ciudad que esta quiteña captura amorosamente en toda su vitalidad sociopolítica.

Esta es la primera parte del libro. Granda nos sorprende a continuación con Los años del aire, una segunda visión, donde ella se convierte en una especie de médium que hace siete “llamadas” al espíritu del hombre que la obsesiona. Se adentra también en su vía crucis final, cuando en 1937 San Miguel es recogido casi en hueso y pellejo en La pampa de los conejos, una cantina marginal de donde va al hospital, después de la crisis de acoholismo que lo lleva a la tumba a los 32 años.

Acercándonos a las extravagancias de San Miguel es dolorosamente frustrante no poder ver nada de El tesoro de Atahualpa, Se necesita una guagua y de Abismo y dos almas, tres películas dramáticas donde él también actuaba. Orson Welles produjo, dirigió, protagonizó y escribió Ciudadano Kane antes de los 25 años, con toda su experiencia previa en el teatro.

Jamás me atrevería a compararlos, pero hay una herida desgarradora en estos llamados fantasmagóricos de Wilma Granda, junto a los arriesgados precipicios en la vida de su protagonista. “Se será como se era: al revés de la razón”. Lo pensaba y lo decía San Miguel. Hasta allí, con un dejo de temor, se acerca Wilma Granda.


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