En miles de figuras, de todas las formas, con diseños hermosos y a la vez sorprendentes, se guardan los 15 mil años de historia que tiene la ocupación humana en el Ecuador. Las reservas arqueológicas de los museos del Banco Central (BCE), instaladas en Guayaquil, Cuenca y Quito, son el corazón latente de los prodigios que lograron nuestros antepasados.
Solo en la capital se mantienen cerca de 40 mil piezas provenientes de diversos lugares que poco a poco nos revelan los ritos y costumbres de las culturas precolombinas. En el caso de Quito, este es un patrimonio cultural que recibe el cuidado y la atención de una estudiosa incansable que sigue buscando las pistas de la historia.
Ella es Estelina Quinatoa, riobambeña de ascendencia otavaleña, de ahí su vestimenta, peinado y collares. Su sencillez y simpatía son elocuentes, sus manos están gastadas, no por sus más de 50 años de vida, sino por trabajar, laboriosamente, en la reconstrucción de un pedazo de la historia del país.
Madre de tres jóvenes universitarios, Estelina tiene estudios de derecho en la Universidad Central del Ecuador, de antropología en la Universidad Politécnica Salesiana y una maestría en Bienes Culturales también en la UPS.
Sus funciones en el Banco Central las empezó como becaria en el entonces Museo Arqueológico y Galería de Artes del BCE en 1980, en el departamento de Educación. “Tuve una vivencia personal. Mostraba a los niños las piezas, ellos querían tocarlas y yo sentía la misma necesidad, por lo que era una asidua visitante a la reserva arqueológica, sobre todo cuando llegaba una colección nueva”.
En 1991 empezó a trabajar en los museos. A partir de ahí su labor es incansable.
“Estos son patrimonios de todos los ecuatorianos, que el Banco los custodia, los investiga y los difunde, como una forma de devolverle a la comunidad”, manifiesta Estelina, quien advierte que la aguda observación y la lectura son los caminos para descubrir la simbología de cada una de las culturas representativas.
A su manera hace un resumen: la cultura Chorrera tiene una cerámica muy fina, con una cocción caliente y la representación iconográfica muy diversa; Valdivia, en cambio, se caracteriza por sus venus (algunas con dos cabezas), mientras que Bahía es conocida por sus gigantes en posición de loto y disfrazados de animales.
Pero esa es la lectura tradicional, porque Estelina también arma investigaciones seleccionando un tema para descubrirlo e hilvanarlo, todo a base de las piezas que reposan en la reserva arqueológica. Así, se hizo un estudio sobre la valoración ritual de la coca en las culturas prehispánicas, o sobre el origen de las máscaras (que luego se completó con las épocas colonial y republicana), entre otros. A veces, estos estudios duran algunos años, algo que los visitantes no saben cuando visitan las exposiciones que se presentan en el Museo Nacional y que también van a otras ciudades.
Es que la riqueza de la reserva es casi indescriptible por todas las sensaciones que despierta. Va desde representaciones de figuras humanas hasta aquellas de animales míticos, pasando por utensilios como vasijas, jarras u ocarinas antropomorfas (variados instrumentos musicales).
“La época ancestral se caracterizaba por el equilibrio entre la naturaleza, los animales y todos los seres que habitan en el planeta. Eso en la arqueología le llamamos cosmovisión. Existía un respeto a la naturaleza, a los vegetales, a los seres humanos. Por eso era la madre tierra, sin duda es una concepción religiosa”, comenta Estelina, mientras observa un espóndilo y lo coloca en su sitio.
En la reserva, las figuras están clasificadas por etapas históricas. La primera es el periodo Formativo (15 mil años atrás), luego el periodo de Desarrollo Regional (500 aC.-500 dC.), periodo de Integración (500 dC.-1500 dC.) y la etapa Inca. Y todas tienen numeración y el año que fueron localizadas, cuestiones de inventario pero no de valoración, pues con la pérdida de una de estas piezas desaparecería una parte de nuestra historia.
“Las piezas son seleccionadas para una investigación o para una exposición. Se hace un estudio de la pieza, el faltante que tiene, el material que debe ser utilizado, incluyendo el color cercano al original”, cuenta al destacar, además, que su restauración sigue las normas internacionales de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura).
Para que no sufran posibles deterioros se las mantiene en cuartos humificados a una temperatura promedio de entre 18 y 21 grados centígrados.
Pero Estelina siempre ha tenido figuras que son sus mimadas. “Las de platino son las que más me impresionan. Cuando uno entiende que este es uno de los metales que se necesita para su trabajo, que un pueblo de Esmeraldas (La Tolita) trabajó con oro y a los lados con platino, y que los expertos extranjeros aún no pueden descifrar cómo lo hicieron”.
Ahora sus ocho horas de trabajo transcurren entre su desordenada oficina, tal como ella la califica, y la curación de las piezas. “Cuando salgo de mis labores leo y leo, o si no hago bordados al estilo de la tierra de mis padres”, dice esta amante de los textos de los arqueólogos Jorge Marcos, Francisco Valdez, Jaime Idrovo o Guillermo Lumbrera (peruano) y los referentes a simbología.
Pero ni siquiera a nivel familiar puede dejar de hacer lo que más le gusta. Muestra de aquello es que sus hijos colaboran con el museo cada vez que se los pide. “La familia y la educación son la base para el surgimiento de ecuatorianos con conciencia para valorar lo que corresponde a sus raíces y legados”, comenta.
Admiradora de Mahatma Gandhi y experta cocinera de maíz, en todas sus formas, ella vuelve a su tierra cuando el tiempo se lo permite. Le encanta pasear por Otavalo y caminar por los senderos al igual que lo hicieron sus ancestros.
En estos días, Estelina está ilusionada con su nuevo proyecto: el diseño de 2.300 platos de las culturas de la provincia de Carchi (Capulí, Tuza y Piartal). Y la tecnología no puede dejarse de lado. Para beneficio de los investigadores, los diseños estarán archivados electrónicamente para evitar manipulaciones de piezas. Y ya se pueden ver grandes hojas impresas en papel cuché con diseños geométricos de muchas líneas rectas pero también circulares, en tonos que van desde el café claro al casi rojo.
Cuando se le pregunta si existe una persona que la pueda reemplazar en el Banco Central ella comenta: “Este es un trabajo de aprendizaje que toma muchos años, pero sí estamos buscando una persona para que pueda hacer todo el mantenimiento”.
Es que Estelina ha alimentado sus conocimientos con su amplísima experiencia. “Yo soy la persona que autentico la originalidad de las piezas. Me diferencio con un arqueólogo porque él conoce la zona en la que cavó; yo, en cambio, tengo la suerte de manipular y conocer las características de cualquier objeto”.
A pesar de que custodia este gran tesoro, Estelina confiesa que su principal miedo es la violencia de la que puede ser objeto en las calles de la ciudad. Eso sí, dice que quisiera que la enterraran con figuras de espóndilos a su alrededor, así como sus antepasados.