Lo mejor de todo es no tener una reserva hecha, pero saber que igual me voy. Mi madre no entiende cómo ella siendo una mujer tan planificada tiene una hija que el día del feriado se levanta y tira un poco de todo en la maleta y simplemente se va.
Es alucinante no saber para dónde coger, y cuando ya estás a bordo con quien sea el o la compañera de viaje decidirlo. Si uno va para la costa, pues la primera decisión se la toma en Progreso; si uno sigue el redondel las opciones son varias. Personalmente, nunca me quedo en Salinas. Aunque disfruté toda mi infancia de ese balneario, que resulta que ahora es península, estoy bien clara que ya no se usa más. A estas alturas uno quiere algo que no sea la ‘disco’ de siempre pintada de otro color y las playas hacinadas…
En la Ruta del Sol, lo rico es no caer en el clásico Montañita. El año pasado conocí un sitio que se llama La Perla, diminuto, en un lugar llamado Las Tunas. Aunque tenía cuartos pequeños, rústicos y escasos, el lugar estuvo delicioso. Fue un escape de lo más pacífico y acogedor… Claro que la compañía también ayudó, estaba con un fulano de esos que les gusta vivir y disfrutar todo lo que el momento te da.
Pero lo cierto es que en esa zona no hay mucha gente y la playa te pertenece… Qué delicia de atardeceres, qué amaneceres tan apabullantes.
Una manejada de unos 20 minutos te lleva al Delfín Mágico, y aunque no soy Epicuro, disfruto de comer rico. Los mejores platos de la Ruta del Sol están ahí y en la Calderada, que como sí abre los domingos, bien se puede pasar al regreso del feriado comiendo alguito ahí en Manglaralto…¡un buen plato de colonche siempre viene bien!
Ahora que si la salida no era para la costa sino para cruzar el segundo puente ya la cosa varía… Siempre está Baños que no falla, Quito ha de estar pelado y los cuencanos enloquecidos… Aunque amo la capital azuaya, no se me ocurre ir en las fiestas, hay demasiada gente y para mi gusto pierde la magia para convertirse en cantina adoquinada…
Estoy muy a favor de los lugarcitos que hay en la zona de Bucay. Resulta que en los últimos años han aparecido algunas hosterías por ahí y es rico porque no hace frío, por lo tanto no hay que ataviarse de suéteres, pero tampoco te cocinas, estás en la mitad de la nada, con unas montañas gigantes con un verde que te ataca, pero con palmeras y croares nocturnos…
La vacación se vuelve como de acción, gracias al clima, todo incita a que uno se aventure a escalar la montaña, a caminar a la cascada, a treparse al autoferro, a montar a caballo sin ser amazonas, a lo que sea, son unas vacaciones en la que el punto es hacer cosas… Nunca falta la que se rompe la pata tratando de cruzar el puentecito colgante de antaño, por lo que se manda a alguien adelante para que se fracture y uno ser el superhéroe que la salva.
Obvio que están también Las Encantadas, pero para eso sí hay que planificarse, al igual que el Oriente. Son locaciones para una vacación con logística, con un grupo bueno y alguna lectura previa para estar clara a qué se fue, y si fuera así dejaría de ser un feriado para buscarse la vida, que es precisamente mi propuesta. ¡Olvídense del plancito y láncense a la carretera!