A menos de que usted no haya salido de los pasillos de alimentos procesados de la tienda de abarrotes de su localidad durante el último par de años, probablemente ha notado que la comida local es la tendencia más reciente en Estados Unidos.
Los mercados de agricultores son populares y ahora los campus universitarios exigen comida local en el plato. Asimismo, los libros y revistas sobre alimentos locales disfrutan grandes ventas.
El movimiento de la comida local, o “locálvoro”, tiene tanto ímpetu que algunos de los aficionados de la buena mesa han declarado que dicha comida es mejor que la orgánica.
Pero ahora llega un equipo de investigadores de la Universidad de California, en Davis, que ha empezado a hacer preguntas provocativas sobre la huella de carbono de la comida. Estas interrogantes amenazan con socavar parte del argumento positivo de lo locálvoro. (La huella de carbono es una medida del impacto de las actividades humanas en el ambiente en términos de la cantidad de gases invernadero producidos.)
Aún no se ha concluido la investigación, pero Tom Tomich, director del Programa de Educación e Investigación Agrícola Sustentable de la Universidad de California, dijo que el hecho de que algo sea local, no necesariamente significa que sea mejor, ambientalmente.
La distancia que recorre el alimento desde la granja hasta el plato definitivamente es importante, señala, pero también lo es cómo fue empacado, cultivado, procesado y transportado al mercado.
Tomemos el ejemplo de las fresas. Si los productores masivos de fresas envían su producto a Chicago por camión, el costo de combustible para transportar cada caja de fresas es relativamente pequeño, ya que va junto con miles más.
Pero si un agricultor vende sus fresas en los mercados locales en California, transporta una cantidad mucho menor por camioneta a cada mercado individual. ¿Cuál es más benéfico para el ambiente?.
Tomich dijo que un distribuidor de fresas hizo cálculos y concluyó que las fresas con destino a Chicago usaban menos energía para su transporte. Es posible, pero independientemente de ello, la historia plantea interrogantes válidas.
En 2003, un estudio de la Universidad Estatal de Iowa encontró que la mayor parte de las frutas y verduras recorre aproximadamente 2.400 kilómetros antes de llegar a los hogares.
Pero como lo sugiere la historia de las fresas, una parte crea cantidades mayores de gases invernadero que otra. Transportar alimentos por barco contenedor o ferrocarril es relativamente eficiente en energía. Enviarlo por aire o una camioneta de 25 años de antigüedad no lo es.
Los europeos llevan mucha ventaja a los estadounidenses en este aspecto. Algunas tiendas de abarrotes en Inglaterra ya ofrecen etiquetas de avión, lo que significa que un producto fue embarcado por aire, o etiquetas de reducción de carbono, que muestran que el fabricante promete reducir las emisiones de carbono. Ambas etiquetas inevitablemente se abrirán paso hasta las tiendas estadounidenses.
Si su meta es una dieta baja en carbono, sugiere Tomich, quizá sea más efectivo cambiar lo que come, que enfocarse en comer alimentos locales. Después de todo, una dieta vegetariana tiende a tener una huella de carbono mucho menor que una que incluye carne.
Esto es porque medio kilo de carne necesita muchos más kilos de grano como alimento y todas las emisiones de carbono asociadas con eso, desde fertilizantes derivados de combustibles fósiles hasta el carburante para las trilladoras que se usan para la cosecha, dijo.
Y si insiste en comer carne, como yo, entonces quizá sea mejor para el ambiente comer aves en vez de carne roja y alimentadas con pasto en vez de grano.
El equipo de Tomich está en proceso de tratar de determinar cuál es mejor.
Hubo una línea de investigación de los científicos de California que tiene un efecto personal directo en muchos de nosotros: el impacto de carbono de los compradores en sí.
Algunas personas caminan o toman el metro para comprar su mandado y luego hacen abono con lo que no usan.
Pero reconozcámoslo, la mayoría de nosotros maneja y tira las sobras en el bote de basura. Al hacerlo, quizá contribuimos con aproximadamente una cuarta parte de los gases de invernadero relacionados con nuestro alimento, demuestran las investigaciones.
He aquí por qué: en vez de ir a la tienda una vez por semana y surtirse, muchos consumidores manejan para comprar sus abarrotes varias veces por semana, si no es que todos los días, a toda clase de tiendas. Un factor incluso más importante puede ser la cantidad de comida que se tira, que desperdicia toda la energía que se usó para producirla y transportarla.