Si hablamos de las semejanzas, la lista sería mucho más extensa. Pero, ¿somos realmente tan diferentes? Es menos masculino un hombre muy intuitivo o menos femenina una mujer experta en matemáticas? Parecería que estos casos cada vez llaman menos la atención, tal vez porque vamos dejando atrás los estereotipos y nos fijamos más en el cuadro grande, el de los resultados.
Ahora, si bien es cierto que cada vez nos fijamos menos en las diferencias, esto no significa que no existan, y es importante que así lo reconozcamos para poder comprender mejor por qué cada sexo actúa de una manera particular sobre el mismo hecho. Por ejemplo, tomemos a una pareja que tiene una discusión corta pero aguda al comienzo del día. Sin haberla resuelto, cada uno se va, de mal genio, a sus respectivas actividades.
El hombre en su trabajo se desconecta del problema y lo más probable es que en relativamente poco tiempo desaparezca su coraje (y la importancia del tema) y al final del día se sienta listo para estar bien con su esposa. Pero para ella la historia fue diferente: el tema persistió en su mente gran parte de su día y probablemente se lo complicó. Tal vez buscó apoyo hablando con alguien cercano, o se preparó anímicamente para buscarle solución al asunto cuando el marido llegara del trabajo.
Pero el marido llega a casa listo para cualquier cosa menos para hablar del problema, que para él ya no tiene importancia, por lo menos en ese momento. Aquí se ha puesto de manifiesto la tendencia masculina a “compartamentalizar” los diferentes aspectos de su vida, impidiendo que un área afecte a otra. En la mujer, la tendencia es a “globalizar”, a atender todo en un contexto unificado.
Otra diferencia significativa es la actitud hacia los problemas. Cuando un hombre tiene un problema se aísla, no quiere que lo vean disminuido, su naturaleza competitiva lo empuja a “no mostrar la quilla”, en otras palabras, quiere resolverlo solo y regresar triunfante.
Una mujer, por el contrario, no tiene reparos en buscar ayuda, oír consejos, ensayar soluciones al problema. Es fácil imaginarse lo complicado del caso cuando la esposa, que por naturaleza es más verbal, quiera resolver un problema conyugal persiguiendo a un marido que huye. Y no es algo voluntario, es la forma en la que están diseñados por la naturaleza, así vinieron “de fábrica”. Son complementos de la identidad sexual de cada uno, y ninguno es más importante que el otro.
Debemos aceptar que los hombres están más orientados a alcanzar metas, y las mujeres más orientadas al proceso (en un viaje, él quiere llegar a su destino ya; ella, además, quiere disfrutar del viaje); él puede enfocarse solamente en una tarea a la vez (¡no hablen que estoy pensando!), ella puede funcionar simultáneamente en varios contextos (conversar con cinco amigas o atender a cuatro hijos y al marido sin perder el paso); él prefiere ser autónomo, ella promueve las relaciones. ¿Diferencias? Más parecen actitudes complementarias.
Las semejanzas son abrumadoramente más numerosas y poderosas que las diferencias, y debemos añadir que todos tenemos la capacidad para funcionar de cualesquiera de las maneras enunciadas.
Lo ideal es que cada uno funcione de acuerdo a su naturaleza, adaptando su comportamiento a la realidad que comparte con alguien que ve la vida desde un ángulo ligeramente diferente, no antagónico.
¿Dos caras de la misma moneda?