Mediante la tradición oral se ha ido acrecentando la devoción a una imagen, que es llevada desde Manabí a diversos domicilios durante todo el año. Mañana irá a la casa de la familia Bravo, sus dueños, por solo 24 horas. Miles de fieles se concentran para venerarla.
En el corazón de un caracol de ocho centímetros de alto está impregnada la figura de un niño. En la campiña manabita se dice que fue hallado hace unos 150 años y con el paso del tiempo ha adquirido divinidad. Conocido como el Niño Caracol se le atribuyen milagros y castigos y sus devotos se inscriben para tenerlo en sus casas, una creencia que es parte de la gran gama de expresiones de fe que se dan en Navidad.
Otras personas, en cambio, luchan contra el consumismo, como un grupo de guayaquileños que decidieron donar a una fundación que ayuda a niños lo que gastan en el juego del amigo secreto.
Un grupo de ex pandilleros guayaquileños emula a personajes bíblicos; otros jóvenes dan sus regalos a los pobres, mientras en Cuenca se trata de conservar la devoción al Niño Jesús. Los indígenas huaorani, en cambio, se mercantilizan.
Su altar es de madera semicarcomida y está en el fondo de la sala de una casa de caña, en el recinto Pechichal del cantón manabita de Junín. Hasta allí llegan cientos de devotos para venerarlo en Nochebuena. Es una cita de fe, de confraternidad campesina. Es una expresión de religiosidad popular masiva. Allí se rinde especial homenaje al Niño Caracol, cuyos “milagros” y “castigos” no están archivados en la Iglesia sino en la mente de miles de manabitas y fieles de otras provincias costeñas, especialmente. Su popularidad ha ido transmitiéndose por la tradición oral durante más de un siglo.
Se trata de un caracol de unos 8 centímetros de alto. En el centro rosado reposa la figura de un niño, con las manos pegadas al pecho como si rezara una plegaria. Nada más. Pero la fe de los campesinos es grande y expresiva. Piden por su salud, porque la tierra produzca y sus animales crezcan y engorden.
“Es un verdadero santo, es milagroso y sagrado para nosotros. Cuando le vi por primera vez apenas se lo divisaba. Ahora está clarito”, dice Dimas Bermeo Zambrano, del recinto El Viento, de Tosagua, al referirse a la forma del niño, que parecería tallada y que hace décadas no era muy clara. Sus padres le inculcaron la fe, que se afianzó hace seis años cuando su hijo Marcos se cayó en un pozo y sufrió politraumatismos.
“Estuvo cuatro días en terapia intensiva, con la cabeza partida y se salvó gracias al Niño Caracol”.
Es martes 18 de diciembre y Dimas se inscribe para llevar la imagen a su casa y realizar un velorio. Cruz Bravo, nieta de Luciano Bravo, quien halló el objeto en un camino de tierra hace unos 150 años cerca de Bahía de Caráquez, le atiende en Pechichal y le informa que podrá velarlo a mediados del 2010, de acuerdo al turno.
Esa es la característica centenaria. Los devotos acuden a la casa de los “dueños” y piden al Niño Caracol para velarlo. Después de Luciano se hizo cargo su hijo Manuel con su esposa, Enma Ganchozo, quien tiene 85 años y vive postrada por una enfermedad. Cruz y Laura Bravo Ganchozo lo cuidan ahora. Cruz tiene una decena de cuadernos donde constan las fechas de entrega a cada devoto, copadas hasta mediados del 2010.
Los Bravo no cobran. Lo “prestan”. “Si alguien nos da alguna colaboración, lo recibimos porque algunos quieren cumplir con una ofrenda”, señala Cruz Bravo, quien aclara que todos sus vecinos saben que viven modestamente en su vivienda de caña y madera, ubicada a diez minutos del km 8 de la carretera Junín-Calceta.
En la casa de los Bravo, el Niño Caracol permanece tan solo el 24 de diciembre. Aquel día, cientos de fieles llegan a Pechichal para venerarlo.
Los Bravo cuidan chanchos para, con ayuda de donaciones, preparar platos típicos que en Nochebuena los reparten a los visitantes.
