Kaká podría ser un producto mediático; solo le falta ser indisciplinado, rebelde, juerguista; sería el mimado del periodismo. Pero no, es apenas un jugador genial y futbolista muy educado.
“Para ganarle al Milan hay que anular a Kaká”, recetó Maradona.
¡Notable! Solo olvidó mandar la fórmula. ¿Cómo neutralizar la inteligencia? Con más inteligencia. ¿De qué manera detener el talento? Con más talento. Ahora bien, ¿quién tiene más de todo eso que Kaká en este mundo?
¡Qué nueva y maravillosa demostración de número uno hizo en Japón el excepcional estratega brasileño! En juego, la única pero monumental diferencia entre Milan y Boca fue justamente Kaká. Por eso ganó el rossonero 4-2 y fue campeón mundial de clubes.
¡Qué pena con Kaká! Podría ser un producto mediático excepcional; solo le falta ser indisciplinado, rebelde y juerguista; también un poco malcriado, sino sería el mimado del periodismo. Pero no, Kaká es apenas un genial jugador, un profesional perfecto y probablemente el futbolista más educado de que se tenga conocimiento.
Juega bien todos los partidos, es atleta de Cristo, esposo fiel, lleva el cabello corto, hasta luce bien afeitado. Ni tatuajes usa. Ni siquiera está desesperado por romper contrato en Italia para ir corriendo a los brazos del Real Madrid. No asume las actitudes prostitutescas de la mayoría de sus colegas; incluso asegura ser feliz en el Milan, con el cual renovará contrato. En resumen: un bicho raro. Y un fiasco periodístico.
Bella final. La FIFA compró la Copa Intercontinental para convertirla en Mundial de Clubes. Y agregó equipos de los demás continentes; sin embargo, la final parece inmodificable: es Europa versus Sudamérica. Siempre. Y no defraudan.
El antiguo libreto de la opulencia frente a la humildad es muy seductor; sin embargo, ¿cabe rotular de humilde a un club como Boca, que factura alrededor de 40 millones de dólares anuales? Hummmm… Sí hay diferencias abismales en cuanto a presupuestos: Milan destina 364 millones verdes por año a su calificado plantel; Boca “apenas” $ 14,5 millones.
En la cancha no se notó tanto. ‘Milan arrolló a Boca’, dijo un titular en internet. Nada más erróneo ni alejado de la verdad. Fue parejo, incluso superior Boca en el primer tiempo. El quiebre llegó tras el segundo tanto milanés, bastante afortunado, en el que Nesta pescó un rebote y fusiló a Caranta. Al minuto, Boca fue otra vez por la igualdad; Ibarra, un jugador nacido para disputar finales, enhebró una bonita apilada, esquivando a varios rivales, y sacó un bombazo bajo que se estrelló en el poste de Dida.
De allí en adelante, Kaká fue amo y señor del juego; por ello Milan es campeón del mundo. Y cuatro goles son un argumento contundente.
Kaká es demasiado para los otros rivales. Salvo cuando se viste de amarillo y debe compartir ese ridículo juego que propone Dunga de pasar la pelota eternamente hacia atrás y de atacar lo mínimo posible (si fuera nunca, mejor).
Una pena que la FIFA no haya habilitado para jugar a Riquelme (injustamente; Boca no lo contrató solo por este torneo). Además, no era un acto fraudulento. Hubiesen chocado dos mentes brillantes del juego.
Celebró efusivamente el cuadro lombardo, un combinado de italianos y brasileños (hay seis auriverdes: Dida, Cafú, Kaká, Serginho, Emerson y Ronaldo). Antes, cuando perdían los europeos, la prensa explicaba que era porque no les interesaba este trofeo. Pero hace 47 años que lo disputan obedientemente. Y cuando lo ganan, festejan como todos.
Paolo Maldini, con más títulos que años, confesó que anhelaba vencer en este torneo antes de retirarse. Sí les importa.
La contracara fueron los jugadores boquenses: llorosos en exceso (¡es un partido de fútbol, muchachos…!), se quitaron la medalla apenas se las colgaron del cuello. Una consuetudinaria y antideportiva actitud argentina. La mentalidad ganadora es saludable, pero no hay que exagerar. Si alguien no tolera que le entreguen la plateada debe saber ganar la de oro.