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El mapa del Reino |
Noviembre 25, 2007
P. Luis Martínez de Velasco | Para usted y para mí, como para todos los católicos del mundo, hoy comienza la semana con que acaba el ciclo de nuestra liturgia. Y el domingo que viene, si Dios quiere, comenzaremos un Adviento nuevo.
En este postrer domingo, la Iglesia celebrará a Nuestro Señor como Rey Universal. Y así nos hará ver que la felicidad total, gracias a Jesús que nos salvó, es el final de cuantos le reciban en su alma.
Este reinado de Cristo no es un cuentito de hadas. De él, de su llegada a este mundo, nos habla el nuevo Testamento más de ciento veinte veces. De las cuales noventa recogen la expresión de labios de Jesús.
Es un reinado real, aunque completamente diferente de los reinados humanos. Pues si los reinos humanos necesitan de la fuerza y del tributo para no esfumarse, este reino de Jesús solamente necesita para perdurar que se lo quiera libremente.
Los súbditos de este reino no se encuentran todos en un territorio. Solamente una parte, por una temporada ciertamente corta, se encuentran sobre la tierra. La inmensa mayoría de los súbditos del Rey se encuentran en el Cielo. Y un número indeterminado pero no pequeño, también por una temporada relativamente corta, se encuentra como en su antesala.
La clave de este reino es el Amor. Porque la carta de ciudadanía, la condición de súbditos del Rey Universal, se adquiere cuando se desea –desde luego con la ayuda de Su Majestad– hacer la Voluntad del Soberano.
Los súbditos del Rey que viven en el Cielo, quieren Su Voluntad del modo más perfecto que se puede dar: sin poder ya amarle menos o dejar de amarle. Los que están en la antesala –los que se están purificando un poco más– también tienen su voluntad perfectamente fija en el Amor, pero les falta amar más. Ya no pueden decaer en el amor ni traicionarlo, pero pueden mejorar su amor. Por eso son del Reino de Jesús, aunque no puedan todavía disfrutar completamente de sus maravillas.
En fin, los súbditos del Rey que estamos en la tierra, le amamos de verdad, pero con muchos fallos. No solo que podemos traicionar al Rey sino que muchas veces, casi siempre por debilidad, le traicionamos.
Sin embargo estas traiciones, estas faltas de fidelidad a Jesucristo, no nos echan de su Reino. Aunque sean faltas graves o mortales, mientras no supongan renegar de su soberanía voluntariamente (es decir, abandonar la fe con pertinacia), no nos expulsan del Reino. Al contrario: si de veras nos disgustan, si las combatimos, si las confesamos, nos permiten regresar al Reino con Amor más grande.
Por eso las fronteras de este Reino de Jesús solamente las conoce Él. Y por eso un mapa de este Reino –ni en cielo ni en el suelo– tiene sentido alguno.
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| La Universidad Metropolitana realizará el seminario ‘La seguridad portuaria, a partir del 11 de septiembre del 2001, código P BIP’. La capacitación se realizará este 28 de noviembre. Informes e inscripciones: 239-1123, 239-1223. |
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