Tan extremadamente particular en la manera de afectarnos, que es imposible conocer con claridad lo que sucede en la mente y en el alma de una persona que sufre la pérdida de un ser querido.
Tal vez por eso es que nos sentimos tan torpes e impotentes cuando ofrecemos nuestras condolencias a un amigo sabiendo que no estamos resolviendo nada. Es que cada persona siente esta experiencia de una manera muy suya y a la vez muy desconocida, por muy preparada que haya pensado que estaba.
Se puede concluir que nadie realmente está del todo preparado para enfrentar la muerte de un familiar cercano. Asimismo, nadie puede ofrecer una solución para el profundo dolor, tristeza y vacío que sienten sus deudos.
¿Cómo, entonces, podemos ayudar a un amigo o familiar que se encuentre en este trance? No estoy hablando del primer momento, desde que se produce el deceso hasta que terminan las formalidades en el cementerio, periodo que para muchos es irreal, marcado por un entumecimiento emocional, sino cuando este amigo o pariente está solo frente a una realidad con la que tiene que vivir por un tiempo considerable.
Pienso que la presencia de un amigo en estas circunstancias debe resumirse en dos palabras: respeto y solidaridad. El amigo debe respetar la forma en que el deudo manifieste sus emociones, pudiendo producirse crisis de llanto, de rabia o de depresión. Todo esto es posible, y en cierta forma esperable, ya que es necesario que desfogue todo el estrés acumulado.
Puede ser que lo que se necesite del amigo es estar cerca, a la mano, callado, esperando ser útil cuando la situación lo requiera, pero sin forzar su presencia. O tal vez lo necesario sea reunirse varios amigos y recordar con él experiencias y anécdotas vividas con la persona que partió, o turnarse para hacerlo sentir acompañado mientras reorganiza sus prioridades, si él así lo deseare.
Una de las maneras más útiles de ayudar es haciéndose cargo de las pequeñas cosas del día a día que el amigo está demasiado atribulado emocionalmente para manejar, como entretener a los hijos, hacerse cargo de la mascota familiar, encargarse de la comida, sacar la ropa de la lavandería, atender a parientes que vinieron de otra ciudad.
Es mejor que sean visitas frecuentes y cortas, a no ser que la situación exija una mayor permanencia. El amigo puede pedir estar solo y desear estar solo también es parte del proceso del duelo; pero no hay que permanecer distante por mucho tiempo, es necesario mantener el contacto periódico para darse cuenta de si se está presentando un cuadro depresivo mayor que requiera de intervención profesional.
Gradualmente el proceso de recuperación irá permitiendo la intervención de más personas en la vida del amigo de duelo, incluyéndolo en actividades de índole social, cultural, deportiva, religiosa en la medida en que las tolere.
No existe un tiempo definido para establecer si una persona está totalmente repuesta de su pérdida ni hay que esperar a que ella se dé cuenta. Idealmente, su reinclusión en la vida normal sucederá de una manera de lo más sutil. La función de los amigos cercanos es facilitarle el camino.