Todo el mundo adora Italia porque es vieja, pero glamorosa; porque come y bebe copiosamente, pero rara vez es gorda o ebria; porque, en una Europa hiperreglementada, es el único lugar en que la gente aún debate con perfecta inteligencia cuál puede realmente ser el significado del rojo en un semáforo vial.
Pero hoy en día Italia no parece tenerse mucho aprecio. La palabra empleada localmente para definir este sentimiento es “malessere”, o desazón; da a entender un desaliento colectivo —económico, político y social— resumido en una reciente encuesta: pese a alegar que son maestros en el arte de vivir, los italianos se declaran el pueblo menos feliz de toda Europa Occidental.
En general, los problemas no son nuevos y ése precisamente es el problema. Simplemente, se han apoderado de Italia con el paso de numerosos años y nadie parece saber a ciencia cierta cómo puede darse un cambio o si aún es posible siquiera.
Italia ha definido su propio estilo de pertenencia a Europa y batalla como pocos otros países con un mundo político fracturado, un crecimiento desigual, el crimen organizado y un sentimiento de nación muy frágil.
Pero el sentido de que estas viejas debilidades aún no han visto mejoría y a veces han empeorado, despierta una creciente frustración.
Las cifras más recientes muestran una nación más vieja y pobre, al grado que el obispo titular del país ha propuesto una expansión de la distribución de despensas alimenticias a los pobres.
Los negocios familiares pequeños y medianos, cimiento de la nación durante mucho tiempo, ahora tienen problemas en una economía globalizada, particularmente ante la competencia de los sueldos bajos chinos.
La duda empaña a la familia misma: el 70 por ciento de los italianos entre 20 y 30 años aún viven en el hogar familiar, lo que condena a la juventud a una adolescencia larga y poco productiva. Muchos de los individuos más brillantes abandonan Italia, como lo hacían los más pobres hace un siglo. Ronald P. Spogli, embajador estadounidense con 40 años de experiencia en Italia, advierte que está en riesgo de ver menguar su papel internacional y su relación con Estados Unidos.
“Necesitan cortar la hiedra que ha crecido en torno a este fantástico árbol de 25 siglos y amenaza con matarlo”, declaró Spogli.
La burocracia y la falta de claridad en las reglas limitaron la inversión estadounidense en Italia a 16.900 millones de dólares, en 2004. El mismo año, esa cifra alcanzó 49.300 millones de dólares en España.
“¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!”, exclamó en una entrevista Beppe Grillo, cómico y autor italiano, de 59 años, de un diario en Internet. Repitió la palabra para que su mensaje fuera claro para la clase política italiana.
En los últimos meses, Grillo se ha convertido en símbolo del mal humor italiano. El 8 de septiembre, le dio a ese estado de ánimo una poderosa voz cuando exhortó a un día de rabia e instó a gritar una obscenidad en la Piazza Maggiore, de Boloña.
Se esperaba que acudieran unos cuantos miles de personas. Sin embargo, 50 mil se congregaron en la plaza y 250 mil firmaron una petición a favor de cambios como los límites a los periodos de mandato y la elección directa de los legisladores (los electores actualmente votan por partidos, que posteriormente escogen a quienes ocuparán los escaños parlamentarios).
Su mensaje era un ya basta a la inacción y el exceso (los legisladores italianos son los mejor pagados de Europa y se desplazan en la flotilla de autos con choferes más grande del continente), ya basta con delincuentes condenados en el Parlamento (hay 24) y ya basta con los mismos rostros de siempre.
“Es una tristeza que lo que podría ser no es, que no somos un país normal”, dijo Gianluca Gamboni, asesor financiero romano, de 36 años, al resumir su sentimiento acerca de Italia, un país al que ama, pero que lo vuelve loco.
A diferencia de la generación de mayor edad, él viaja y ve que las cosas funcionan mucho mejor en otras partes. No se considera una excepción: aún vive con sus padres, no porque así lo desee, sino porque sólo ahora, tras siete años en su empleo, puede darse el lujo de pagar una de las elevadas rentas de Roma.
En los hogares italianos, se ha elevado el índice de divorcios. Las familias numerosas son una cosa del pasado. Italia tiene una de las tasas de nacimiento más bajas de Europa, el menor número de niños menores de quince años y el mayor de personas de más de 85 años, a excepción de Suecia. El índice de desempleo es bajo, el 6 por ciento, pero el 21 por ciento de la población entre 15 y 24 años no trabajó en 2006.
“El problema italiano es el problema generacional”, expresó Mario Adinolfi, autor de un diario en Internet, de 36 años. “En todos los países, los jóvenes tienen esperanzas. Aquí en Italia, no es así.
“No tenemos un Google”, agregó. “En Italia, el que una persona de 30 años abra un negocio en un estacionamiento es inconcebible”. Italia sí tiene Ferrari, Ducati, Vespa, Armani, Gucci e Illy, todos ellos emblemas de estilo y prestigio. Muchos consideran que la clave del futuro es la comercialización de esta mística en productos “Hechos en Italia”.
El vino italiano fue una primera prueba de ello. Los productores pasaron con éxito de un gran volumen de mercancía barata a un producto de calidad.
La compañía de café Illy ha prosperado al combinar calidad con innovación en sus métodos y estilo en materia de presentación.
“Ése es el terreno en que triunfamos los italianos”, expresó Andrea Illy, presidente de la compañía. “Explotar tus puntos fuertes propios, que en nuestro caso es la belleza y la cultura”.
“La desazón es: ‘Veo todo lo que pasa, pero no puedo hacer nada para cambiarlo’”, expresó Beppe Severnigni, columnista del diario Corriere della Sera.
Pero agregó, “cambiar la forma de ser significa cambiar tu forma de ser personal: negarte a conformarte en ciertos casos, empezar a pagar tus impuestos, no pedir favores cuando buscas un empleo, no hacer trampa cuando tu hijo trata de ingresar a la universidad. “Más que nunca, los italianos tenemos nuestro destino en las manos”, concluyó.