Creo que todos guardamos recuerdos navideños relacionados con cenas de nuestra infancia. Las tradiciones se modifican pues la globalización permite a los supermercados ofrecer ingredientes, especialidades de muchos países. Unos restaurantes, entre otros los italianos, ponen a nuestra disposición manjares específicos.
En Ecuador, en Estados Unidos, en muchos países europeos, el pavo al horno es el plato tradicional. A veces llega con un relleno que no conocen los europeos, pues los franceses y alemanes prefieren saborear la molleja cortándola en rebanadas o cocinándola (confitada) en su propia grasa. El pan de Pascua está por todas partes a precio asequible. La Sierra no olvida el canelazo.
Habiéndose mermado mucho el presupuesto familiar nació la palabra pavipollo, perfectamente admitida por el diccionario pues se trata del “pollo del pavo” (¡suena rara la definición del señor Larousse!). En Argentina, la tradición impone parrillada con ensalada, sidra bien fría, turrones, pan de dulce.
En Puerto Rico comen lechón, morcillas, aves. Bolivia adopta el lomo asado de puerco o de res, Chile, el pavo francés, ensalada de apio con palta (aguacate). Colombia come pollo, lechón relleno (lechona). En España están aficionados al cochinillo, al cordero, pero no falta en casas acomodadas la langosta (mucho más cara que en nuestro país, donde ya es un lujo).
Los franceses gustan de las ostras servidas por docenas con limón o con una salsa de vinagre con cebolla picada, el pâté de hígado trufado de ganso (fuagrás o foie gras), la morcilla blanca de ternera, hablan de pava con castañas pero al final creo que cada país adapta el menú a las posibilidades económicas.
En El Salvador gustan del jamón, el tamal y el pavo. En Guatemala rellenan los tamales con carne de cerdo (coche). En México suelen rellenar el pavo con almendras, también comen pescado seco, filetes de res; en Nicaragua, arroz a la valenciana (paella), gallina y nacatamal (tamal hecho con harina de maíz relleno con pollo o cerdo, arroz, papa, menta, todo envuelto en hojas de plátano).
Paraguay gusta del pato, el cordero, el pavo y una sopa espesa a base de calabaza que más bien parece un suflé. Epicuro, en años anteriores, compraba un pernil en uno de los mejores quioscos de la ciudad, cada invitado iba sirviéndose la carne en un plato, hacía sus propios sándwiches o emparedados, todo acompañado de una ensalada aderezada con refrescante mayonesa.
Los vinos eran tinto, blanco y rosado, según el gusto de cada invitado, pero también se proponía sangría. Ahora prepara cualquier plato que se le antoje, no se apega para nada a las tradiciones. Intenta ofrecer una cena original con especialidades apetitosas o se va a cenar donde su suegra.
En hogares humildes se quiere criar aves de corral; recuerdo una choza de la Trinitaria donde no pudieron matar al pavo porque se encariñaron con él. Lo mismo puede suceder con un puerquito negro que allá pretendían regalarme “porque era lo único que tenían”. La gente más pobre suele desarrollar una gran solidaridad, una enorme generosidad.
A veces se unen varias familias, cada una trae lo que puede para una cena navideña que se comparte. Ciertas personas invitan a unos niños o niñas de hogares infantiles, lo que debería ser costumbre universal.
En ciertas casas, un duelo reciente, la ausencia de un miembro querido de la familia volviendo dolorosa la fecha, no se celebra de un modo especial. Desaparece el árbol de Navidad con sus luces y su música. En definitiva, Navidad se lleva en el corazón y no en el plato.