Aunque la única señal aparente de conflicto son las banderas rojas de protesta, el pequeño pueblo maderero de Noshiro, en la remota costa norte de Japón, hierve de rabia.
La proliferación de cadenas de tiendas nacionales, en las afueras del poblado, ya forzó el cierre de cerca de la mitad de su antes bullicioso distrito comercial céntrico.
Ahora, muchos en la comunidad rural por lo general tranquila, ven al enorme centro comercial que una compañía con sede cerca de Tokio construye en un área aledaña, como el tiro de gracia a su economía.
“No queremos pelear, pero estamos desesperados”, expresó Seiji Yanagihara, funcionario de la Cámara de Comercio de Noshiro, que se opone al centro comercial. “Tokio se come todas las golosinas y no nos deja ni las sobras”.
La economía japonesa, de 4,7 billones de dólares, ha estado en expansión durante los últimos cinco años y medio. Centros urbanos, como Tokio y Nagoya, sedes de la industria automotriz de Japón, prosperan, a juzgar por el auge de construcción que ha decorado el perfil de la capital japonesa con flamantes rascacielos.
Pero en regiones como Akita, prefectura en la zona montañosa del norte, donde se ubica Noshiro, los centros de las ciudades se han quedado vacíos, las fábricas han cerrado y el éxodo a Tokio de jóvenes en busca de empleo ha dejado atrás pueblos que son, en gran medida, para ancianos.
Existe en Japón una preocupación generalizada de que estos cambios están en proceso de convertirla en una nación dividida en ganadores y perdedores, con una brecha geográfica entre las ciudades prósperas y las áreas rurales deprimidas.
Muchos en Japón atribuyen esta creciente disparidad a su acogida de la liberalización económica al estilo estadounidense, que comenzó en los años 90 para poner fin a la década de estancamiento del país.
Las iniciativas para abrir los mercados ayudaron a reavivar ciudades como Tokio y disminuyeron los precios para la clase media urbana de Japón, que se había visto perjudicada durante muchos años. Pero en otros lugares del país, son vistas como portadoras de un cambio indeseable y doloroso. Y ahora, ante las nuevas señales de una inminente desaceleración de la economía nipona, se podría acrecentar la desigualdad.
Se culpa a las nuevas políticas económicas de dar al traste con uno de los logros más sobresalientes de Japón tras la Segunda Guerra Mundial: la creación de una sociedad igualitaria, que, de manera casi uniforme, era de clase media. También han erosionado uno de los pilares de la estabilidad política japonesa en la posguerra: el apoyo leal de los electores rurales al gobernante Partido Liberal Demócrata.
Las zonas rurales resultaron muy golpeadas, a principios del siglo XXI, cuando Junichiro Koizumi, entonces Primer Ministro, intentó quitarle los grilletes al sector privado, al adelgazar al gobierno. Akita perdió miles de empleos de construcción, al tiempo que Koizumi hacía fuertes recortes en los proyectos de obras públicas, que solían ser una forma de redistribuir los ingresos fiscales de Tokio al campo.
El año pasado, Aeon, una de las compañías minoristas más grandes de Japón, propuso un centro comercial de 35.100 metros cuadrados, cerca de Noshiro, que sería el más grande en el norte de Akita.
Norihisa Satake, alcalde de la ciudad de Akita, capital de la prefectura, dice que ha tratado de promover planes de revitalización, como la ampliación del puerto de la ciudad para dar cabida a grandes embarcaciones rusas.
“Es difícil convencer a la gente de que hay que adaptarse a los cambios económicos”, aseveró.
No obstante, de manera modesta, algunos en Akita aprenden a adaptarse. Arata Chinda, cuya tienda de libros usados, en Noshiro, es uno de apenas diez negocios que quedan sobre una céntrica calle comercial repleta de fachadas cubiertas con tablones o lotes baldíos, indicó que sus ventas han caído un 90 por ciento, en la última década.
Pero en lugar de darse por vencido, encontró un mercado alternativo en Internet.