El resto del año, el caracol viaja de recinto en recinto, de provincia en provincia. Lo llevan, además de Manabí, a Esmeraldas, Los Ríos, Guayas, El Oro, Cotopaxi, Pichincha. Solo llega a Pechichal por minutos, cuando se hace la entrega recepción. Hace unos 40 años –cuentan las Bravo– un hacendado de apellido Andrade se quedó con la imagen.
Semanas después comenzaron a morir las vacas y malograrse los cultivos. A los seis meses, cuando casi perdió todo, el hombre mandó a devolverlo.
A cada velorio acuden en promedio 200 personas, quienes rezan y cantan temas religiosos. El dueño de casa reparte comida pero es prohibido ingerir licor. Cada uno cumple una ofrenda. La familia Briones, de Manta, hizo un velorio hace meses, con orquesta y banda de músicos.
El miércoles 19 le correspondió el turno a René Zambrano Rodríguez, del recinto La Sabana, zona rural de Chone. Él hace seis años quedó paralizado de las piernas por un disparo en la columna. Hoy es presidente de la junta parroquial de San Antonio y dice: “Tengo plena fe de que él me ayudará para volver a caminar porque es milagroso”.
Posada ejemplar
En la noche guayaquileña, a lomo de Chiquito va Tatiana Bautín. Grandes aretes plateados en forma de argolla; las tobilleras en una de sus piernas resaltan sobre el vestido blanco y manto celeste que luce la integrante de la banda de los Block, quien hace el papel de la Virgen María.
Unos pasos adelante Pierre Mora sujeta con una cuerda al burro de mirada cansada. El joven, alto y delgado, viste un harapo convertido en una larga túnica café que lleva atada al cinto con una gruesa cuerda. Él, miembro de la banda Nación de Hierro, hace de San José.
Es la noche del miércoles 19 de diciembre y ellos lideran una procesión en la que participan unos 30 integrantes de diversas bandas juveniles del denominado Barrio de Paz, donde conviven ex pandilleros de diversos grupos.
La Navidad les ha motivado a muchos de ellos a vestirse de reyes magos y pastores. Las holgadas camisetas y jeans quedan ocultas bajo pedazos de telas que hacen de mantos y túnicas, tan sencillas como ellos, ausentes de coloridas lentejuelas o hilos dorados y de plata.
Se confeccionaron con retazos de tela y mucha creatividad para que al menos los trajes de San José y la Virgen se asemejen a los personajes.
El resto salió como pudo. En la oscuridad de este miércoles, trapos de color verde fosforescente resaltan sobre las cabezas de los jóvenes.
El mensaje de amor y paz, tan trillado en el ambiente navideño, cobra sentido entre estos jóvenes que antes estaban separados por la rivalidad y la violencia. La celebración permite ver agarrados de las manos y cantando villancicos a los Latin King, Maestros de la Calle, clan Viudas Negras, Block, Nación de Hierro y otros involucrados en un proceso de reinserción social promovido por la Fundación Serpaz.
El entusiamo de Cira de Molina, coordinadora de Serpaz, contagiaba a los jóvenes ex pandilleros que se dejan maquillar con improvisadas pinturas. Otros que hacen de pastores en una especie de solemnidad balancean su cuerpo hacia atrás y adelante mientras ensayan el villancico “...los pastores a Belén corren presurosos y de tanto caminar sus zapatos rotos hay que alegres van....”
La procesión, que se da por primera vez en este año, despierta ternura entre los vecinos del Barrio de Paz, a su paso por las calles Febres Cordero y Seis de Marzo, centro sur de Guayaquil, desde donde parte el grupo, hasta la iglesia del Santísimo Sacramento, en el sur. Ahí, los participantes rezan la novena.
“Unos 300 jóvenes más se han integrado (al proceso de paz), estamos saliendo adelante en el taller de cerrajería, pero necesitamos apoyo del Gobierno. Hacemos de todo, pero no tenemos trabajo, podríamos arreglar ventanas y pupitres de los planteles, por ejemplo. Que meta ficha (presidente Rafael) Correa”, expresa Wolmer Vega, de los Latin King.
