Tatiana, una amiga colombiana, me confesó hace poco que la gente de Guayaquil le parecía “muy cerrada”. Recuerdo haber escuchado el mismo comentario muchas otras veces, como un brasileño petrolero que señaló cómo la gente que atiende negocios en Guayaquil y los taxistas “hacen muy pocos esfuerzos por ser amables”. Debo admitir que, siendo guayaquileño, he sentido lo mismo cuando he tratado con gente fuera de mis círculos de conocidos.
Es posible que usted conozca extranjeros que se han sentido muy a gusto en Guayaquil. La gente de fuera que llega acogida por un grupo social suele amar esta ciudad porque dentro de nuestros grupos en efecto somos gente muy cálida. Pero no es el caso de los que llegan por trabajo o no se allegan a los amigos “correctos”.
Tenemos el autoconcepto del “costeño alegre” que nos hace dar por descontado que somos muy hospitalarios, pero hay gente que piensa lo contrario. ¿Por qué?
El problema
Nacemos con la idea de que somos “los sinceros” del país. En Guayaquil es un valor cultural la franqueza por encima de la amabilidad. Después de todo, ¿no es hipócrita sonreír a quienes no nos caen bien?
La tesis de este artículo es que hemos extendido más de la cuenta el principio de no ser hipócritas y cuando tratamos con extraños demostramos con total transparencia el poco interés que nos produce conocer alguien que no toca pito en nuestra vida. Sin embargo, en muchas culturas –especialmente las culturas latinas— hay códigos sociales que hacen que la gente se esfuerce por ser amistosa con los extraños, simplemente por el arte de ser hospitalario.
En Guayaquil son valores sociales ser astuto y poderoso, pero no mucho ser simpático. Recuerdo un test de personalidad que medía el carisma de las personas y una de las preguntas era si uno prefiere ser respetado o querido por la gente. Por algún motivo, aquí creemos que buscar “ser querido” es sinónimo de debilidad y solemos dar más importancia a ser respetados. Somos una cultura que vive a la defensiva.
Hace poco, una amiga vio a un señor que pedía que lo dejaran ponerse primero en la fila de un banco para cubrir un cheque con urgencia. A mi amiga le sorprendió la mala cara que le pusieron las personas de la fila antes de, a regañadientes, hacerle el favor. Es posible que a quienes estaban por llegar les molestó la idea de demorarse unos minutos más y demostraron abiertamente su malestar. Pero, ¿es necesario ser tan franco?
Códigos de cortesía
Esto se refleja también en nuestra legendaria descortesía al volante. Las calles de Guayaquil son la máxima expresión de una cultura que no tiene como un valor social caer bien a los extraños. Aunque todos nos quejemos de la extrema descortesía de los que manejan, esta es fiel reflejo de nuestra cultura de “si no te conozco no me importas”.
Muchas sociedades tienen entre sus códigos culturales la cortesía con los extraños, pero en Guayaquil la norma es no confiar en nadie a no ser que lo conozcamos o “sepamos quién es”. Ciertamente en otros aspectos hemos evolucionado mucho como ciudad, pero conviene empezar a poner atención a este detalle. Frente a un desconocido tenemos la elección de adoptar una actitud indiferente y apática o ser amistosos y atentos.
Hay detalles como sonreír a alguien que nos presentan o ser cálidos con la cajera de un supermercado, que constituyen el arte de la amabilidad. Podemos practicarlo como código social (es conveniente que seamos una ciudad de gente amable) o por auténtico respeto y amor por la especie humana, que es como seguramente nació la norma.
En todo caso, es un detalle indispensable si queremos convertirnos en una ciudad que no solo cautive por sus avances urbanísticos sino por el encanto de su gente. La alegría natural la tenemos. Es cierto aquello del costeño alegre. Lo que falta es solo querer compartirla con otra gente.
Más información en www.elcuartoojo.com