Edición del VIERNES 4 de Enero del 2008
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Clásicos de temporada
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La de toda la vida, como uno no quiere estar blancota a la hora de recibir el Año Nuevo, fecha en que dado el clima ya están autorizados todos los escotes de rigor, uno se atolondra a quemarse hasta lo indescriptible y a la hora de celebrar se está calcinada, con todo hinchado, deshidratada y con look de muestra gratis de caladryl…

lacristigye@yahoo.com

¿Es que a quién no le ha pasado? Para colmo de males siempre la gente se pone efusiva y te quiere abrazar para desearte lo mejor, y uno solo quiere llorar del dolor…

Otro clásico de fin de año es decidirse a coctelear con los amigos en la tarde, esperanzados en llegar a casa a descansar y vestirse para estar regia a las doce y luego a la fiesta, y pues tampoco.  Uno calcula mal los primeros tragos al sol, uno se recocina, sigue tomando para refrescarse y voilá, borracha como una cuba y tampoco se recibe bien el año.

Algo más que sucede cada temporada es que una empresa / organización se convence de que sus ventas se multiplicarán por 500 por comprar vallas seguidas en la carretera.  Yo creo que los vendedores de vallas están a la caza de un ingenuo para enchufárselas porque impresiona ver que cada año es alguien más que cae y se enamora de la idea de ver su logo en gigante, pero pasa lo obvio, que el sobrino que tiene una compu bacansísima se la hace, y ahí se van como treinta mil dólares en el diseño del pariente inspirado.

Cómo olvidarse de los puestos de salvavidas que los remodelan y pintan diferentes todos los años en Salinas y nunca tienen algún socorrista adentro trabajando.  Son el gran spot de refugio para las parejitas entusiasmadas o para los aventureros con cigarritos que causan risa.  Pero ahí están, año a año, las casetas salvavidas dizque para socorrernos.

Otro clásico es el vendedor de langosta agazapado tras un dorado o cualquier pez que se le cruzó gritando en una esquina y cuando uno se acerca te habla de las de cola grande que están escasas y solo le quedan doce para que uno caiga como gran gil y las compre carísimas, sintiéndose el más pilas de toditos que la encontró.  Coincidentalmente vuelves a ver al mismo vendedor al día siguiente y fin de semana que sigue en el mismo puesto y con la misma estrategia.

¿Quién no se ha comido un buen cebiche de mercado? Pasa todo el tiempo, resulta que es delicioso, el lugar está limpiecito, recién pintado y sacado brillo.  Uno llega, se lo come, va a la casa, le  cuenta a todos que es lo máximo tal puestito que encontró nuevito, lo recomienda, y ¡fuas!, vuelves el fin de semana siguiente y es de un hijo, primo, sobrino o yerno de La Lojanita, es el mismo de siempre, el de toda la vida, y uno sintiéndose héroe descubridor.

Y mi preferido, el más bacán de todos: cuando ves al fulano que te gustó durante toda la secundaria, medio calvo, ya panzoncito, con olor a tabaco y sigue con la misma cerveza en mano, el incasable como se llama él mismo, levantando como siempre (como las peladas bien ya no le paran bola ahora es full impulsadoras), y uno piensa, ¡gracias a Dios que me salvé del fulano!... Lo que uno no se da cuenta es que para él uno tampoco luce de 15 ni tan bella, pero qué importa, eso como dije antes, uno no lo piensa...


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