En una conferencia de capital de riesgo en Silicon Valley, Oleg S. Shvartsman convivió fácilmente con los peces gordos del capital privado.
“No sobresalía entre la multitud”, declaró Evgeny Zaytsev, organizador de la conferencia realizada el 9 de noviembre.
Es decir, hasta que reconoció, en una entrevista periodística, que el grupo de fondos de capital con valor de 3.600 millones de dólares que administra sirve a inversionistas “cerca de los niveles máximos del FSB y SVR”, agencias de espionaje nacional y extranjera del gobierno ruso.
Durante mucho tiempo, se ha sospechado tanto dentro como fuera de Rusia que el Servicio Federal de Seguridad, o FSB, por sus siglas en ruso, sucesor de la KGB, ha estado involucrado en los negocios rusos. Sin embargo, la declaración de Shvartsman, la afirmación más audaz a la fecha sobre el asunto, ha generado un debate sobre el papel corporativo apropiado para espías y ex espías.
Entre las filas de los ex agentes del Servicio Federal de Seguridad, muy educados y bien relacionados, se cuenta Vladimir V. Putin, Presidente de Rusia.
Y Putin ha instalado a ex colegas por todo el aparato gubernamental y los ha nombrado miembros de los consejos de las empresas paraestatales.
La prevalencia de ex agentes del Servicio Federal de Seguridad en los negocios rusos plantea difíciles interrogantes para las grandes compañías occidentales, a medida que un creciente número —entre ellas Boeing, Exxon Mobil y Renault — tienen transacciones de negocios con compañías rusas ligadas con ex espías o miembros de la policía política.
Boeing y Exxon declinaron comentar sobre los criterios de sus compañías para hacer acuerdos con antiguos funcionarios de la KGB. Una vocera de Renault dijo que el asunto no era motivo de preocupación para su compañía.
“Consideramos a AvtoVaz un socio interesante”, agregó Olga S. Sergeyeva, la portavoz, en referencia al fabricante automotriz número uno de Rusia, “así que trabajamos con la gente que dirige la fábrica.
Esa persona es Chemezov”. Sergei V. Chemezov, presidente del directorio de la paraestatal Russian Technology, es un ex agente de la KGB que prestó servicio con Putin en la ciudad de Dresden, en el este de Alemania, en los años 80.
“Muy incómodos” fue como describió el gerente europeo de un fondo de capital, invertido en Rusia, sus tratos con el liderazgo de una compañía dirigida por ex agentes del servicio de seguridad.
No hay nada ilegal en tales tratos y Rusia es un atractivo mercado emergente. El país ha atraído 45 mil millones de dólares en capital occidental, en lo que va del año, y, como mostró la incursión de Shvartsman en Silicon Valley, presuntamente en busca de oportunidades de inversión para sus fondos, los rusos también incrementan su inversión en el extranjero de decenas de miles de millones de dólares, parte de la ganancia inesperada del país producto de los altos precios del petróleo.
Shvartsman hizo alarde de que sus lazos con la policía secreta ayudaron a su compañía, el FinansGroup, a comprar negocios en Rusia a precios de ganga porque los propietarios de las empresas, dijo, “saben de dónde provenimos”.
Shvartsman dejó entrever que tenía el respaldo del FSB para adquisiciones corporativas hostiles, término que frecuentemente es más que una simple expresión en el rudo mundo de los negocios de Rusia.
Aleksandr Y. Lebedev, magnate ruso de las aerolíneas, cuyo valor está calculado en 3.500 millones de dólares, fue agente de la KGB en Londres, a fines de los 80.
En una entrevista, Lebedev dijo que observar la gran brecha en el desarrollo económico entre Occidente y la Unión Soviética en los años 80 convirtió en reformadores a algunos espías soviéticos de su generación.
Por ello, la caracterización de la KGB como una fuerza intrínsecamente reactiva es una idea equivocada, aseguró, y no debe sorprender que ex agentes se hayan convertido en entusiastas del libre mercado.