James Dimon redescubrió a Shakespeare poco tiempo después de haber sido despedido de su empleo, como presidente de la financiera Citigroup, por el hombre que había sido casi como un padre para él, Sanford I. Weill.
Dimon cuenta que fue invitado a dar una conferencia en la Escuela de Administración de Empresas de la Universidad de Columbia, en Nueva York, a estudiantes que habían estudiado el poder y la sucesión por medio de la tragedia shakespeariana “El Rey Lear”. Dijo que esa tarde, en 1998, descubrió que Shakespeare, en esa obra, había escrito un estudio de caso que extrañamente predecía su despido de Citigroup y el ascenso y la caída de Charles O. Prince III, quien obtuvo el puesto más alto en Citigroup, que en otro tiempo parecía probable que Dimon fuera a ocupar.
En una entrevista reciente, mientras los reporteros lo presionaban para explicar por qué su actual empleador, JPMorgan Chase, hasta ahora había sobrevivido mejor que sus rivales a la tormenta de las hipotecas de alto riesgo, Dimon se tomó tiempo para reconocer las lecciones de Shakespeare.
“En tiempos difíciles como éstos, se ve más de lo bueno y más de lo malo en las personas”, dijo Dimon. “Uno puede pasar mucho tiempo y verse engañado por el comportamiento de las personas, pero Shakespeare le da a uno perspectivas que te ayudan a entender con quien estás lidiando”.
“No relaciono lo que está pasando tanto con los mercados como con la forma en que se comportan las personas. Uno quiere saber que en la trinchera te acompaña una persona de carácter decente, cuya brújula interior apunta en la dirección correcta.
Shakespeare es aún mejor que Freud para mostrarte los personajes con los que lidias”.
Desde hace mucho tiempo, Shakespeare ha tenido una presencia clásica en la capacitación gerencial. Pero es apenas en los últimos años que se han puesto en marcha programas que utilizan las obras de Shakespeare para instruir a los directores corporativos respecto a las vulnerabilidades a las que son susceptibles los poderosos.
“Los presidentes ejecutivos son los reyes y reinas modernos del mundo globalizado”, dice Kevin Coleman, actor shakespeariano que dramatiza para los presidentes ejecutivos cómo un error cometido en la economía global puede tener consecuencias gigantescas e inadvertidas.
David Rothkopf, fundador de una empresa consultora que ayuda a los presidentes ejecutivos a manejar riesgos, dijo que el carácter es “ahora más crucial que nunca, porque el desempeño pasado no es indicador del desempeño futuro.
“La experiencia queda de lado y todo lo que resta es el carácter. Ésa es la perspectiva maestra que aporta Shakespeare, y es muy necesaria porque cuanto más asciende una persona, menos probable es que alguien vaya a señalarle sus defectos”, agregó.
Coleman dijo notar cómo palidecían los presidentes ejecutivos en el público, cuando recientemente interpretó el papel de Hamlet confrontado por el fantasma de su padre.
“El fantasma exige: ‘Si me amas, vengarás mi asesinato’”. Los presidentes ejecutivos le dijeron, aseguró Coleman: “‘Éste es el dilema que enfrentamos: ¿Cuál es nuestra responsabilidad frente a accionistas, empleados, clientes?’ Se convirtió en un debate emocional”.
“Los presidentes ejecutivos, que tienen que estar tan seguros, tan en control, preguntaban: ‘¿Qué hago como persona? ¿Dónde queda mi lealtad y mi sentido del amor y la justicia?’”.