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Con cabeza propia |
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El corto feriado de inicios de noviembre es ya parte de nuestra historia personal. Me gustaría conocer en dónde estuvieron ustedes, si algunos aceptaron las sugerencias de este columnista y, naturalmente, cómo les fue. Los ecuatorianos –más allá de la radiografía certera de Osvaldo Hurtado en Las costumbres de los ecuatorianos– tenemos un estilo de vida muy peculiar: sin menospreciar el mañana nos gusta vivir intensamente cada “hoy” que tenemos entre manos; al feriado lo recibimos como un todo digno de ser vivido y, en casa o fuera de ella, buscamos exprimirle el jugo con vivencias inolvidables; cuando todo termina nos encontramos cansados, más endeudados, pero felices de haber compartido con la familia instantes que guardamos en nuestro interior como elíxir para fortalecer un nuevo espacio de trabajo, lucha, sacrificio, renuncias y esfuerzos. Así somos, amigas y amigos.
Quiero comentar algo sobre la recién iniciada “cacería de brujas” a fin de situar las cosas en su debido lugar; lo hago desde mi óptica de maestro, con sencillez y precisión. La resolución del actual Gobierno de prohibir la celebración de Halloween en instituciones supeditadas al Gobierno me parece plausible; al igual, la revaloración del Escudo Nacional, pues en algunas instituciones se había trastocado los valores, con notorio detrimento de esta celebración cívica. Hasta aquí, sano y bueno; mis aplausos, porque creo que los símbolos patrios deben ser lo que proclamamos: elementos escogidos para representar a la patria; cuando estos elementos ya no la representan, cuando pierden su fuerza, es porque también la representada, es decir la patria, ha dejado de ser para nosotros esa “patria tierra sagrada, de amor y de hidalguía”.
Lo expuesto no debe confundirse con un nacionalismo rancio ni inscribirse en un programa equivocado y simplón de proscripción de todo aquello que suene o huela a elementos foráneos incrustados en nuestra vida nacional. Hemos escuchado hasta el cansancio que somos parte de la aldea global; que la globalización del planeta es una realidad innegable; que la educación está obligada a formar ciudadanos del mundo y, simultáneamente, a personas identificadas con las tradiciones y costumbres de los pueblos donde nacieron. La sindéresis –ese maltratado sentido común– debe formar al ecuatoriano apto para continuar siendo él mismo y para sentirse parte del mundo globalizado, es decir, una persona orgullosa de su nacionalidad e identidad y feliz de poder acercarse a la ventana del mundo y sentirlo como propio. Menospreciar lo asimilado de otras culturas es irracional porque lo foráneo lo tenemos hasta en la sopa; fortalecer lo nuestro, lo tradicional, lo auténtico es suficiente. ¿Prendas de vestir, alimentos, medicinas, libros, desfiles, paradas militares, bandas de guerra, electrodomésticos, radios y televisores, carros y aviones, idiomas, ciencia y tecnología, etcétera y etcéteras, acaso son creaciones nacionales? “Orgullosamente ecuatorianos y orgullosamente ciudadanos del mundo” debe ser la consigna de quienes buscamos ser motivadores de una mejor formación de la niñez y juventud ecuatorianas. Pensemos con cabeza propia. Cuidémonos del retorno de los brujos; la magia proscribe la sensatez y la reflexión. |
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| Enrique Krauss Rusque |
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