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Bernard Fougéres | bernardf@telconet.net
Zonas oscuras
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¿Puede nuestra conciencia  lograr una evaluación de lo que somos? Siempre me torturaron aquellas obsesiones que  experimentamos hacia el amor, el erotismo, la muerte. “Los hombres son fantasiosos, siempre quieren lo que está prohibido, la libertad por ejemplo” (Carlos Cañas).

Dependemos de nuestra infancia en lo que atañe al mundo de las sensaciones. Nos consideramos personas honorables mientras ruge en las capas del subconsciente un ancestro nuestro atascado en la prehistoria: instintos,  deseos inconfesables,  tentaciones secretas.
Nos inculcan la cultura del engaño, nos vuelven envolturas.
Proyectamos lo ideal: bondad, altruismo, desprendimiento, religiosidad
Borramos lo que podría alterar nuestra estampa. Nos escandaliza más la mala palabra que la perversa intención. La palabra “mierda” luce más ofensiva que la palabra “violencia”. Las fantasías sexuales inocentes resultan más reprobables que las rachas de egoísmo. Lo importante es lo que proyectamos para que se lleven de nosotros los demás un alto concepto. En  internet la sensualidad virtual puede ser inocente o convertirse en  crisol de desviaciones psicológicas, llegar al crimen pasional. Es más grave podar árboles, despreciar a quienes consideramos inferiores, que cometer el llamado pecado carnal.

Nuestros sueños nocturnos inventan acciones que jamás  concebiríamos en estado consciente. Aquella zona oscura en la que pueden anidarse un asesino en potencia, un libertino reprimido, solo sale a relucir si las circunstancias queman los fusibles de la censura. Todos sin excepción tenemos sueños lascivos: el puritanismo no es más que la máscara detrás de la cual ocultamos nuestra libido. Aquella energía que nace de las pulsiones sensuales  es ingenua, inocente, sin más.

Nuestra zona oscura se expresa de mil maneras. En mi correo diario encuentro candidatos al suicidio –recuerdo haber tenido a seis en una sola semana–. Aquel desvelo que se ovilla en las cunetas de la muerte no recibe la debida atención. Una mujer de treinta y dos años me escribió hace poco desde Atlanta. Supe que había intentado quince veces eliminarse, razón por la que nadie la tomaba en serio. Terminó lanzándose desde un decimoquinto piso. Guardo el correo desgarrador que me traía la infausta noticia. La zona oscura que alberga nuestra intimidad conlleva deseos insólitos que pueden volcarse en contra de nosotros o de los demás. No es tan clara la definición de lo que es un ser normal. Podemos llevar mutilaciones: falta del sentido del humor, excesiva fantasía, erotismo exacerbado, pasión por las armas...
También puede ocurrir lo contrario: seudoseriedad, frigidez, castidad mal asimilada que lleva a la represión, impotencia, pedofilia repentina en el clero, malhadado fundamentalismo, machismo a ultranza.

Cuando buscamos en nuestro primer diccionario  palabras relacionadas con el sexo, actuamos con inocencia, nuestra mano tapa la risa susceptible de compartirse con  criaturas cómplices. Legan los adultos, nos prestan intenciones  perversas, disfrazamos nuestra ingenuidad.
Nacen tabúes,  complejos de culpa, asociación de lo sensual con lo prohibido,  ambiguo, sucio, pecaminoso. Más vale ser lo que los franceses llaman enfants terribles que tartufos disfrazados. Una virtud tibia es a veces más condenable que un  pecado bien hecho. ¿Un consuelo? Pues, el amor sublima todo, transfigura la carne, nos devuelve la pureza original.
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