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Edición del DOMINGO 23 de Diciembre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El Reventador de la selva
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La selva tropical y el bosque nublado rodean al volcán.
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Viajemos: Turismo y aventura

Un grupo de periodistas emprendió el ascenso por las laderas  de este volcán rugiente, en la provincia de Sucumbíos, en medio de lianas y arenas cuasi movedizas.

Este artículo podría haberse titulado ‘Peripecias en las laderas de un volcán’, sin embargo dicho  título restaría buena parte de lo experimentado por un grupo de periodistas. Todos ecuatorianos (90% quiteños, 10% costeños), todos jóvenes (el mayor bordeaba los 40), todos aparentemente con un estado físico resistente (algunos aseguraban correr a diario). La idea era adentrarse en los dominios de este volcán, ubicado en el norte de la cordillera andina.

La ruta prometía ascender por las laderas   (a 2.200 m de altura) y pernoctar allí. No faltó un compañero   que calificó de “pan comido” aquella subida  ni uno que se rindiera con solo escuchar el itinerario.

Oso de anteojos
El grupo arribó a las 12:00 al aeropuerto de Lago Agrio. Mientras para los costeños el calor era habitual, para los serranos era insufrible. Sandrita, periodista quiteña, se asaba. Los lentes de ‘Jota’, fotógrafo de una agencia internacional, goteaban. Cristhian  respiraba lento, como suplicando que llegara un viento fresco.      
   
Minutos después,  embarcados en un bus ejecutivo, se dirigieron por la vía Lumbaqui rumbo al cantón Gonzalo Pizarro, en donde  Ramiro, Óscar, Isabel y Nicolás, los guías,  esperaban. Estaban   agradecidos por la visita. Crecieron  recorriendo de arriba a abajo el volcán. No le temen a los rugidos de la montaña ni a los gruñidos del oso de anteojos (especie que vive  en la cordillera andina).   

El Reventador (3.562 m) se llama. ‘Reventó’ con violencia en 1970 y en el 2002, haciendo honor a su nombre. Ruge a diario, aunque dejó de atemorizar a los nativos, quienes descubrieron en él su sustento diario. Ramiro Espejo,  jefe guía de Promotores de Turismo (Protur), cuenta que decidieron emprender un proyecto de turismo comunitario.   
         
Pequeño detalle
“Caminaremos de subida dos horas, así que bajen  lo necesario y cúbranse de la lluvia”, advirtió Tania Cando, directora provincial de Turismo de Orellana y Sucumbíos. Afuera del carro, las gotas eran grandes, caían con fuerza y viento. Hacía frío. Unas cuantas pertenencias guardadas en fundas plásticas fueron las mochilas adoptadas por algunos.
        
Los comuneros, gente sencilla y amable, observaban nerviosos. Nicolás Aguirre e Isabel Bravo, también guías, esperaban con ansias la mirada aprobatoria de los visitantes. Por primera vez, periodistas regresarían a sus  ciudades a escribir acerca del viaje, a recomendarlo con sus amigos o a enterrarlo en el olvido.         
 
Semanas antes los lugareños  entraron en el bosque húmedo, cortaron a punta de machete la maleza y los troncos. Construyeron artesanalmente un  camino apto para los turistas. Adobaron las truchas para la cena, prepararon la ensalada con poca sal y embalaron las ollas. Al parecer todo listo, demorarían dos horas en ascender, solo que olvidaron un pequeño punto: el aguante físico de sus invitados.
                      
En sus marcas, listos...
Es una de las zonas de mayor pluviosidad del país (5.500 milímetros de precipitación al año). El Reventador se eleva espléndido sobre una vieja caldera en forma de cono. En el cráter se pueden observar emanaciones de azufre y gases volcánicos. Su cumbre no tiene glaciares y los comunicadores no necesitaron equipo técnico de escalada. Viajaron ligeros sumergidos en un clima de locos. Garuaba por tramos, la temperatura subía y bajaba. Sara estaba estresada. Era la reportera más precavida del grupo. Su mochila incluía  pastillas para el vómito, hilos, fundas, prendas especializadas en deportes de aventura.  