La procesión, que aseguran no será la última, termina con un baile de reggaetón entre San José y María ante la mirada risueña de Nelsa Curbelo, quien trabaja con las pandillas y cual madre contempla con alegría a sus “hijos”. Los jóvenes que fueron rescatados de las calles por la Fundación Serpaz que ella preside, la llaman “mamá abuela” y le tienen cariño y respeto.
“Se ve muy bonito, hay que apoyarlos porque ahora han cambiado mucho”, expresa la moradora Nelly Yépez.
Niño Viajero
Pero mientras los antiguos pandilleros rivales se unen por Navidad en Guayaquil, en Cuenca, un tinte polémico marca la organización de la tradicional procesión del Niño Viajero, que cumplirá 63 años este 24 de diciembre. El motivo, la muerte de su ferviente mantenedora, Rosa Pulla.
Dos imágenes, una original y una réplica, presidirán el cortejo que cada año convoca a miles de azuayos a las calles. Los organizadores no llegaron a un acuerdo en aspectos como el lugar para la velación de la imagen del Niño Dios, la noche antes de la procesión.
Tras la muerte de Pulla en febrero pasado, el legado de la organización del cortejo lo recibió su hija Carmen Llivipuma, quien ayudaba a su progenitora desde los 13 años.
Este acto, mezcla de religiosidad y paganidad, se inició en 1943, cuando el entonces propietario de la imagen, monseñor Miguel Cordero Crespo, encargó la escultura, esculpida en yeso en 1823, a Rosa Palomeque, madre de Rosa Pulla y devota del Niño Dios. Ella realizaba la posada disfrazando de pastores y otros personajes bíblicos a los niños del Hospital Militar.
En 1961 Cordero Crespo llevó la imagen a Tierra Santa, la bendijo con el papa Juan XXIII y la recostó en Belén, en el mismo sitio donde nació Jesús, de ahí el nombre de la imagen de Niño Viajero.
Desde entonces las mantenedoras y la Universidad Católica de Cuenca organizan el evento, que empieza en agosto de cada año, con la invitación a escuelas y colegios de las parroquias rurales de Cuenca y la provincia.
Rosa Pulla, al igual que su madre, se encargaba de elaborar miles de panes de dulce de diverso tamaño. Estos, junto a fundas de caramelos y una pequeña botella de aguardiente eran los regalos para comprometer la participación a los invitados a la procesión.
Este trabajo terminaba una semana antes de la Navidad. El 23 de diciembre, la imagen del Niño Viajero se trasladaba desde la iglesia de El Carmen, hoy llamada Santuario de la Virgen, hasta la casa de Pulla, en donde priostas, quienes organizan la fiesta, como Rosa Guerrero le obsequiaban a la imagen un vestido nuevo, de terciopelo, lentejuelas y piedras semipreciosas.
El testamento del prelado, redactado en 1986, determina que cuando Pulla fallezca, sus herederos solo podrán llevar la escultura a la procesión y luego entregarla a las religiosas del Monasterio de El Carmen. Eso se cumplirá este año, una vez que Pulla falleciera en febrero.
Pero Llivipuma no está contenta con esa disposición. “El Niño es de las monjitas, pero la fiesta es nuestra”, dice la mujer sin dejar de dar forma a la masa del pan, en el mismo amasijo en el que su madre elaboraba los panes. Asegura que ella tiene una réplica del Niño, que la velará tal como lo hacían sus antecesoras desde hace 60 años. Así, la procesión estará presidida por ambas imágenes.
Washintong Noroña, presidente del grupo Hermano Miguel, que se sumó a los organizadores desde hace casi dos décadas negó que la presencia de dos imágenes en el pase del Niño sea un problema. “Mejor que haya dos o más, así se propaga la devoción al Niño”, expresó e invitó a la velación en el Santuario del Carmen hoy en la noche.
En la procesión participan entre 25 mil y 30 mil personas. Es multicolor por la cantidad de disfraces que utilizan. Comienza desde tempranas horas y culmina alrededor de las cinco de la tarde tras el desfile de cientos de carros alegóricos, burros y caballos que llevan a vistosos mayorales, niños disfrazados que van en caballos cargados de confites, frutas, licores y platos típicos.
