Cuatro jornaleros, que se dedicaban a la agricultura en sus natales Pedro Carbo y Salitre, retiran la maleza que abunda en zanjas y canales de drenaje. Utilizan machetes y se han encontrado con más de una sorpresa.
Lucen sudorosos, pero no demuestran cansancio. Las labores prosiguen a buen ritmo, pese al calor sofocante, por lo que la espesa maleza continúa cayendo ante los filudos machetes.
Cuatro jornaleros utilizan las herramientas para retirar la vegetación que abunda en una zanja a un costado de la autopista Terminal Terrestre-Pascuales.
Son hombres ágiles para quienes la actividad les resulta familiar. Por ello, el clima caliente parece no inmutarlos. Y ya se acostumbraron al olor fétido que invade el ambiente y que emana del agua estancada, lodosa, grisácea, que a veces pisan.
“No es complicado para nosotros. Sabemos de esto porque somos agricultores”, expresa Pablo Alvarado, de 35 años, oriundo del cantón Pedro Carbo, quien inspecciona sus manos antes de decir –con falsa modestia– que no tienen ampollas.
Gustavo (38), hermano de Pablo, Alberto Arreaga (27) y Julio Vargas (23) completan el cuarteto de jornaleros que realizan el desmonte de la zanja como parte de las tareas de Interagua para prevenir inundaciones durante la estación invernal.
Los hombres continúan el desbroce indiferentes a la presencia de desconcertados testigos: unas cuantas garzas que merodean el área y cientos de diminutos crustáceos que corren alborotados entre el lodo.
Pero estas especies no son los únicos visitantes de la zanja. A decir del mayor de los Alvarado, también debieron lidiar con culebras, zorros, ratas y ranas.
Los mosquitos estuvieron como plaga, pero contra los insectos bastan camisas mangas largas y pantalones, comentan en son de alarde ante citadinos que suelen utilizar repelentes.
Evocan episodios de Pedro Carbo y Salitre (donde nació Arreaga), y en sus semblantes aflora la nostalgia.
Los recuerdos encierran jornadas dedicadas al agro, a la cosecha de arroz o siembra de frutas de ciclo corto, dependiendo de la época del año.
Mientras hablan, los hombres no pierden la armonía entre machete y gancho (palo en forma de L): con una mano cortan y con la otra retiran la maleza. Si el filo se gasta, de inmediato lo recuperan con una lima.
Por momentos hacen pausas para beber agua.
Después de varias semanas, restan pocos metros para concluir aquella labor manual que es solo de apoyo, pues ellos trabajan en las áreas que no se pueden alcanzar con el brazo de una retroexcavadora.
Debido a la dimensión de la zanja (9 metros de ancho, 4 metros de profundidad y unos 500 metros de longitud) y dificultades por espacio, la tarea, bajo responsabilidad de la compañía Macanp, subcontratista de Interagua, fue compartida.
Cascos, chalecos reflectivos y botas completan la indumentaria de trabajo, que los hermanos Alvarado, Arreaga y Vargas ejecutan por $ 10 diarios.
“Los jefes no tienen que andar atrás de nosotros porque saben que conocemos de esto”, dice Gustavo, quien al igual que sus compañeros no ha cursado la secundaria.
Ninguno tiene más de cuatro años viviendo en la ciudad. Todos tienen sus “compromisos” (parejas) y habitan en Flor de Bastión.
Cuando concluyan esta tarea, se encargarán de la limpieza de ductos y canales de drenaje.