Los hombres y mujeres jóvenes aglomerados en el sótano del bar Union Hall, en Brooklyn, Nueva York, tenían la apariencia de personas acostumbradas a pasar el tiempo en cuartos oscuros y bochornosos. Vestidos con camisas de franela a cuadros y chaquetas de pana, podrían haber llegado en busca de la banda más moderna.
En una reciente noche de miércoles, estaban a la espera de ver una presentación de Dave Maiullo, especialista de apoyo del departamento de física de la Universidad Rutgers, que monta demostraciones para ilustrar principios científicos.
En un escenario decorado con un florero de flores rojas, ladrillos, esponjas, vasos de precipitación y una cubeta de nitrógeno líquido, Maiullo inició el show al sumergir una de las flores en el nitrógeno líquido. Luego tomó un martillo, lo levantó por encima de su cabeza y golpeó la flor con la mayor fuerza que pudo. La flor congelada se hizo añicos, como si fuera de cristal.
“¿Por qué sucedió eso?”, preguntó al público, entre los que se encontraban algunos relajándose con un cóctel llamado Mechero de Bunsen. “El calor se le escapó”, gritó alguien. “Tienes un 100”, dijo.
Los mismos parranderos nocturnos que pasaron sus años de preparatoria y universidad batallando con las clases de ciencias, ahora se reúnen voluntariamente a escuchar presentaciones sobre los principios de la teoría de cuerdas o cómo funcionan las cortezas orbitofrontales. Grupos de ciencias para jóvenes profesionales, como el Club Secreto de Ciencia, que tiene un año de antigüedad en el Union Hall, ahora se forman en bares y bibliotecas en todo Estados Unidos.
“Si tienes cierto tipo de empleo, después de un tiempo esa parte de tu cerebro empieza a deteriorarse”, dijo Amy Lee, de 25 años, que trabaja en una compañía de Internet y asistía a su segunda reunión del club. “Uno lo quiere usar de nuevo. Además, hay alcohol”.
Aproximadamente 50 grupos, con nombres como Ciencia lista para usarse o Pregúntale a un científico, se han formado en los últimos cuatro años. Cada mes, invitan a científicos, por lo regular catedráticos de universidades cercanas, para dar conferencias sobre temas tan diversos como las extinciones masivas y los llamados de apareamiento de las ranas. Entre 50 y 100 personas acuden para una noche de empaparse de ciencias experimentales y de bebidas alcohólicas.
“La gente nunca había aspirado a mezclar el ambiente y las actividades académicas”, dijo Melissa Lavigne, directora de marketing de Intelligence Group, compañía de investigación de mercado que estudia a la gente de 20 a 39 años. “El joven súper inteligente es considerado un genio, en vez de un ‘nerd’. Ha logrado un nuevo estatus. Nunca había sido tan buena onda ser tan cerebral”.
John Cohen, inmunólogo que inició el Denver Café Scientifique, en 2003, dijo que pensaba que el primer encuentro sería una reunión íntima de 20 personas. “Terminamos siendo más de 60”, dijo. “Estábamos todos apretujados en la esquina del salón de billar”.