Tengo una amiga que detesta todo los eventos que tengan un barniz “cultural”, dicho así, con comillas. Ella jamás estará en la inauguración de una exposición o en la primera noche de alguna escenificación teatral de cualquier índole. “A lo máximo que llego es al MAAC Cine, siempre y cuando no haya un pitufo hablando pendejadas”, dice.
Allí la vi el otro día en la primera función de La niña santa, del Festival Cero Latitud. De la directora Lucrecia Martel es imposible olvidar su durísima La ciénaga (2000), y Alicia –así voy a denominar a mi amiga– solo me dijo al principio: “Este cine argentino me huele a parrillada servida con salsa de caviar, bien atorrante, y todo viene con mensaje. En cambio, ¿ya viste Hairspray?”.
Algo de Alicia me anda contagiando, porque de repente, la pasión cinéfila provocada por obras realmente profundas como La niña santa es amortiguada con sorpresas que encuentro en películas tan aparatosamente bufas como Hairspray, nueva comedia musical ultra-Hollywood, especialmente cuando el elaborado y cartulinoso escenario es de los años sesenta, con furiosos bailes y pegajosa música de rock pasando a un soul muy negro y deleitante.
Con Alicia no hablé de lo que sí voy a poner aquí. Estas dos películas me conectaron al mundo de la adolescencia y todos sus inciertos matices, poblado de nubes rosadas y escabrosos barrancos. Hairspray lo celebra con Tracy Turnblad (Nikki Blonsky), su energética y gorda protagonista. Ella aspira a ganar los concursos de baile de un hit-show de televisión en vivo, en una Baltimore al borde de las rencillas raciales de entonces. Con su sonrisa irresistible y litros de laca en el cabello, Tracy todo lo puede: liberar a su todavía-más-gorda mami (“ella” es John Travolta, quien la personifica demasiado en serio) de su acomplejado y voluntario encierro para ponerla también a bailar, integrar a sus amigos negros al concurso y conquistar a Link (nada menos que Zac Efron, de High School Musical), el chico más cotizado.
Hairspray es un banana-split recargado por el director Adam Shankman, donde su protagonista comparte el estrellato con las exuberantes coreografías de los actores-bailarines. Aquí la adolescencia es rítmica, efusiva y todas las amarguras de hogares divididos se solucionan felizmente.
Lucrecia Martel parece continuar en la ciénaga de hace unos años. La niña santa (2004) tiene que ver con el mundo estancado de una sociedad provinciana donde las familias no pueden salir de la penumbra. Esta es su segunda película y ya le ha valido calificativos como el de ser la mejor directora del cine argentino de los últimos años. Los protagonistas de este filme lucen como sonámbulos; diálogos escuetos parecen desunirlos de una manera tan incongruente como los sonidos del extraño vibráfono que emite sonidos sin necesidad de tocarlo.
La Tracy sureña de La niña santa es Amalia (María Alché). En sus oídos no hay mucha música pop, pero sí los cánticos de una tutora de catequismo (Mia Maestro) en la hostería donde vive con su madre divorciada (Mercedes Morán), supervisora del lugar. En sus 14 o 15 años, ella es seguida por voces misteriosas, susurros eróticos de sus amigas y miradas furtivas del Dr. Jano (Carlos Belloso), quien es parte de un congreso de médicos de nariz y oídos. Durante un furtivo encuentro en la vereda, cuando Amalia escucha al músico del vibráfono, el médico aprieta su cintura contra la espalda de la chica.
Esta relación de silenciosos acercamientos y miradas furtivas es mórbida, a la vez que sensual. Martel no está acusando a nadie y más bien nos adentra en el mundo de una adolescente que ha sido poseída por una tenebrosa misión: redimir las faltas de los seres que la necesitan. El bien y el mal nunca se contrastan. El éxtasis religioso puede ser también sexual. La adolescencia es difusa y onírica, un estado mental que nunca abandona a débiles seres humanos.