Me subo en la bicicleta a las 07:30 de la mañana, aún corren los alisios del Sur y se anuncia un día fresco, sin soles. Enmarañarse en la bici me toma tiempo, pero una vez arriba no hay quien me pare, sobre todo al bajar la lomita de la casa de Gaby.
En la esquina saludo al vecino, que también prepara su bici para ir al trabajo. ¡Si fuera como hace diez años, cuando este era el medio principal de transporte! Ahora hay que cuidarse de los carros, uno, dos, cuatro taxis que pasan a centímetros, y eso que no me despego de la ciclovía bastante bien marcada en la avenida Charles Darwin.
Al extremo este de la avenida están las oficinas del Parque Nacional y la Estación Darwin. Llego hasta “La Catedral”, el aula donde se dicta el curso organizado por el Parque Nacional para la renovación de licencia de guías. Siempre ha sido para mí un misterio el origen de este nombre, pero nunca he buscado una explicación, supongo que por el simple placer de dejar cosas en el misterio.
Me siento como hace varios años, cuando tomaba el curso por primera vez. No somos más los jóvenes ingenuos de antaño, pero aun se percibe ese “no sé qué” de siempre; nos une Galápagos, sus seres vivos y sus volcanes. Existe un acuerdo tácito y secreto dentro del gremio de guías, y nos sentimos cómodos los unos con los otros.
Se presentan las charlas de los personeros del Parque y la Estación Darwin. Uno a uno exponen sus novedades. Wilson Cabrera nos llena de orgullo al recordarnos el éxito de los programas de erradicación. En la isla San Salvador, por ejemplo, los guardaparques recorrieron 40.000 kilómetros a pie, el equivalente a dar una vuelta al mundo, en busca de chivos y cerdos, con el rifle bajo el brazo. Escuchándolo entendemos una vez más que estos hombres dan todo por las islas.
Washington Tapia se refiere a la nueva visión de manejo del Parque Nacional, del propósito de considerar a Galápagos como un todo, propendiendo a la restauración de la integridad ecológica de ecosistemas, ya no a la perpetuación de individuos. Sandy Salazar comparte sus años de investigación sobre lobos marinos. Mientras escuchamos charla tras charla, las lagartijas se pasean por las paredes y los cucuves meten bulla desde afuera; porque así es Puerto Ayora, es parte de su gracia.
La directora del Parque Nacional, bióloga Raquel Molina, nos invita a una sesión de preguntas y respuestas, un debate bastante constructivo que muestra la apertura del Parque hacia los diversos sectores y su deseo de transparencia.
Hay talento en la dirección del Parque, hay talento en Galápagos. Por supuesto que somos unos desordenados a la hora de hacer preguntas, y siempre surge un chiste que algunos pueden interpretar como irreverencia ante los expositores. Yo lo entiendo como una expresión de vitalidad, como un apetito irrefrenable de interactuar. Y definitivamente hay interacción, se refuerza una vez más el nexo entre el Parque Nacional, al cual nos debemos, y los guías naturalistas, y ya solo con esto el curso ha valido la pena.
A las seis de la tarde, terminado el día de charlas, tomo una vez más mi bicicleta y enrumbo por la avenida Charles Darwin hacia occidente. Me acompaña Silver Fox, entrañable amigo, de vitalidad contagiosa, y a lo largo de la calle van apareciendo otros personajes que hacen de este pueblo un lugar lleno de historias y encantamiento.
Patty salta con gracia un obstáculo del camino. Tiene prisa porque debe pedalear hasta la parte alta, a controlar que sus perros no acosen las gallinas del vecindario. Me detengo un rato a saludar a Antonio. Me cuenta que está a cargo de un grupo de filmación que recorre las islas en su propio velero, gente que luego enrumbará a Rapa Nui. Respiro entonces aventura, reto e imagino cánticos polinesios mientras prosigo por la avenida Charles Darwin.
Muchos guías se han reunido en The Rock a tomar un café, y como mi intención no es llegar a ningún lado, sino más bien andar, me integro. Fabricio, con su ingenio, ilumina este sitio que al caer el sol va perdiendo luz. Aparecen doña Desi y doña Cindy, con nuevas de lo bien que le va a la biblioteca de Puerto Ayora. Fabio vuelve de un día de guianza, radiante, porque tuvo un grupo de surfistas, y nos pega su entusiasmo.
Paso por el parque donde el voleibol está que arde, y llego finalmente hasta el muelle, a saludar a los amigos que desde ahí toman taxis acuáticos para cruzar al otro lado del pueblo, o para embarcarse. Se intercambian saludos y las consabidas preguntas, que cuándo te bajaste, que cuándo te embarcas. Pueden ser cansonas, pero constituyen parte del protocolo de vida en Puerto Ayora.
Nada ha sido realmente planificado, un evento condujo al otro, un encuentro al siguiente. Un eslabón de sucesos, de historias, de seres humanos que desfilan a lo largo de la avenida Charles Darwin, desde las instalaciones del Parque Nacional Galápagos hasta el muelle municipal. Experiencias y personas que nos enriquecen, que son parte de la esencia de Puerto Ayora, de la magia de Galápagos.