Sacarle jugo al talento es la nueva mentalidad en algunas importantes universidades de investigación al tratar con las empresas, y la esencia de un modelo emergente de cómo pueden aprovechar las corporaciones los grandes cerebros en los campus sin tener que pagar sus sueldos.
Desde hace mucho tiempo, las corporaciones han podido utilizar bajo licencia la propiedad intelectual de las universidades, pero estos contratos son engorrosos para negociar y tienden a funcionar mejor cuando los investigadores corporativos saben exactamente qué necesitan crear.
No siempre lo saben. Muchas veces, exploran fronteras científicas y tecnológicas.
Después de pensamiento imaginativo y experimentación aleatoria, idean nuevos productos sin depender de patentes precisamente definidas o artículos científicos publicados.
En el pasado, grandes corporaciones como RCA, Xerox y la vieja AT&T mantenían laboratorios internos, como Bell Labs. Estos laboratorios eran esencialmente universidades de investigación embebidas en compañías privadas, y sus empleados publicaban artículos académicos, hablaban en convenciones e incluso divulgaban valiosos adelantos. Bell Labs creó el primer transistor tras la Segunda Guerra Mundial y nunca ganó ni un dólar de la innovación.
Casi no quedan laboratorios basados en el modelo de Bell o Xerox, víctimas de recortes de costos y una nueva apreciación por parte de los líderes corporativos de que las innovaciones comerciales tal vez fluyen mejor cuando los científicos e ingenieros se limitan a los problemas de negocios.
La obsesión con combinar la investigación y los mercados, aunque generalmente es un punto fuerte del capitalismo estadounidense, deja algunas necesidades sin satisfacer. Para llenarlas, “las compañías necesitan una presencia en las universidades”, dice Henry Chesbrough, profesor de administración quien estudia innovación en la Universidad de California, en Berkeley.
Ahora, algunas universidades les brindan a las corporaciones un mayor acceso a sus laboratorios, por un precio. Stanford ha establecido una alianza con Exxon Mobil, en un acuerdo con valor de 100 millones de dólares durante diez años. La Universidad de California, en Davis, recibe 25 millones de dólares de Chevron, e Intel ha abierto laboratorios colaborativos con Berkeley, la Universidad de Washington y Carnegie Mellon.
Intel espera aprender más sobre avances científicos y técnicos que podrían influenciar su negocio. La compañía afirma que se beneficia de que sus empleados se codeen con profesores, y tiene oportunidad de observar a talento más joven en programas de doctorado.
Algunas personas dudan que las asociaciones formales entre corporaciones y universidades rindan beneficios reales.
El mes pasado, BP prometió gastar 500 millones de dólares durante diez años en investigación sobre energía alternativa que realizará un nuevo Instituto de Biociencias de la Energía, en Berkeley. “Éste es un nuevo modelo que estamos desarrollando en tiempo real”, expresa Robert J. Birgeneau, rector de Berkeley.