¿Es una niña pequeña, una luchadora, una diosa o qué? Su piel inmaculada es oscura, pero radiante.
Su cuerpo es orgánico, pero abstracto, con semillas por ojos, plantas suculentas por brazos y hombros como champiñones, que se funden en senos. En el perfecto y estilizado globo de su cabeza, su rostro es un corazón ahuecado.
Esta magnífica obra, resplandeciente de ambigüedad, puede ser encontrada en “Antepasados eternos: El arte de los relicarios centroafricanos”, en el Museo Metropolitano de Arte. Fue esculpida en el siglo XIX por un artista de la etnia fang, en lo que ahora se conoce como Gabón. Llamada, en ocasiones, la Venus Negra, hoy reside en París.
El arte africano suele mantenerse en los márgenes de nuestra conciencia, en un compartimento etiquetado como esotérico, mientras caminamos hacia los Rembrandts y Rothkos.
Esta exposición africana no es esotérica en lo absoluto. Cualquiera familiarizado con el arte religioso occidental, particularmente el arte antes de la era moderna, reconocerá su tema básico: la vida como un viaje cósmico a casa, con espíritus familiares, encarnados en materiales e imágenes, que nos apapachan, aconsejan y reprenden a cada paso del camino.
Durante gran parte del siglo XX, el arte africano fue valorado principalmente como fuente de inspiración para la vanguardia europea. Ya conocen la historia: Picasso ve una máscara africana y, de repente, ahí está el cubismo, un arte realmente importante.
Alisa LaGamma, curadora del Met y organizadora de “Antepasados eternos”, reconoce la influencia del arte africano en el modernismo. Pero también aclara que “Antepasados eternos” se basa en un modelo post-moderno que no es eurocéntrico.
Este enfoque se destila en un pequeño espacio cerrado que está montado aparte para exhibir tres santuarios ancestrales.
Están compuestos por figuras fascinantes colocadas encima de algún tipo de receptáculo, o saliendo del mismo.
Lo que permanece oculto es lo que yace dentro de los contenedores de los santuarios: huesos, cenizas, trozos de tela o tierra. Estos materiales están asociados a personas que murieron, pero que se considera aún están presentes, por medio de sus restos terrenales, en la vida de sus descendientes.
Una vez que LaGamma ha sugerido tales conceptos de vida y muerte, la exposición progresa hacia un recorrido sinfónico por las formas y tradiciones de relicarios de un extremo a otro de África Central.
Una de las imágenes finales es de las más impactantes: una figura de relicario procedente de Congo. Con 1.,80 metros de estatura y confeccionada a base de capas de tela, entre ellas cobijas europeas rojas, la figura ha sido dotada de volumen hasta asemejar una gigantesca muñeca femenina, prácticamente desnuda, con piel roja y una sonrisa, que parece ser de regocijo voraz, en su rostro.
¿Quién es? ¿Qué es? Varias cosas. Es un retrato de alguien que ha muerto y también un receptáculo para el cuerpo momificado de esa persona. Es una imagen de una categoría específica de antepasado, uno muerto recientemente. Pero alcanzará totalmente su estatus cuando haya sido enterrada con la reliquia que sostiene.
La lección: en la muerte, como en la vida, reina la ambigüedad. La segunda lección: cuando es tratado como el objeto vivo que es, el arte tiene mente propia.