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La metaciudad |
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Hace poco tiempo, unos siete mil años, los humanos comenzaron a organizarse para vivir en ciudades. Sí, es poco tiempo, porque la historia de la humanidad supera los cien mil años, por lo menos. Y no fue un proceso fácil y mucho menos simultáneo. Todavía hay muchas sociedades que no han adoptado un sistema de vida urbano. El ser humano se ha resistido y se resiste a vivir según este esquema que probablemente no está escrito en sus genes.
La parábola del Génesis es clara: el primer habitante de las ciudades fue Caín, el malo fratricida. Los buenos, Abel y los patriarcas, eran pastores nómadas. En la ciudad moran el pecado y la idolatría. Hay centenares de mitos similares, como la fábula marxista del comunismo primitivo. Filósofos y profetas han predicado permanente contra la forma de vida urbana, por corrupta e inhumana.
Sin embargo, a pesar de las pataletas ideológicas, la ciudad se ha impuesto. La verdad es que el progreso humano, el tecnológico y cultural es producto exclusivo de la ciudad. Quienes viven todavía en sociedades nómadas o tribales se debaten en la pobreza, la insalubridad y la opresión, porque también la democracia y los entramados de libertades se crearon en las ciudades. No es por eso sorprendente que los inventores de sistemas totalitarios, desde Platón a Pol Pot, hayan evocado como ideal de vida la comunidad rural, en la que un patriarca autoritario decide por el bien de sus protegidos.
Ciertamente, la fórmula de la ciudad, tal como la hemos conocido, genera graves problemas y contradicciones. Pero está surgiendo un nuevo sistema al que llamaremos la metaciudad (más allá de la ciudad) consiste en introducir la eficiencia empresarial en el manejo urbano. Esto se ve en el crecimiento exponencial de la gestión empresarial de áreas en las que se genera la convivencia humana. El mejor ejemplo, el paradigma, de esto lo constituyen los malls o centros comerciales: espacios supereficientes adonde concurren los ciudadanos a procurarse bienes, servicios y esparcimiento. Son lugares seguros y cómodos que han reemplazado a las calles y plazas, en los que el azar propio de la urbe ha sido reducido al mínimo.
También deben considerarse dentro de este esquema ciertos espacios que se gestionan empresarialmente, como metros, aeropuertos y áreas de recreación. Pueden ser propiedades públicas o privadas, siendo muy frecuentes las combinaciones entre las dos posibilidades (propiedad pública gestionada privadamente), lo importante es el enfoque de eficiencia empresarial y sostenibilidad económica que predomina en estas ciudadelas que comienzan a conformar las metaciudades.
Por supuesto, igual que ocurrió con el proceso de urbanización de la humanidad, esta tendencia provoca reacciones y tardará muchísimo en imponerse. Pero, en la medida que prosiga el desarrollo tecnológico del mundo, esta ola no podrá ser detenida: no puede una sociedad, acostumbrada a la supereficiencia tecnológica en el espacio laboral y aun en el doméstico, resignarse a vivir en el ambiente arcaico de la ciudad preindustrial. Por eso, los esfuerzos por devolver los espacios metaciudadanizados a la gestión de entes burocráticos ineficientes, son pataletas reaccionarias a contramarcha de la historia, son equivalentes al odio y resistencia que pusieron los pastores nómadas a las primeras ciudades. |
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| Enrique Krauss Rusque |
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