Tenemos un problema. El mundo no se pone de acuerdo para frenar las emisiones de gas carbónico. Parte de la disputa es porque para hacerlo es inevitable que las economías del mundo disminuyan su crecimiento, y en ese punto lamentablemente hay muchísimos intereses en juego.
Es imposible mantener el ritmo de una demanda creciente de productos de consumo (cada vez hay más gente y más dinero), sin que esto signifique contaminar cada vez más. El planeta ha llegado a su límite, pero si en este momento reducimos las emisiones de CO2 podemos evitar la catástrofe ecológica. En otras palabras, todavía estamos a tiempo.
Hay nuevos modelos de organización social que buscan solucionar este problema partiendo de que el mundo no necesita más riqueza sino repartir mejor la que hay. Parte del problema es que el fantasma del comunismo sigue asustando a muchísima gente a un punto tal que cierran los ojos a toda propuesta que incluya la palabra “repartir”.
Se habla también de adoptar fuentes de energía no contaminantes y que la población adopte un estilo de vida más sustentable y menos consumista.
El rol del consumismo
Las élites en América Latina siguen sintiéndose inspiradas por el estilo de vida norteamericano, un ejemplo de hábitos de vida no sustentables. Estamos hablando de cambiar de automóvil cada dos años; solamente usar ropa nueva; renovar TV, DVD, teatro en casa y nintendo cada vez que hay una innovación tecnológica; por moda vacacionar fuera del país y consumir agua y alimentos importados. Ese consumismo es parcialmente responsable del daño ambiental porque demanda más producción y más transporte.
La casta política en EE.UU. está más que nunca alineada con grandes corporaciones que, haciendo su trabajo, maniobran para evitar que su país acepte reducir las emisiones de carbono. El problema es que la administración pública en EE.UU. ha demostrado ser cómplice de estas maniobras, y puede seguir siéndolo gracias a la indiferencia de una cultura acostumbrada a que no importa lo que ocurre en el mundo mientras en casa tengan seguridad y confort.
Hay gente que está tan ensimismada en un mundo de confort y tecnología que ve la destrucción del medio ambiente como algo lejano y poco relevante. Hay gente a quien no parece molestarle la idea de que la Tierra se convierta en un cuerpo gigante sin vida porque cree que de algún modo la tecnología suplantará lo que la naturaleza deje de darnos. El consumismo, sin proponérselo, es cómplice de las mentes depredadoras del planeta.
¿Soluciones?
Hay propuestas de desarrollo totalmente democráticas y respetuosas de la propiedad privada que priorizan por el bienestar del medio ambiente y de la gente, aunque esto signifique sacrificar el crecimiento económico. Suecia se apresta a ser el primer país totalmente libre de petróleo en el año 2020, y el resto de Europa sigue sus pasos.
En EE.UU., lamentablemente, hay todavía mucha desinformación sobre estos temas. No existe aún una opinión pública que exija leyes que impongan formas de obtener energía menos contaminantes. En América Latina todavía no contaminamos al ritmo de nuestros vecinos del norte, pero podríamos estar en camino si no adoptamos una posición al respecto.
Muchas personas que rechazan la postura ecológica lo hacen porque no saben que existen otras maneras de crear progreso sin necesidad de someternos a un crecimiento económico que a la larga resulta contaminante. Tener una mente abierta a nuevas soluciones puede hacer una gran diferencia en este momento crítico para la supervivencia de nuestra civilización.