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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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No hay duda de que el mundo tiende hacia lo grande. Las asambleas, las cumbres, los encuentros. Las disputas entre gobernantes. Las celebraciones de los aniversarios célebres. Los premios universales que una vez concedidos, ponen al ganador en la mira de todos. O los crímenes horrendos que hacen del ejecutor un nombre más en la galería de los famosos. O los desastres mayúsculos que se miden en la escala de Richter, en la altura de las olas de los océanos, en la cantidad de millones de seres con hambre, sin techo, enfermos.
Sin embargo, la mayoría de las personas reales, concretas, únicas e irrepetibles que somos cada uno de los vivientes pareceríamos vivir al margen de la grandeza. Las estadísticas nos convierten en una cifra, es cierto, en los registros de todo tipo no podemos sustraernos de ser más un número de cédula que un rostro con identidad, pero la realidad histórica y cotidiana –al mismo tiempo– nos convence de nuestro carácter individual.
Todo esto para pensar en los términos colectivistas que insisten en llamarnos pueblo, masa, comunidad. Indiscutiblemente que lo somos. Pero antes somos gotas personales, lagos de soledad, pozos de incomunicación. Seres de carne y hueso protagonizando una lucha específica que tiene fecha de inicio pero no de finalización. En ese paréntesis –fugaz como el giro de una mirada– se aprieta el haz de luces y sombras de nuestra existencia.
Y cuánto nos importan nuestras vidas que la impaciencia de la espera ante la oferta de trabajo, oportunidades o felicidad, se puebla de fantasmas acuciantes, de gritos destemplados, de palabras vanas. No hay mañana para quien sufre. Solo un prolongado presente desgastante y agotador que no pierde su carácter de vida impuesta, pero aceptada y confirmada en la infinita gama de las constataciones diarias.
¿Pensarán en esto los gobernantes, los jerarcas, las personas con cualquier clase de poder que mienten cuando ofrecen, que tiran la puerta en el rostro de quien pide, que desvían con pretextos la solución de urgentes necesidades? Me imagino que no. En las agendas de las autoridades los nombres pronto pierden significado, se van tachando en la medida en que se posterga indefinidamente la atención que reclaman.
Mucho de este drama tiene el Ecuador de hoy, visto en la prisa de todos los días. Drama invisible y anónimo. Con personas concretas haciendo fila en el Seguro Social, pero en realidad cifras, nombres comunes. Con buena cantidad de desempleados deambulando por ese momento de redención que pudiera ser la oportunidad de trabajo. Con la escalada de solicitantes de cualquier clase de bono, de regalo, de “ayuda”.
He allí la contradictoria cara de un escándalo permanente: formar parte de un pueblo, concepto puntal de las proclamas populistas, y ser al mismo tiempo, nada más que una vida mínima, pasajera, insignificante.
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