Es difícil precisar cuándo volvió un hazmerreír el “arquitecto estrella”. El término es uno de los favoritos de los comentaristas groseros, que lo usan para burlarse de los arquitectos cuyos edificios cada vez más ostentosos, en sus mentes, tienen que ver más con la moda y dinero que con su función.
A menudo, los ataques son una repetición de los viejos clichés. Los excedentes en costos y los techos con goteras son presentados como evidencia de otro artista egocéntrico más con poca preocupación por las necesidades de nosotros, la gente común.
La crítica más seria surge de aquellos que están dentro de la profesión y que ven una incursión en el mercado masivo como una traición. En su opinión, el acuerdo entre arquitectos encumbrados y constructores es un pacto faustiano en el que el arquitecto es nada más que una herramienta de publicidad, que está allí para darle una apariencia cultural a los constructores, grandes y malvados, cuyo único interés está en exprimir de sus proyectos tantas ganancias como sea posible.
Por supuesto, hay algo de verdad en esto. Por ejemplo, el diseño rimbombante de Santiago Calatrava para un eje de transporte en la zona cero, en la parte baja de Manhattan, es tanto un monumento al ego del arquitecto como un postulado de orgullo cívico.
Pero en general, encuentro desconcertantes a estos ataques. Durante décadas, el público se quejó de los edificios insulsos y carentes de sentimiento producidos en masa por oficinas corporativas anónimas. Mientras tanto, nuestros talentos arquitectónicos más importantes trabajaban duro casi en el anonimato, ocupados en pulir discretamente su habilidad en estudios universitarios y concursos que raras veces se tradujeron en encargos reales.
Ahora estos arquitectos, muchos de ellos entre los 60 y 80 años, finalmente están en proceso de poner a prueba aquellas visiones en la vida diaria, a menudo a gran escala. Lo que siguió ha sido uno de los periodos más estimulantes en la historia arquitectónica reciente. Por cada expresión superficial de una cultura obsesionada con la novedad, uno puede señalar a una obra de impactante originalidad.
Lo más importante es que la profesión se ha vuelto más democrática. La era del manifiesto ya murió; no hay estilo dominante. Más bien, vivimos en una época de voces creativas en competencia, donde las mejores de ellas pueden ofrecer audaces perspectivas de una cultura que está en flujo constante.
Por ejemplo, quizá no le agrade la Biblioteca Pública de Seattle, de Rem Koolhaas, pero sólo un cretino argumentaría que al arquitecto se le olvidó la función del edificio.
Su forma, una serie de losas disímiles envueltas en una piel tirante tipo telaraña, es una expresión audaz de las necesidades contradictorias del cliente de preservar los libros antiguos y también arreglárselas con las tecnologías de información emergentes.
El asunto real no son los egos de los arquitectos, sino un cambio importante en la clase de clientes que atienden.
En Estados Unidos, los dueños de casas progresistas y las instituciones culturales de altos vuelos que, hace una década, conformaban la mayoría de los proyectos de estos arquitectos, ahora se ven acompañados por constructores comunes que ven en una alianza con un arquitecto reconocido tanto una oportunidad para darse realce como para ayudar a lograr la aprobación de sus proyectos en un proceso de revisión pública a menudo delicado.
Al mismo tiempo, unos cuantos encargos de obras públicas arquitectónicamente ambiciosas que existió en algún tiempo en Estados Unidos se ha agotado en gran parte.
E incluso en Europa, que tradicionalmente ha invertido más en la calidad de la arquitectura pública, los grandiosos encargos culturales de los años 80 y 90 han sido reemplazados por diseños para torres y oficinas corporativas para, por ejemplo, BMW y el European Central Bank.
En este nuevo mundo, no hay manos limpias; hay buenos y malos en todos lados.
Existe un sinfín de casos de arquitectos que han sido reducidos al nivel de decoradores: lubricantes culturales convenientes cuya función principal es ayudar a que el público asimile los desarrollos cada vez más cínicos.
Pero desde la perspectiva del arquitecto, trabajar con constructores también es una oportunidad de salirse de los estrechos límites de la alta cultura y tener un impacto más directo en los núcleos de la vida diaria, que en un tiempo estuvieron fuera de su alcance, desde centros comerciales hasta distritos comerciales completos.