Lo confieso: soy un cucarachero, un guardacosas, un coleccionista del pasado, un enemigo de desechar. La parte superior de mi armario seguramente se desplomará algún día cansada de soportar el peso de cada hoja de papel, fotocopia, apunte, cuaderno, carpeta y libreta de mis años universitarios (incluso algunos del colegio), los cuales conservo con la idea de que en el futuro necesitaré de esos datos garabateados con mi patuleca letra manuscrita.
Además, mis cajones del velador acumulan –unas veces con orgullo, otras con vergüenza– cientos de amarillentos recortes de periódico, tarjetas de Navidad, monedas y billetes de nuestro desaparecido sucre, un antiguo mapa de Guayaquil, dos juegos de reglas de la primaria, cuatro billeteras viejas, las primeras fotos que tomé en la universidad, mis primeras libretas de teléfonos, dos walkman de los años ochenta y un reloj muñequera de Mickey Mouse (siempre me digo que algún día le compraré la pila).
Obsesión o sentimientos
Los latinoamericanos tenemos la costumbre de guardar el pasado muy cerca de nosotros, arriesgándonos a que nos muerda la piel en algún descuido de la nostalgia. Esto quizá sea por sentimentalismo o una simple cuestión de arquitectura: nuestras casas no tienen los desvanes y sótanos que los ‘gringos’ utilizan para amontonar aquello que el tiempo les hace olvidar.
¿De dónde viene la obsesión de guardar? ¿Por qué en una sociedad donde cada vez hay más cosas desechables? Son preguntas que podría responder desde el ejecutivo que mantiene colecciones interminables de su revista favorita o las abuelitas que desde hace años acumulan palitos de helado y envases de alimentos (cuidadosamente lavados) con el propósito de tener un stock disponible para las tareas escolares de sus nietos.
Cualquiera tiene una historia que contar al respecto: Teresa Farfán, ejecutiva de una empresa de publicidad, se abraza particularmente a sus cuadernos del colegio. “Esas páginas conservan conversaciones inolvidables con mis amigas en clase. Nos pasábamos el cuaderno para comentar sobre el profesor, la materia o algo personal. Todas escribíamos”, indica sobre esos trofeos colegiales que mantiene en el clóset de su cuarto, junto con todos sus carnés estudiantiles, mechones de pelo de sus amigas de la adolescencia, fundas de caramelos vacías que le han regalado (llenas, por supuesto) entradas al cine de películas que ha disfrutado de manera especial (como Titanic) y una cartulina que sus parientes en España le adornaron con flores artificiales y la palabra “Bienvenida” para recibirla en el aeropuerto de Madrid en el 2001.
A sus 22 años, Farfán recién comienza a darle forma a su “basurero”, según algunos de sus parientes califican a ese montón de objetos conservados, pero Mercedes Cuesta, ejecutiva de finanzas de 33 años, tiene más experiencia en este oficio que califica como de “cucarachera”.
“Así me llaman a veces porque heredé de mi papá la costumbre de guardar todo recorte de periódico con temas interesantes, desde información sobre medicina natural hasta datos históricos de fechas como el 24 de Mayo o el 9 de Octubre (para mi hija de 11 años)”, indica esta sentimental que también atesora tarjetas de Navidad, peluchitos y cartas de su esposo de cuando eran enamorados.
“Incluso tengo algunas en mi billetera”, agrega esta esposa y madre que explica que las personas necesitamos conectarnos al pasado, pero mantenernos en el presente y planear el futuro.
Esto no se bota
Daniel Gómez, un comerciante de 57 años, acumula su pasado con una visión del futuro. Él guarda cada pieza que ha reemplazado desde hace ocho años de su camioneta modelo 1997: llantas, aros, carburadores e incluso un balde trasero que ocupa un gran espacio en el patio de su residencia en la Alborada. “Las piezas me pueden servir como repuestos de emergencia”, indica este hombre que también conserva rejas, puertas metálicas y de madera y accesorios que ha reemplazado en su vivienda, porque “también me pueden servir para futuras ampliaciones”.
Esta situación provoca disgustos a su esposa e hijo menor, de 22 años, porque consideran que el patio es un desastre.
La psicóloga Cecilia Chávez de Bowen indica que la costumbre de guardar elementos del pasado puede ser relativamente normal, pero podría convertirse en una obsesión que provoque incomodidades a la persona y su familia.
Los objetos voluminosos causan conflictos que pueden solucionarse al tomar la firme decisión de desechar. Pero hay otras decisiones menos fáciles. Por ejemplo, los recuerdos de un amor que terminó deberían eliminarse a los seis meses y las pertenencias personales de un ser querido fallecido pueden permanecer hasta dos años. “Cuando los objetos comienzan a causarnos daño lo mejor es hacerle una buena limpieza al armario. El fin de año es el mejor momento, porque debemos darle mayor vida a nuestro presente y futuro”, indica.
Los objetos a veces nos tientan a volver el reloj atrás, pero ni las pilas nuevas lograrán que aquel reloj de Mickey Mouse –ni cualquier otro– se reencuentre con las horas del pasado.
Guardar es normal. Pero debemos estar alertas cuando se convierte en una obsesión que nos lastima”.
Psicóloga Cecilia Chávez