Una tarde de otoño, varios directores de museos, descalzos, pisaban uvas en una vieja cuba de piedra en el Douro, la región portuguesa de producción de oporto. Entre ellos se encontraban João Fernandes, director del prestigioso Museo Serralves, de Oporto, así como Vicente Todoli, director de la galería Tate Modern, de Londres.
“Si me hubieran dicho hace sólo unas cuantas horas que haría esto”, expresó Todoli, entre dos entusiastas pisotones, “¡no le hubiera creído!” No es el único.
Hasta hace poco, escasas personas hubieran imaginado que el Douro estaría en boca de los expertos en arte y los marcadores de tendencias del mundo entero.
Un área relativamente inaccesible, en el noreste de Portugal, donde pequeñas carreteras sinuosas se ciñen a viñedos abruptamente escalonados, el Valle del río Douro (conocido como Duero en su recorrido por España) era principalmente identificado como un soñoliento destino reservado para británicos que recorrían discretamente las quintas, o fincas de producción de oporto, de la región.
Hoy en día, el valle está a punto de convertirse en una ruta del vino que se ha puesto de moda. Abundan los indicios de ello: un grupo de vitivinicultores rebeldes autodenominado Muchachos del Douro; nuevos hoteles de lujo con suites de mil euros por noche; restaurantes con estrellas en la Guía Michelin y nuevas bodegas diseñadas por arquitectos famosos.
“Hay dos mil años de historia de vitivinicultura en el Douro”, explicó Dirk van der Niepoort, heredero de quinta generación de Niepoort, empresa familiar de producción de oporto, “pero los vinos sólo han sido buenos desde hace quince años y excepcionales desde hace cinco”.
A lo largo de esos años, los célebres vitivinicultores del Douro se alejaron gradualmente del oporto para enfocarse en la producción de vinos de mesa.
Para este fin han empleado uvas autóctonas como la touriga nacional, fruta generosa y aficionada al calor que, en su opinión, tiene el potencial para producir un vino tinto de calidad mundial. Gran parte de ese vino excepcional emerge de cinco pequeños productores que formaron una camarilla vitivinícola conocida como los Muchachos del Douro. Dichos “muchachos” (de los cuales forma parte Niepoort) varían en edad de poco más de 30 años hasta los 65 años, y uno de ellos es mujer.
Lo que los une es una “obsesión por la calidad, una ambición de posicionar nuestros vinos en los mercados internacionales y una ideología de compartir y ayudarse unos a otros para concretar esa ambición”, de acuerdo con uno de los Muchachos del Douro de mayor edad, Guilherme Álvares Ribeiro, de Quinta do Vallado.