Fiel a su lema de escenificaciones “en miniatura”, la compañía Piccola Lirica lleva meses presentando “Tosca” en Roma. La otra noche fui a verla. Duró aproximadamente lo mismo que algunos gobiernos italianos: en sólo 90 minutos Scarpia estaba muerto, Tosca se había lanzado del parapeto y el público ya caminaba de nuevo por la calle.
Se dice que uno de los pocos sitios brillantes para la música clásica, en Estados Unidos, en este momento, es la ópera, con un público más joven atraído por marketing llamativo y obras nuevas que, con frecuencia, abordan temas de actualidad.
Pero es otra historia en el país de Verdi y Puccini, donde la ópera ha estado eternamente moribunda. Cuando la soprano Cecilia Bartoli le dijo recientemente a un periódico alemán que “la ópera en Italia es un museo con artefactos cubiertos de polvo”, recordó al compositor Luciano Berio, que, en un arranque exasperado hace una docena de años, llamó “cretinos” a los administradores de la ópera italiana y dijo que la mitad de los teatros de ópera de Italia debería cerrar porque los estándares de producción habían caído muy bajo.
Walter Vergnano, gerente general del Teatro de la Ópera de Turín y presidente de la asociación de compañías de ópera estatales de Italia, asegura que la ópera, en realidad, no agoniza. La demanda de boletos es mayor que las butacas disponibles en los grandes teatros, dijo, y el apoyo del gobierno, que fue recortado de 366 millones de dólares, en 2003, a 267 millones de dólares, en 2006, gradualmente se ha restablecido.
Sin embargo, los jóvenes italianos no van a la ópera, admitió, y es raro ver nuevas producciones. “Es una consecuencia del hecho de la carencia de educación musical”, aseguró Vergnano.
“Lo que significa es que el público que va a la ópera es más viejo que en otros países”.
Aquí es donde entra Piccola Lirica, que se anuncia como dirigido a los jóvenes, lo que significa que contrata cantantes con rostros nuevos y condensa las grandes óperas.
“Cuando nació la ópera, no había cine, ni televisión, ni comida rápida”, dijo Rossana Siclari, directora de la compañía. “Nuestra sociedad quiere todo rápido”.
Gianna Volpi, que condensó “Tosca”, proporcionó breves vínculos narrativos para compensar los cortes y hasta agregó un final feliz: los amantes muertos reaparecen para un beso post-mortem.
“Le estamos dando más a la gente, no menos”, comentó Volpi.
La “Tosca” de Piccola Lirica demostró que la inmediatez y un poco de autenticidad pesar pueden ser suficientes para una noche casual en el teatro.
Desde el Castel Sant’Angelo, donde se realiza el último acto de la ópera, hasta el barrio ancestral alrededor del Teatro Flaiano, repleto de turistas y romanos, pareció por un instante como si no hubiera cambiado mucho desde la época de Puccini, y que la ópera aún seguía arraigada en Roma.
Claramente la ópera italiana es como Roma, que siempre se dice que está en decadencia, pero sigue siendo indispensable. Sobrevive a todos los intentos de rescatarla.