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Es un pintor que hace cine y no vice versa

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Mathieu Amalric (izquierda), en “The Diving Bell and the Butterfly” con el director de la película, el conocido pintor Julian Schnabel.
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Diciembre 02, 2007

Por RANDY KENNEDY

Las pinturas elaboradas sobre platos rotos, que convirtieron a Julian Schnabel en estrella del mundo del arte, a principios de los años 80, parecieron anunciar su importancia no sólo por su pavoneo retrógrada sino también por su simple peso.

En contraste, varias pinturas nuevas que Schnabel recientemente tenía colgadas en las paredes, de una ex fundición, cerca del Canal Gowanus, en Brooklyn, Nueva York, parecían ser casi ingrávidas, como si nubes de humo se hubieran asentado sobre el lienzo. En realidad eran ampliaciones impresas digitalmente de antiguas radiografías hospitalarias francesas con las que se había topado, el año pasado, en el norte de Normandía. Como tales, eran piezas no simplemente de arte sino de argumento, la manera incisiva de Schnabel de decir que aunque su vida como cineasta tal vez puede amenazar con eclipsar su vida como pintor, aún tiene su paleta firmemente en la mano.

Encontró las radiografías en un edificio cerca del hospital naval en Berck-sur-Mer, en la costa de Normandía, donde acababa de terminar de dirigir “The Diving Bell and the Butterfly”, su película basada en la exitosa autobiografía de Jean-Dominique Bauby, ex director editorial de la revista Elle, en Francia. En 1995, Bauby sufrió un derrame cerebral que lo dejó con una condición llamada síndrome de enclaustramiento, consciente aunque paralizado, con sólo su ojo izquierdo aún funcional, y laboriosamente “escribió” las memorias al parpadear ese ojo para seleccionar letras en una tabla.

La cinta sigue a dos éxitos anteriores de Schnabel, cuya primera película, “Basquiat”, en 1996, tuvo una acogida respetable, si se toma en cuenta su inexperiencia y su cuota de críticos en el mundo del arte, donde estaba ambientada.

Su segundo filme, “Antes de que anochezca”, de 2000, acerca del escritor cubano homosexual Reinaldo Arenas, lo estableció sólidamente como realizador, y su estrella, Javier Bardem, obtuvo una nominación al Óscar.

“The Diving Bell” ha sido aún más extensamente elogiada, al valerle a Schnabel el premio al Mejor Director en el Festival de Cine de Cannes y alimentar sueños de un Óscar por parte de Miramax, su distributor estadounidense.

El único problema con este historial es que incluye a mucha gente que describe a Schnabel como un director que pinta, y no al revés. Este hecho no siempre es del agrado de un hombre que ha hecho miles de pinturas —y ha ganado millones de dólares con ellas— durante los últimos 30 años y quien una vez declaró ser “lo más cercano a Picasso en esta vida”. “Soy pintor; eso es lo que hago”, afirmó en su estudio en Brooklyn.

El tono que logra Schnabel en una película con una trama tan sombría —Bauby murió apenas dos días después de la publicación de su libro— es todo menos sombrío.

Al igual que las memorias, la cinta es muchas veces muy divertida y en muchas secuencias posee una especie de elegancia gala.

Tras conversar con Schnabel, uno deriva la idea de que la película adquirió su exuberancia visual y emocional, en parte, porque éste considera a Bauby como un hombre más afortunado que trágico, alcanzado por un relámpago del destino que le robó su cuerpo, pero le otorgó una vida después de la muerte en la literatura.

Parece que el destino de Schnabel, de 56 años, no ha requerido dichos tiras y aflojas existenciales. Su reputación como artista tal vez no está tan asegurada como le gustaría. Todavía no tiene una pintura en la colección del Museo de Arte Moderno.

Pero está presente en otras exhibiciones y colecciones de museos en todo el mundo.

Hay una clase de dictadura juliana, a intervalos benevolente, que parece prevalecer independientemente de lo que Schnabel esté en proceso de hacer. Cuando la entrevista en su estudio llegaba a su fin, un asistente le llevó un vaso de agua al reportero.

Schnabel le preguntó a una publicista de Miramax sentada cerca de allí si también quería agua. Dijo que no, gracias.

“¿Quieres llevarle un poco de agua, por favor?”, le dijo Schnabel al asistente. El asistente contestó que no creía que quisiera agua. “La tomará”, dijo Schnabel. “La necesita”.

La necesitara o no, se la tomó.


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