Tuvieron que atravesar terrenos complicados, en ciertos casos casi impenetrables. Los obstáculos en la selva tropical, el bosque nublado, los campos de lahares de las últimas erupciones. Transcurría el tiempo. Una hora, dos horas, anochecía y algunos todavía a mitad de camino. Cada guía cuidaba que los integrantes de su grupo no se quedaran atrás, sin embargo, Juan Carlos, quiteño, y su compañera costeña ya no ‘jalaban’. Él, joven de 26 años, 1,80 m de estatura, cargaba una cámara de televisión de veinte libras. Sudaba a chorros, pero no por calor sino por el esfuerzo de subir con ese peso. Agradeció varias veces “al cielo” aquel baño sauna “que le ayudaría a adelgazar”. Ella, en cambio, “paría” con la altura. Cayó en arenas extrañas, a las cuales los guías llamaban “como arenas movedizas”. Sus botas quedaron enterradas.  Mientras más intentaba salir más se hundía. No aceptó salir agarrada de las lianas como Tarzán ni trepar por los troncos, pero  Nicolás y Ramiro lograron sacarla.

La noche llegó. El sendero parecía un laberinto. Juan Carlos y su compañera habían pasado el rótulo que decía “Ministerio de Ambiente. Reserva Ecológica Cayambe-Coca”, lugar que cubre una superficie de 12.290 h entre Imbabura, Pichincha, Sucumbíos y Napo. Llevaban caminando cuesta arriba tres horas, descansaban por intervalos, resbalaban a cada rato. El aire es puro y a pesar del cansancio relaja. Las orquídeas, bromelias, líquenes, canelos despiden su olor cuando están mojadas.

Animales raros zumbaban cerca de sus cabezas, pero los periodistas prefirieron no preguntar qué eran, aunque sospecharon de los murciélagos. Los extraños sonidos de la selva rondaban. Las linternas daban una visibilidad mínima, frondosos árboles tapaban las estrellas. Después de cuatro horas, la ansiada planicie apareció en medio de un terreno despejado de árboles. Solo el cielo estrellado y la magnificencia de El Reventador. La merecida recompensa después del esfuerzo realizado.

El paisaje era inaudito. Acamparían literalmente en medio de la nada, sin electricidad, señal de celular ni mensajes de auxilio, sobre un pajonal de 8 h. Un rico maito (pescado envuelto en hojas) con ensaladam y maduro asado  fueron los levantamuertos. Al inicio de la cena nadie hablaba. La experiencia de comer a la luz de las velas junto al volcán enmudece a cualquiera.

Las mujeres prefirieron dormir  a las 20:00, mientras los hombres a la 01:00.   En fin, los sonidos de la montaña  no dejaron dormir de largo. ¿Y si explota?, preguntó Sandrita. “Tranquila, eso no va a pasar”, respondió Ramiro. ¿Y si sucede? “Correremos para el otro lado, donde no nos pase la lava”, comentó sonriendo. A la mañana siguiente el desayuno fue potente. Guineos, sánduches de queso y jugos de néctar ayudaron para el  descenso de regreso. 

Los nativos se preocuparon de cada detalle. Muchos invirtieron sus ahorros. Tienen una idea fija: transformar  El Reventador en un atractivo turístico de aventura, no dirigido a deportistas rankeados sino a gente “común y corriente. Esa que hace ejercicios de vez en cuando y quiere disfrutar de un verdadero espectáculo natural”.

… Y realmente lo es, sumado a otro pequeño detalle: las gracias que hasta hoy les dan algunos periodistas, pues a partir de aquel viaje emprendieron una rutina de ejercicios y una dieta balanceada a fin de regresar al volcán, y ahora sí lograr subir en dos horas. (A.G.)

Fotos: cortesía Freddy Rivadeneira, Ministerio de Turismo.
Ramiro Espejo, Protur. Telfs. 06-281-8214, 09-469-3634.


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