La Revista - Logo
Edición del DOMINGO 2 de Diciembre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
::::::::: M E N Ú ::::::::::
    Portada
    Guía de compras
    Relato
    Piqueo de la semana
    El especialista
    Interfaz
    Dr. Tecno
    Creciendo
    Gente de cine
    Cuerpo y Alma
    Destino
    Moda
    Cine
    El Aguacate
    Gastronomía
    Desde las encantadas
    Libros
    Orientación
    Artistas
    Sociedad
    Salud
    Cocina de Patricia
Relato 
El árbol que sí creció
ampliar imagen ampliar imagen

Mas fotos de la noticia Imprimir esta noticia Enviar noticia por e-mail
Relacionados
Troncos gordos y enormes

En medio del bosque, cada año un pequeño árbol pedía un  mismo deseo: crecer y crecer.  La adaptación del cuento El abeto, del escritor danés Hans Christian Andersen, narra una historia de deseos, que a veces son concedidos y otras veces  no.

En el bosque había un bonito abeto pequeño. Tenía un buen sitio, los rayos del sol le acariciaban y el viento pasaba por entre sus ramas. A su alrededor crecían sus compañeros más grandes: los pinos. Pero el abeto no se preocupaba de lo que sucedía a su alrededor. Solo pensaba en crecer, en hacerse mayor. No pensaba en el sol ni en el viento. Tampoco le importaban los niños de los labradores, que pasaban riendo y charlando en busca de fresas.

Algunas veces se sentaban cerca de él y decían unos a otros: “¡Qué pequeño y delicado que es!”, pero a él no le gustaban aquellas palabras. Al año siguiente, el árbol había crecido un buen trozo, y al otro año, otro trozo más. “¡Ah, si fuese tan alto como los otros! –suspiró el abeto–. “Entonces podría extender mis ramas y contemplar el mundo. Los pájaros harían sus nidos en ellas y, cuando soplara el viento, yo me inclinaría con elegancia, como lo hacen los pinos grandes. Quiero ser grande. Ese es mi sueño preciado” .

Más aún no era como ellos y el arbolito no sentía ninguna alegría cuando los rayos del sol le iluminaban ni cuando los pájaros cantaban y volaban a su alrededor. Cuando llegaba el invierno, la nieve blanca cubría el bosque. Pasaron dos inviernos más y al tercero era muy alto. “Crecer, ser grande y viejo, es lo único que vale en este mundo”, pensaba.

En otoño, los leñadores cortaron los árboles más altos del bosque, y el joven abeto temblaba cuando veía que los grandes árboles caían al suelo entre quejidos. Les cortaban las ramas y su largo tronco desnudo era casi imposible de reconocer. Los cargaban en carros y se los llevaban de allí. Pero en Navidad los hombres cortaron árboles más jóvenes, incluso algunos más pequeños que el abeto. “¿Adónde los llevan?”, preguntaba, a lo que los gorriones respondían: “Hemos mirado por las ventanas de las casas. Sabemos  dónde termina su viaje. Alcanzan la mayor grandeza y esplendor que pueda uno imaginar. Los colocan al centro de una habitación caliente y los adornan con objetos hermosísimos, manzanas doradas, juguetes y cientos de luces”.

El abeto quedó fascinado. Desde ese instante solo deseó que llegue Navidad. “Quiero estar en esa habitación de luces. Soy tan hermoso y alto como los árboles que cortaron el año pasado. Pero, ¿y luego? Seguro harán conmigo algo maravilloso, porque si no no se explica que le adornen a uno tanto”, decía. Mientras tanto, el viento y los rayos del sol le susurraban que se alegrase por su juventud, que aprovechara su libertad, mas el arbolito no se alegraba.

A la siguiente Navidad fue el primero que cayó bajo el hacha de los leñadores. Cuando volvió en sí, se vio entre otros árboles. Escuchó que un hombre lo compró, mientras dos criados de pantalón corto lo llevaron a un salón magnífico, donde colgaban cuadros valiosos junto a una chimenea. Había jarros chinos, mecedoras, divanes tapizados en seda, largas mesas con libros. Metieron al nervioso abeto en un tiesto lleno de arena. No sabía qué iban a hacer con él. De repente, colgaron de sus ramas pequeños nidos de colores, repletos de golosinas, manzanas doradas, más de cien velas azules, blancas, rojas y en lo más alto, una estrella de oro.

