El niño afgano se encontraba agachado cerca de un muro en la remota aldea de Karawaddin, donde las fuerzas talibanes han impedido que el gobierno afgano proporcione servicios. Una opaca película amarilla cubría sus ojos.
Se le acercó el sargento Nick Graham, médico del ejército de Estados Unidos.
Los aldeanos se arremolinaron y le informaron que el niño se llamaba Hayatullah. Tenía diez años y había contraído su enfermedad ocular hace seis años.
“¿Puede ayudarlo?”, preguntó un hombre. Graham examinó al niño. Estaba ciego. No había nada que él pudiera hacer.
Durante principios de diciembre, una compañía de paracaidistas de la 82ava División Aerotransportada realizó patrullajes en el Distrito de Nawa, en la Provincia de Ghazni, región aislada cerca de la frontera con Paquistán, donde el talibán opera con confianza y la presencia del gobierno afgano es casi inexistente.
En cuanto los aldeanos se dieron cuenta de que los pelotones iban acompañados por médicos, se acercaron con niños enfermos y pidieron ayuda.
Pronto se habían formado filas con toda una variedad de sufrimientos pediátricos: niños con quemaduras e infecciones de la piel, raspones y mordeduras de escorpiones y arañas infectados, oídos sangrantes, ojos opacados o tos persistente y cargada. Algunos habían sido vendados con trapos sucios. Otros habían sido colocados en carretillas porque no tenían fuerzas para caminar.
En una aldea, Zarinkhel, los habitantes le pidieron vacunas al capitán Christopher J. DeMure, comandante de la Compañía B del Segundo Batallón del 508 de la Infantería de Paracaidistas. Siete niños habían muerto de sarampión en los últimos tres días, le dijeron, entre ellos dos la mañana en que se realizó el patrullaje.
En Afganistán, los problemas médicos de la población son graves. Pero los problemas en áreas como estas aldeas, dijeron los residentes, se han visto agravados por la continua insurgencia y los duros edictos del talibán, cuyo gobierno sobrevivió en tales lugares remotos incluso después de perder el control de Kabul, la capital afgana, a fines de 2001.
“Los talibanes han dejado más que claro que ningún médico del exterior, ninguna ayuda médica del exterior, puede trabajar en este distrito”, dijo DeMure.
Las aldeas no tienen electricidad. Muchas personas usan las mismas zanjas de irrigación para bañarse, lavar platos, cortar carne, cepillarse los dientes y beber. Los canales están bordeados por desperdicios animales. Se ven pocos niños con prendas de invierno.
“Tenemos una visión a largo plazo para hacer de éste un mejor lugar”, dijo DeMure. Esa visión incluye abrir una escuela cerca de la base de artillería de Estados Unidos, en Nawa, donde se les podría dar protección a los maestros.
Pero el capitán agregó que resultaría difícil construir carreteras y clínicas, o proporcionar electricidad, hasta que las aldeas ayuden a combatir a los talibanes.
Durante sus patrullajes recientes, se le pidió al soldado Corey R. Ball, el médico del Segundo Pelotón, Compañía B, que tratara no sólo cortaduras infectadas y resfriados persistentes, sino también casos de retraso mental, ceguera, autismo, sordera y epilepsia. “Somos médicos”, dijo. “Quieren que obremos milagros”.
Los oficiales dijeron que la fuerza del talibán en el distrito imposibilitaba por ahora una mayor atención médica a largo plazo.
En un patrullaje, en Salamkhel, el primer teniente Brian M. Kitching, quien lidera el Segundo Pelotón, convocó a los aldeanos a reunirse en una mezquita para hablar de sus problemas. Sospechaba que muchos aldeanos apoyaban al talibán y quería decirles que sus decisiones eran contraproducentes.
Después de oírlo hablar, la gente pidió ver al médico del pelotón, y un hombre acercó a un niño de aproximadamente seis años. El cabello del niño estaba envuelto en una bufanda verde a cuadros.
Debajo de la bufanda, una infección en etapa avanzada le cubría toda la parte superior de la cabeza.
Ball intentó drenar parte de la infección, pero el niño aullaba de dolor. El médico dijo que se necesitaba escarbar en la herida y limpiarla, proceso que probablemente involucraría cortar la mayor parte del cuero cabelludo del niño, limpiar la zona y luego administrarle antibióticos potentes durante mucho tiempo.
El padre del niño dijo no tener los recursos para viajar a la clínica más cercana, en Gelan, a más de 65 kilómetros de distancia.
El paramédico le hizo una curación a la herida y le dio al padre un ciclo de tratamiento a base de antibióticos para el niño, con instrucciones sobre cómo administrarlos.
Más tarde, de vuelta en una de las bases de artillería de la Compañía B, en Nawa, Graham dijo que el niño podía salvarse si lo hospitalizaban. Pero si se quedaba en Salamkhel, podría morir.
“Tengo confianza en que pedamos traer cambios aquí”, dijo DeMure, “aunque va a llevar tiempo”.