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Enrique Krauss Rusque | Reflexiones y Propuestas
El socialismo de Bachelet
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Ni Patricio Aylwin ni Eduardo Frei han conducido gobiernos demócrata cristianos ni Ricardo Lagos ni Michelle Bachelet han liderado gobiernos socialistas. La búsqueda de consensos e identidades ha sido el ingrediente de este pacto que pasó de ser un acuerdo político contra la dictadura, a un pacto electoral y, luego, a un compromiso para hacer gobierno.

Se ha puesto en el tapete del comentario periodístico una supuesta incertidumbre acerca del grado de compromiso con el socialismo del gobierno de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet. La mención que de ella se hace en los noticiarios televisivos internacionales como presidenta “socialista” movería a sorpresa a algunos analistas.

Cada cosa en su repisa. Nadie podría poner en duda la personal adhesión de Michelle Bachelet al ideario socialista con el cual se identificó desde adolescente y no ha abandonado a lo largo de su vida. Definir al actual   socialismo contemporáneo es, por otra parte, un tema complejo, pues todas  las ideologías –confirmando que no era cierto aquello de su crepúsculo– han experimentado desde fines del siglo pasado profundas mutaciones propias de concepciones fundamentadas en una dialéctica racionalista. Por lo demás, en Chile no ha existido ningún cuestionamiento serio a esta militancia que no ha sido ni obstáculo ni objeción para la postulación presidencial y, luego, el ejercicio del cargo para el que fue elegida.

Conviene recordar la reciente historia chilena. Allí ocurrió que, producto del trauma político y social que significó el colapso institucional de 1973, los chilenos redescubrieron la regla de oro de la democracia consistente en que para hacer gobierno es menester contar, al menos, con la mitad más uno de los electores. Ninguno de los partidos políticos y movimientos ni antes ni después de la dictadura alcanzaba ese guarismo, lo que impuso superar diferencias, algunas de ellas profundas, para alcanzar entendimientos y acuerdos que posibilitaran el retorno de la democracia. Tal ejercicio –que también desde su ángulo realizó con éxito la actual oposición– inicialmente permitió encarar el plebiscito que pretendía la elección uninominal de Pinochet y derrotarlo en sorprendente jornada electoral, graficada por un periódico de la época como “corrió solo y llegó segundo”.

Lo anterior constituyó el primer paso, necesario pero insuficiente, para lograr la ansiada recuperación democrática. Lo dio una agrupación de dieciocho partidos bajo el nombre de Concertación de Partidos por el No. La institucionalidad impuesta por el autoritarismo vigente establecía una posterior elección presidencial y parlamentaria y para acometerla la coalición se mantuvo bajo la denominación de Concertación de Partidos por la Democracia. Al integrarla cada uno de los partidos participantes depuso, sin abdicar de ellas, sus ideologías, incluso sus utopías, que, a pesar del pesimismo de algunos, afortunadamente siguen existiendo. Los acuerdos, entonces, se volcaron hacia la estructuración de un programa que, fusionando los valores e ideas de cada uno de sus componentes, fuese capaz de entregar respuesta a las aspiraciones, demandas y carencias de chilenos y chilenas y designar un postulante que lo encarnara con representatividad pluralista. Con ese esquema ha sido posible dar cuatro sucesivos gobiernos que por espacio de diecisiete años han administrado con buen resultado al país.

Han sido, pues, gobiernos de “la Concertación” y no han interpretado específicamente a ninguno de los integrantes del pacto, compuesto en la actualidad por la Democracia Cristiana, el Partido Socialista, el Partido por la Democracia y el Partido Radical. Ni Patricio Aylwin ni Eduardo Frei han conducido gobiernos demócrata cristianos ni Ricardo Lagos ni Michelle Bachelet han liderado gobiernos socialistas. La búsqueda de consensos e identidades ha sido el ingrediente de este pacto que, como se aprecia en la síntesis descrita, pasó de ser un acuerdo político contra la dictadura, a un pacto electoral y, luego, a un compromiso para hacer gobierno.

Ese espíritu concertacionista ha permeado a toda la sociedad chilena que ha recuperado el sentido y espíritu originario del pacto social y, en las cuestiones esenciales, posterga intereses partidarios o de grupo para estructurar los entendimientos que permitan avanzar por el camino recorrido hasta ahora satisfactoriamente. Por cierto que no todo lo logrado ha sido exitoso, se han cometido errores y  hay, ni qué decirlo, tareas pendientes, pero los triunfos y las decepciones no pertenecen a nadie en particular y nos alegran y amilanan, según el caso, a todos los integrantes del acuerdo.

En esa perspectiva la presidenta Bachelet ha cumplido con dignidad y con talento el papel de primera autoridad de su país. Lo ha hecho, además, con valentía, asumiendo personalmente la solución de los problemas, algunos de los cuales no eran de responsabilidad de su gestión. No ha estado preocupada de las señales de las encuestas sino de la eficacia de sus actos. No ha hecho un gobierno “socialista” sino un gobierno de la Concertación, invitando, incluso, a sumarse en un pacto social amplio a la oposición y los independientes. En definitiva, ha sido una Presidenta para Chile “de la Concertación”, plural y participativa. En el ámbito de su subjetiva intimidad sigue siendo socialista, tal cual era en sus años estudiantiles.

* Embajador de Chile en Ecuador
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