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Rafael Correa y Alberto Acosta creen que está en marcha un intento para desestabilizar la democracia.
Es cierto, solo que la desestabilización no es de ahora; su momento culminante se produjo el 27 de diciembre pasado.
La historia comenzó a principios de diciembre, cuando el Presidente –en su momento de mayor popularidad– decidió endurecer su política, para comenzar el 2008 ya sin oposición. El primer paso fue la brutal intervención de las fuerzas armadas en Dayuma, que debió servir de advertencia a futuros protestones.
Luego se montó un operativo mediático para demostrar que si la Asamblea Constituyente tiene “plenos poderes”, Rafael Correa tiene más poderes aún; para eso las sucesivas amenazas del Mandatario de que renunciaría o llamaría a votar en contra de la nueva Constitución. Por último se hizo pública la propuesta de reforma tributaria que pretendía “ampliar la base tributaria” (eufemismo neoliberal para decir que los pobres también deben pagar impuestos) y centralizar las rentas que reciben los gobiernos locales.
Este endurecimiento político provocó muchísimas dudas en la población. Después de todo en Dayuma no se le dio palo a los pelucones sino a uno de los sectores más abandonados del país; y más impuestos nunca han sido una política popular. Y no olvidemos que para entonces los precios habían comenzado a subir.
Así comenzó una pugna feroz pero soterrada en el régimen. Correa continuó con su propósito de someter de una vez por todas a sus opositores, mientras que Acosta se convenció de que era imprescindible retroceder. El momento culminante de la crisis se produjo la tarde del jueves 27 de diciembre, cuando Correa acudió a Montecristi y anunció, desafiante, que allí esperaría a Jaime Nebot. Para sorpresa de muchos, esa misma noche abordó un avión a Quito, olvidando su amenaza y encomendándole a la Policía el trabajo sucio de impedirle a los alcaldes que avancen más allá de La Cadena.
La hipótesis de Nebot es que Correa se asustó. Es plausible, ya que el Presidente siempre se ha mostrado combativo cuando lleva las de ganar, pero titubea cuando hay posibilidades de derrota. Entonces da un giro de 180 grados y presenta las cosas como si nunca hubiese existido conflicto.
Hay otra explicación posible, sin embargo. Esa noche el Presidente quiso poner a las fuerzas armadas ante un hecho de violencia consumado, para obligarlas a que tomen partido a su favor. No lo consiguió, en parte por los graves conflictos internos que él mismo ha generado al involucrar a los militares en la construcción de carreteras y el manejo de Petroecuador, que generaron envidias, sobre todo en la Marina, y también porque los uniformados son sensibles al descontento popular.
Así que el Presidente tuvo que allanarse ante la realidad y, luego de tomar las de Villadiego (“de aquí me voy, yo no me quedo”) varió de política. Se empeñó en demostrar que su gobierno es el más democrático de la historia y de que con la reforma tributaria nunca se quiso tocar a los pobres. Gustavo Larrea, que se había negado a reprimir en Dayuma, regresará al Gobierno, y paulatinamente los detenidos en aquel incidente han sido liberados.
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