Amigos solidarios
El espíritu navideño se manifestó de manera particular en un grupo de jóvenes del norte de Guayaquil, donde el conocido juego del amigo secreto terminó en la recolección de dinero para adquirir juguetes y víveres para familias de escasos recursos.
Todo comenzó con una discusión. Definir el monto del regalo para el amigo secreto, lo que llevó a treinta jóvenes empleados de la agencia de publicidad Norlop JWT a vivir una de las experiencias más gratificantes de sus vidas.
Hace unas tres semanas se reunieron para organizar el tradicional intercambio de obsequios cuando surgió la idea de utilizar el dinero destinado para ese fin, para hacer un fondo común y comprar víveres para entregarlos a personas pobres.
Roberto Cucalón, quien se desempeña como director creativo de la agencia, dice que hace algunos años participó en una fiesta navideña en el albergue infantil Jesús por los niños del Ecuador. Ahora se propuso beneficiar a los integrantes de ese centro. La propuesta fue aceptada inmediatamente.
“Es necesario mostrarnos como seres humanos solidarios y ojalá no solo en esta fecha”, afirma Iván Basurto, quien junto a sus compañeros participó ayer de una reunión con los 27 niños y niñas que habitan en el albergue situado en Sauces 5. La celebración se dio luego de entregar los donativos a los representantes del albergue.
La compra de arroz, azúcar, avena, atún, entre otros víveres no perecibles, tuvo un costo de unos $ 500. El obsequio lo recibieron alborozados los directivos del albergue, que no cuentan con contribuciones fijas.
“Hemos acudido a personas e instituciones para que nos ayuden, pero no es fácil recibir una mano”, menciona Luis Santana, quien está al frente del centro.
La satisfacción por la colaboración está pintada en el rostro de las cinco personas que trabajan en el albergue. Todos son voluntarios, destinan varias horas del día para trabajar con los niños en educarlos, alimentarlos y, sobre todo, darles cariño e “inculcarles el amor de Dios”.
Esa satisfacción contagió al grupo de empleados de Norlop. Ahora están sorprendidos de cómo una pequeña dosis de altruismo puede cambiar tantos rostros en Navidad, especialmente cuando esos rostros son de niños como los que pasan las noches en este albergue y que viven varios años allí, hasta que sus padres se acuerden una vez más de ellos. Esta actitud esperan se la emule por parte de quienes tienen dinero y pueden hacer algo por los demás.
Mientras eso sucede, el deseo de trabajar en personas como Maribel, Marcos y Susana, quienes son parte de la fundación, seguirá dependiendo de la voluntad de quienes entiendan el sentido de la solidaridad y “lo pongan en práctica”.
Huaorani piden
Como en la década del sesenta, cuando integrantes de las compañías petroleras y religiosos llegaban para evangelizarlos y desde helicópteros les lanzaban víveres y ropa, gran parte de los integrantes de la etnia huaorani esperan su aguinaldo navideño. Ahora, los regalos llegan desde las empresas petroleras e instituciones públicas.
En forma verbal y escrita, dirigentes de una veintena de comunidades huaorani, asentadas en las provincias de Orellana, Napo y Pastaza solicitaron la donación de regalos navideños.
Delfín Ordóñez, director de Ambiente del Consejo Provincial de Orellana, señala que a esta institución llegaron solicitudes de las comunidades del sector de Pindo, así como de Bataburo y Tigüino. “Pidieron pelotas de fútbol, caramelos, algún regalo y juguetes. Se está entregando porque esa es la costumbre”, refiere el funcionario.
Estas peticiones también se hicieron a las compañías Petroriente y Petrobell, que operan en la zona de influencia de la etnia huaorani.
Dirigentes de algunas comunidades huao mantienen convenios no solo con las petroleras sino con madereros, para permitir su acceso a las comunidades. A cambio reciben todo el año dinero y víveres. Estos convenios contemplan los aguinaldos navideños. Eso aprendieron desde su evangelización. Para la mayoría de huaorani, el visitante debe llevar su regalo, mucho más si es Navidad.