La emoción embargó al joven árbol. “¿Será que vendrán los demás árboles del bosque a verme? ¿Los gorriones curiosearán por las ventanas?”. Llegó la noche y todo se prendió. El brillo y la magnificencia coparon la habitación. Muchos niños entraron, cantaron y bailaron alrededor del árbol. Cogieron uno tras otro los regalos que para ellos había en las ramas. El abeto estaba un poco nervioso. Los niños se abalanzaron sobre él, escucharon un cuento de príncipes y pidieron permiso para despojar al árbol de sus adornos, sin embargo, este se sentía alegre, pensando en el día siguiente, en que lo volverían a adornar con luces, juguetes, oro y frutas. “Mañana no temblaré”, decía.

A la mañana siguiente, entraron un criado y una camarera. El abeto creyó que iban a empezar los preparativos. Pero le sacaron arrastrando del salón y en lugar de bajarlo por la escalera lo subieron al desván y allí lo arrinconaron. Luego de varios días, el pobre no tuvo más remedio que convencerse de que lo habían abandonado. Pensó en su regalo de Navidad. Ya era más grande y hermoso, mas aún así permanecía en un rincón oscuro. Recordó lo divertido que era el bosque a pesar de la nieve.

Un par de ratoncitos asomaron la cabeza. Se acercaron al abeto, lo olieron y se metieron entre sus ramas. “¿De dónde saliste?, ¡cuéntanos algo de los lugares más bonitos de la tierra! ¿Has estado en la despensa, donde hay estantes llenos de quesos y jamones colgando del techo, donde uno entra delgado y sale gordo?”, preguntaban. El abeto contestó que no conocía aquel lugar, pero que había estado en el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros. Les empezó a hablar de su infancia. Los roedores escucharon atentos. “¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido, viejo abeto!”, repetían los ratoncitos. “Pero no soy viejo. Recién este año me trajeron del bosque y estoy en la mejor edad aunque he crecido mucho”, decía el árbol.

Los ratones estaban tan admirados de los relatos del abeto que a la noche siguiente volvieron con cuatro amigos más y luego más, incluso hasta dos ratas estuvieron presentes, disfrutando de las historias contadas. Lamentablemente el abeto sabía un solo cuento, el mismo que había escuchado en la noche más feliz de su vida. Lo repitió cada noche hasta que los roedores se aburrieron de escucharlo y decidieron irse.

Qué agradable era tenerlos sentados a mi alrededor escuchándome –pensaba el abeto–. También esto se ha acabado, pero si algún día me sacan de aquí los recordaré con alegría. Y ese día llegó. Una mañana unos hombres lo apartaron de los cajones, lo arrastraron hasta la escalera. “Volveré a vivir”, se dijo el árbol. Lo llevaron al patio, donde sintió la caricia del aire fresco y los primeros rayos del sol. Fue todo tan rápido que, ocupado en mirar lo que le rodeaba, olvidó mirarse a sí mismo. “¡Viviré!”, gritó el abeto, extendiendo sus ramas secas y amarillentas. De su antiguo esplendor solo quedaba una estrella de papel dorado. El árbol contempló la hermosura de las flores del jardín. Se miró a sí mismo y deseó no haber salido nunca del rincón oscuro del desván. Recordó su juventud en el bosque, su brillo en la noche de Navidad y a los ratoncitos que lo acompañaron.

“Si por lo menos hubiese gozado de aquellos momentos de felicidad... Desde hoy pediré otro deseo. Ya no quiero ser grande ni bonito. Quiero saber aprovechar cada instante vivido”, se repetía. De repente un criado partió al abeto en pequeños trozos, algunos de los cuales alimentaron el fuego del caldero. Los crujidos de la madera parecían sollozos del árbol. Cada estampido le hizo recordar su sueño cumplido: ser grande. Y le hizo pedir profundamente porque se cumpliera su nuevo deseo: saber reconocer la riqueza de cada instante vivido. Mientras pensaba, era consumido por las llamas. Los niños que en Nochebuena bailaron alrededor del árbol siguieron jugando en el jardín. La Navidad había pasado, el abeto consumido, pero su último deseo se quedó en el viento.

© Derechos Reservados 2004 Compañía Anónima EL UNIVERSO. Todos los Derechos Reservados