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Farah Stockman * | Opinión Internacional
En Guantánamo todos esperan
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En casi seis años esta Base estadounidense de 72,4 kilómetros cuadrados ha visto más suicidios que juicios: cuatro detenidos se han quitado la vida, mientras que solo un caso judicial concluyó mediante un acuerdo (en el cual el acusado aceptó un cargo menor a cambio de una condena reducida o que se le retiren cargos más onerosos en su contra).

Nada de chicle. Ni estirarse. Tampoco zapatos abiertos con punta. Estas son las reglas en el juzgado de la Bahía de Guantánamo. En su interior, está lleno de sillas nuevas y videocámaras. Pero apenas las han usado.

En casi seis años esta Base estadounidense de 72,4 kilómetros cuadrados ha visto más suicidios que juicios: cuatro detenidos se han quitado la vida, mientras que solo un caso judicial concluyó mediante un acuerdo (en el cual el acusado aceptó un cargo menor a cambio de una condena reducida o que se le retiren cargos más onerosos en su contra).

El sistema de comisiones militares que el presidente Bush creó de la nada tras el 11 de septiembre ha enfrentado tantos desafíos legales que incluso las preguntas más elementales, por ejemplo, si las garantías constitucionales se extienden o no a los detenidos, siguen sin respuesta. Así que jueces, abogados y detenidos son obligados a hacer lo que la gente en esta aislada Base isleña hace con mayor frecuencia: esperan.

Los periodistas que también aguardan pueden tomar el “paquete de recorrido” por el centro para detenidos cada quince días, a fin de observar la preparación de la comida o el hospital donde los prisioneros pueden ser operados de los ojos, amén de que cuenta con aparatos para miembros prostáticos.

El boletín de prensa emitido por el ejército nos dice que a cada detenido musulmán se le entrega un Corán en su lengua natal y que los interrogatorios están programados con cinco intervalos al día para que puedan rezar los devotos musulmanes.

Así es la extraña combinación de deferencia y hostilidad hacia los detenidos en la Bahía de Guantánamo.

Si bien la mayoría de los 330 detenidos ha estado bajo encierro desde el 2002 sin que les hayan entablado cargos, la oficina de asuntos públicos en Guantánamo pone de relieve que a los detenidos no les servirán una sola hoja de lechuga que tenga la más mínima mancha.

Detrás de vallas formadas por árboles y alambrado de púas, los hombres cuyas audiencias hemos venido a presenciar están encerrados en otra parte, como si fueran criaturas exóticas en un zoológico de alta seguridad.

Nuestros escoltas militares nos dicen que los asesores culturales ayudan a los guardias a entender a los detenidos. Los momentos reservados para los rezos son tan sagrados que un detenido que solía alterarlos con sus gritos de “musulmanes por Jesús”, fue enviado a otro campamento, donde también van los detenidos que manchan los muros con su excremento.

Cada celda tiene un pequeño parque de recreación al que los detenidos pueden ir solos hasta por dos horas al día, pero también pueden hablar con sus amigos al otro lado de la valla. Cada patio tiene una máquina caminadora, y cada uno de los presos recibe una pelota de fútbol.

Los detenidos que cooperan reciben sal, plumas y papel, tapetes para orar, cartas para jugar, y pueden sacar libros de entre los 5.000 ejemplares que tiene la biblioteca de la prisión, incluida la serie de Harry Potter. Asimismo, los guardias pegan los resultados de fútbol de todo el mundo en una tabla de avisos.

En cambio los detenidos que no cooperan ni siquiera reciben un trapo para lavarse. Tienen que devolver su jabón y el dentífrico después de cada uso. Las mantas son entregadas a las 10 de la noche, y recogidas a las cinco de la mañana.

Los suicidios son un problema y las huelgas de hambre se han vuelto la norma. Doce detenidos se han negado a comer esta semana, incluidos dos que ya lo han hecho durante más de un año. Los obligan a comer y ya han subido considerablemente de peso, nos informan.

Hace dos semanas, un grupo de periodistas evadió la seguridad para observar una inusual lectura de cargos. Dos horas más tarde la audiencia terminó sin que varios asuntos cruciales hayan sido resueltos. Pero no hubo vuelo militar para salir de la isla ese día o el siguiente. Así que, como todos los demás, los periodistas también esperamos antes de marcharnos.

* Periodista de The Boston Globe.

Distribuido por The New York Times.
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Del 15 al 18 de enero próximo será el primer simposio nacional de ‘Análisis al Código de Procedimiento Penal y la Ley de Tránsito y Transporte Terrestre’. Los interesados pueden inscribirse al teléfono (09) 302-4428 en la secretaría del Colegio de Abogados del Guayas.

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