En sus manos la trompeta parece demasiado grande. Sin embargo, cuando aprieta el instrumento contra su boca y empiezan a escucharse los sonidos que pueblan su imaginación esa impresión desaparece por completo. El que escucha olvida pronto que Renato es apenas un joven, un muchacho más bien, que se atreve y se extravía en la creación continua de la música, porque ama tocar y le resulta fácil.
Cuando explica por qué le gusta este arte, las palabras le quedan cortas. Su felicidad es a medias. Incompleta. ¿Por qué? “No tengo trompeta”, dice sin por eso abandonar su sonrisa pequeña.
Debe ser una ironía. Un trompetista sin trompeta. ¿Te la robaron acaso? “No. Nunca he tenido. Siempre he tocado con instrumentos prestados”. Su respuesta es fuerte.
Causa algo de pena y mucha extrañeza. Pero reconforta saber que su talento nació con él. Nadie se lo ha prestado, aunque seguramente debe ser un don ya que Renato no tiene estudios formales de música. Toca de oído.
Él relata cómo fue que se metió en todo esto. Su aventura musical arranca una tarde del 2003. Ese es el tiempo en que asiste a una audición de la Orquesta Sinfónica de Vientos del Colegio Liceo Cristiano de Guayaquil.
Él deseaba tocar saxofón. Los profesores Luis Negrete y Fausto Samaniego, halagados y sorprendidos con su talento, le piden que lo intente con la trompeta. La cosa funcionó y luego de tres semanas aparece tocando y destacándose en el concierto de Navidad. De fábula.
A todo esto hay que agregar que la trompeta es el instrumento más complicado de los que componen la familia de viento, debido a que solo tiene tres teclas para la ejecución de todas las notas musicales. Y también que Renato nunca había tocado hasta ese momento.
Al año siguiente acude a otra audición de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Guayaquil. Obtiene una beca para estudiar y tocar en ella, y en un pequeño recorrido de tres semanas se convierte en primera trompeta de la agrupación infantil.
También es el tiempo cuando debía abandonar las clases en la escuela del Liceo Cristiano para poder asistir a la Sinfónica de Guayaquil. Un tiempo no tan bueno porque luego de cuatro meses tiene que retirarse porque estaba por perder la beca del Liceo Cristiano. Con tantos ensayos y tocadas descuidó sus estudios.
Esto también es importante para él. Todos los años está obligado al esfuerzo de mantener la beca que obtuvo desde el prekinder y hasta ahora no la ha perdido.
Renato dice que ha recorrido muchos escenarios. Pero tocar no lo agota. Hace unas semanas volvió de Tumbes, Perú, donde compartió escenario con Pregoneros, un grupo importante dentro de la movida reggaetonera cristiana.
Hay más. Están las dos ocasiones con el rapero Gerardo Mejía. Algunas con Bendición Urbana. Otras con Annette Moreno. Estuvo con Radical. El grupo Fortaleza. Incluso se ha atrevido a hacer arreglos de trompeta para algunos grupos y ha participado en la grabación de un par de discos.
También se ha arrimado por el Conservatorio Antonio Neumane para intentar algo, pero ha sido inútil. Ahí no enseñan los instrumentos de viento y Renato reconoce con entereza, pero algo entristecido, que no posee el dinero para pagarse un conservatorio privado ni para comprar una trompeta profesional.
Sin embargo, él lo tiene muy claro. Esto es a lo que se quiere dedicar por el resto de sus días. Parece una canción.