Lo último me ha convertido en un bicho raro al que le encanta la música en casi todos sus géneros, aquel que conoce gran cantidad de repertorios pero evita disfrutarla en vivo. La razón para esto es que me molesta hacer largas filas tanto cronológicas como físicas y esperar la mayoría de veces parada o sentada en el césped de un estadio, adivinando si el sonido será bueno, a que el ídolo musical aparezca para después no poderlo ver bien y tener que conformarme con la pantalla. La reflexión posterior, mientras camino sorteando mares de gente para llegar al carro o conseguir el único taxi vacío de la zona es “para eso lo veía en la televisión de la casa o escuchaba el disco a todo volumen en el carro”.
Lo lindo de las reglas es que tienen sus excepciones y pueden ser muy satisfactorias. Una de las excepciones de mi vida se dio el pasado fin de semana en el coliseo Rumiñahui de Quito y se llamó Serrat y Sabina, 2 pájaros de 1 tiro.
Estos dos caballeros de 64 y 58 años, y la organización detrás de ellos, nos dieron lo que toda audiencia se merece: puntualidad, carisma, un espectacular repertorio, buen sonido y hasta uno que otro chiste a costa del otro. “Ustedes están practicando uno de los actos más nobles del ser humano que es la caridad”, dijo Serrat en alusión a los aplausos que eufóricamente dábamos a Sabina.
En esta experiencia comprobé que es verdad que a Serrat “cuando canta le tiembla el corazón en la garganta”, tal como lo dice Joaquín Sabina en la linda canción Mi primo el Nano, donde desnuda su admiración por él. Y Sabina, a pesar de los estragos de una vida de excesos y del microderrame a raíz de las drogas que con su habitual sentido del humor él denomina “el marichalazo”, es un derroche de vitalidad y hasta las 30 años menores lo vemos sexy.
Entre Princesa, Cantares, Penélope, Mediterráneo, considerada por un programa especial de Televisión Española como la mejor canción del siglo XX, La del Pirata del Cojo (con disfraz de corsario y todo). Y nos dieron las diez y mi favorita, Noches de boda, pasaron casi tres horas.
Me atrevería a decir que de las 15.000 personas que llenamos el Coliseo Rumiñahui no hubo un solo insatisfecho y en el hotel donde se hospedaron Sabina y Serrat no hubo escándalos ni peleas con otros huéspedes. Definitivamente lo de estos señores con su público de esa noche y con el país que los recibió fue un “Pacto entre caballeros”. Ojalá se repita.
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