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Sándwiches de El Gato |
Octubre 24, 2007
Por Germán Arteta Vargas, del libro ‘Guayaquil Nostálgico’.
Aún es otro de los populares locales de comidas y preparaciones ‘al paso’ que existen en esta ciudad, donde los vecinos y visitantes ocasionales no pierden la oportunidad de servirse golosinas y platos típicos de la cocina criolla e internacional.
En la interminable lista de establecimientos de venta de fritada, llapingachos, cangrejos, guatita, caldo de salchichas, cebiches de todo tipo, bolones, morochos hasta llegar a las hamburguesas, pizzas, yogures, klipers y shawarmas, los que expenden los sándwiches de chancho (parecidos a las ‘butifarras’ de antaño), jamón y pavo tienen la acogida de quienes transitan por los barrios de la urbe debido a su trabajo, paseo o cualquier otra actividad.
En cuanto a los famosos sándwiches de El Gato, sabemos que el negocio lo inició en 1970 Humberto Cabrera, padre del actual propietario, en Rumichaca y Vélez. Después los familiares del fundador trasladaron la atención en los bajos de la vieja casa esquinera de Clemente Ballén y Francisco García Avilés, donde desde muy temprano hasta después de las 20:00 y de lunes a sábado, acudían empleados, oficinistas y hasta familias enteras.
Por la demolición de la antigua edificación los dueños optaron por trasladarse a una tienda cercana en la misma calle García Avilés, que sigue recibiendo numerosos clientes que resaltaban la preferencia de los sándwiches porque el aliño está al punto y el chancho lo preparan en hornos de leña.
No hay que olvidar que algo similar a la venta de sándwiches por el Gato Cabrera, que incluso ya tiene una sucursal, fueron tradicional en Guayaquil los establecimientos de Péndola, Russo, Pignataro, Canessa y otros apreciados comerciantes que ofrecieron a sus clientes los apetecidos sándwiches de jamón rematados con una copa de vino.
Asimismo, ahora también son solicitados iguales productos que expenden El Sabrosón (Bolivia y Esmeraldas) y El Chino (El Oro y Chile), entre tantos otros que le imprimen a Guayaquil un inigualable cosmopolitismo que le viene desde siempre con sabrosas añoranzas.
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