Sentado en la penumbra de su oficina, con paredes tapizadas de libros, cerca del barrio de Pigalle, Jacques Vergès lucía muy satisfecho de sí mismo.
Hace tres años, tras hacer caso omiso de las advertencias de sus amigos de que se exponía a una “emboscada”, aceptó participar en “El abogado del terror”, documental dirigido por Barbet Schroeder que explora su historial como defensor de terroristas y otros personajes incómodos, entre ellos el criminal de guerra nazi Klaus Barbie.
Ahora, cree que su apuesta ha redituado. “Sentí que si la película habla de mí, saldré en buena parte de ella”, expresó con un dejo de sonrisa. “La gente se dará cuenta de que no tengo dos cuernos y cola. Me juzgarán de acuerdo a lo que digo, ya sea para criticarme o coincidir conmigo, pero no a través de rumores y misterios”.
Uno de los puntos fuertes de “El abogado del terror”, que fue bien recibido en Francia este año, es que va más allá de Vergès para brindar un fascinante relato del uso del terrorismo como arma política, desde que Argelia inició, en los años 50, su lucha por independizarse de Francia.
Nacido en Tailandia de madre vietnamita y padre oriundo de la Réunion, isla francesa en el Océano Índico, Vergès no está seguro de su fecha de nacimiento: ya sea el 20 de abril de 1924, o (como lo creyó durante mucho tiempo) el 5 de marzo de 1925.
A la muerte de su madre, Vergès sólo tenía tres años y fue criado por su padre en la Réunion. En 1942, viajó a Inglaterra para enlistarse en las fuerzas Francia Libre del General Charles de Gaulle y combatió en África del Norte, Italia y Francia. Tras la guerra, permaneció en París para estudiar.
Junto con otros estudiantes procedentes de las colonias francesas, entre ellos un camboyano, Saloth Sar, que se daría a conocer más tarde como Pol Pot, asesino líder del Jemer Rojo, Vergès se unió a la campaña a favor del fin del colonialismo. Después de haber finalmente recibido su título de abogado, en 1955, Vergès se involucró en la lucha por la independencia argelina.
Entre 1957 y 1962, año en que Argelia se independizó, adquirió renombre por defender a argelinos calificados por los franceses como terroristas y que él consideraba patriotas, principalmente a Djamila Bouhired, hermosa joven condenada a muerte por colocar una bomba que mató a once civiles. Vergès, quien orquestó exitosamente una campaña para obtener su indulto, se casó más tarde con ella.
A fines de los años 60, Vergès amplió sus horizontes, al defender a extremistas palestinos implicados en ataques contra aeronaves de la aerolínea israelí El Al en Atenas y Zurich. Luego, en febrero de 1970, desapareció repentinamente, abandonando a Bouhired y sus dos hijos.
A la fecha, se niega a revelar cómo pasó los ocho años siguientes, pese a rumores que lo asocian con el Jemer Rojo o grupos de liberación de Palestina. De vuelta en París, consolidó su reputación como un extravagante abogado experto en el manejo de los medios atraído por los casos más publicitados.
“No hay mala causa”, expresó, antes de agregar que había estado dispuesto a defender tanto al ex dirigente serbio Slobodan Milosevic como a Saddam Hussein. “Todo el mundo tiene derecho a ser defendido”.
Entonces, se le preguntó ahora, tras haber apoyado al terrorismo en Argelia hace medio siglo, ¿acaso aún justifica el terrorismo? “No puedo juzgar casos individuales”, contestó, “pero me parece que la guerra contra el terrorismo es una ficción. El terrorismo es un arma, no una entidad propia”.
“Durante la Segunda Guerra Mundial, yo estaba en la artillería”, agregó. “Estaba la artillería francesa, y también las artillerías alemana, rusa, estadounidense. No había un enemigo llamado artillería. Declararle la guerra al terrorismo es una tontería. Es como declararle la guerra a la artillería”.