Ahora que biólogos en Oregon han reportado haber empleado la clonación para producir un embrión de simio y extraer células madre, parece más factible que antes que un embrión humano sea clonado y que, algún día, nazca un humano clonado. Pero no necesariamente sucederá en este lado del Pacífico.
Los investigadores estadounidenses y europeos han logrado la mayoría de los avances hasta la fecha en materia de biotecnología, pero aún enfrentan un enorme obstáculo: Dios, tal y como lo definen algunas religiones occidentales.
El 20 de noviembre, dos equipos científicos anunciaron haber convertido células cutáneas humanas en lo que aparentemente son células madre embriónicas sin tener que crear o destruir un embrión, una proeza que podría sofocar el debate ético en Estados Unidos sobre tal investigación.
Mientras que críticos de derecha e izquierda cuestionan la moralidad de la investigación con células madre y la ingeniería genética, destacados científicos occidentales se han mudado a Asia, entre ellos los genetistas Nancy Jenkins y Neal Copeland, quienes abandonaron el Instituto Nacional de Cáncer estadounidense y se instalaron, el año pasado, en Singapur.
Asia les ofrece a los investigadores nuevos laboratorios, menos restricciones y una visión religiosa diferente.
“Las religiones asiáticas se preocupan menos que las occidentales de que la biotecnología sea sinónimo de ‘jugar a ser Dios’”, expresa Cynthia Fox, autora de “Célula de células”, libro que aborda la competencia global entre investigadores de células madre.
Esta división Oriente-Occidente es aparente en mapas trazados por Lee Silver, biólogo molecular de la Universidad de Princeton, quien estudia las políticas biotecnológicas en el mundo entero.
La mayoría de los países de Asia del Sur y del Este muestra relativamente poca oposición a la investigación con células madre embriónicas clonadas o a las cosechas genéticamente modificadas.
China, India y Singapur, entre otros, han promulgado leyes que apoyan la clonación embriónica para fines de investigación (a veces llamada clonación terapéutica y diferente de la clonación reproductiva, que busca recrear a un ser humano).
En Europa, en cambio, los cultivos genéticamente modificados son un tabú. La clonación de embriones humanos para fines científicos es legalmente respaldada en Gran Bretaña y varios otros países, pero está vetada en más de una docena de otras naciones, entre ellas Francia y Alemania.
En América, los cultivos genéticamente modificados son muy comunes.
Pero la clonación de embriones para la investigación es ilegal en la mayoría de los países. No lo es en Estados Unidos, pero dicha investigación no puede recibir fondos federales y algunos estados la han vetado.
“La mayoría de las poblaciones en países hindúes y budistas”, indica Silver, “tiene una arraigada tradición en la que no existe un Dios creador único.
En lugar de ello, los espíritus son eternos y la virtud individual, el karma, determina lo que le ocurre a tu espíritu en la siguiente vida. Con algunas excepciones, esta visión permite aceptar la investigación embriónica para respaldar la vida y los cultivos genéticamente modificados”.
En la tradición judeo-cristiana, Dios es el creador maestro que asigna un alma nueva a cada ser humano por lo que, para los cristianos que consideran el embrión como un ser humano con alma, el que los científicos empleen la clonación para crear embriones humanos o los destruyan en el marco de su investigación es inaceptable.
“Muchos europeos e izquierdistas estadounidenses”, agrega Silver, “han rechazado al Dios cristiano tradicional y lo han sustituido con una diosa postcristiana Madre Naturaleza y doctrina cristiana modificada. No se trata de un sistema de creencias coherente, pero, en el fondo, prevalece la opinión de que los humanos no deberían intervenir en mundo natural”.
De allí la oposición a los alimentos genéticamente modificados.