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Edición del DOMINGO 6 de Enero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El universo pictórico de Giuseppe Arcimboldo
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El aire: una multitud de pájaros, de los que solo se distingue a veces su cabeza, dan forma a este elemento.
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Texto: Teresa Gutiérrez Chávez desde París | Fotos: Germán Baena

París redescubre la imaginación fantástica, inventiva e iconoclasta de Giuseppe Arcimboldo, pintor italiano nacido en 1526, a quien dedican ahora “la primera exposición monográfica del mundo”, según sus promotores.

Desde el 15 de septiembre del 2007 hasta el 13 de enero de este año, el Museo de  Luxemburgo en París expone la obra del pintor italiano Giuseppe Arcimboldo, de quien todos alguna vez hemos visto uno de sus rostros hechos de frutas y legumbres. Visitan la muestra, según un semanario francés, aproximadamente 7.000 personas por día.

En la corte de los Habsburgo
La forma correcta del apellido del pintor nunca pudo establecerse con certeza, pues el propio Giuseppe firmaba de diversas maneras: Arcimboldo, Arcimboldi, Arcimboldus e incluso aportaba a su nombre variantes: Giuseppe, Josephus, Joseph o Josepho. En todo caso, la forma comúnmente utilizada, excepto en Italia, es Giuseppe Arcimboldo.

Arcimboldo nació en Milán en 1527, en el seno de una familia noble que tenía entre sus antepasados un arzobispo. De su educación como pintor no se conoce casi nada, salvo que trabajó al lado de su padre realizando vitrales para la catedral de Milán.

En 1562, a petición del emperador Fernando I de Habsburgo, viajó a Praga. Las investigaciones históricas confirman la celebridad de la que gozaba cuando el emperador le propuso convertirse en retratista de la corte. El pintor no solo fue recibido con grandes honores, sino que además se le otorgó una muy buena retribución.

A lo largo de los 26 años en los que sirvió a la Casa de Austria -Fernando I y sus dos sucesores, Maximiliano II y Rodolfo II-, el artista mostró su talento tanto en la pintura como en decorados teatrales, organización de torneos, creación de juegos, diseño de accesorios de cortejos, coronaciones y bodas.

En 1587, Rodolfo II le concedió a regañadientes el permiso de regresar definitivamente a Milán, no sin antes hacerle prometer que continuaría trabajando para él.

Dos de sus cuadros más famosos, Flora y Vertumne, datan de este periodo. El emperador se entusiasmó tanto al recibirlo que en 1592 decidió conferir a Arcimboldo el título de conde palatino. Un año más tarde, el 11 de julio de 1593, el artista murió en Milán.

Al servicio de los emperadores
En sus dos años al servicio de Fernando I, Arcimboldo pintó, además de varios retratos de la familia imperial, la primera serie de cuatro Estaciones. Hablamos de primera serie, porque el artista realizó varias de sus diferentes cuadros.

En 1564, con la muerte de Fernando I, subió al trono Maximiliano II  y durante su reinado, que se prolongó doce años (1564-1576), el artista pintó los cuatro Elementos (El agua, El fuego, La tierra y El aire), El jurista, tres series de Estaciones, El cocinero y El bodeguero.

El cocinero es el primer cuadro reversible del que se tenga noticia en la historia de la pintura. La cabeza de un hombre un poco rústico emerge de un plato. Si se observa con cuidado, el rostro se compone de diversos animales asados. Si se le da la vuelta, uno puede percibir que el sombrero del personaje resulta un plato lleno de carnes en cuyo borde reposa una rodaja de limón. Alguien lo está cubriendo para impedir que la comida se enfríe.

De la actividad pictórica de Arcimboldo entre 1577 y 1587, años que estuvo bajo el amparo imperial de Rodolfo II, se tiene muy poca información. Pintó dos veces más las cuatro Estaciones y obsequió al emperador un portafolio de marroquín rojo que contenía 150 dibujos a pluma.

Una vez de regreso a Milán, el artista realizó El jardinero, otro cuadro reversible, y las dos célebres pinturas ya mencionadas.

Estaciones y Elementos
Las cuatro Estaciones obedecen a una suerte de simetría. Dos personajes miran a la izquierda (La primavera y El otoño) y dos a la derecha (El invierno y El verano). Desde un punto de vista simbólico, el eterno retorno de las cuatro Estaciones manifiesta el orden inmutable de la naturaleza. Por analogía, en opinión de los críticos de arte, estos rostros representan la dominación eterna de la Casa de los Habsburgo.

Al igual que las Estaciones, los cuatro Elementos han sido creados bajo la apariencia de un perfil humano y también están dispuestos en un orden simétrico (La tierra y El aire miran hacia la derecha y El fuego y El agua hacia la izquierda). La combinación de cuadros que representan a las estaciones y a los elementos, amén de tener en común el número cuatro, revelan a los estudiosos otras relaciones.

Estos estarían vinculados por pares de propiedades: el verano es cálido y seco como el fuego; el invierno, frío y húmedo como el agua; la primavera, cálida y húmeda como el aire, y el otoño, frío y seco como la tierra. Así la armonía entre los frutos o entre los animales, pese a que a primera vista la composición pictórica parezca un simple revoltijo de formas, nos remite a la armonía que prevalecía bajo la dominación de los Habsburgo.

La significación política de los cuadros quedaría confirmada por referencias simbólicas a la dinastía reinante. Encontramos en El aire, por ejemplo, la presencia del pavo real y del águila, emblemas de la Casa de Austria; en La tierra, la piel de un león simboliza el reino de Bohemia, el cual formaba parte de este imperio. Las perlas que ornan El agua o la corona recreada gracias a los cuernos de los animales o las llamas del fuego pueden igualmente ser interpretadas de manera simbólica.

Parece evidente que Arcimboldo suscribía la idea de que el cosmos, el mundo, los seres humanos, los animales y las plantas constituían una unidad  y que esta percepción guiaba la elaboración de sus cuadros.

Precursor del arte moderno
Se ignoran las razones por las cuales las generaciones siguientes manifestaron un gran desapego hacia la obra de Arcimboldo. Quizás solo vieron en él a un autor de cuadros raros, extravagantes o extraños.

Hubo que esperar hasta principios del siglo XX para su redescubrimiento. Los artistas surrealistas, sobre todo, lo reconocieron como un precursor porque consideraron sus pinturas transposiciones elementales de un simbolismo transparente.

Sin embargo, no se debe desprender su obra del contexto del siglo XVI, donde primaba el gusto por lo maravilloso, las curiosidades de la naturaleza, los enigmas, los juegos intelectuales y toda manifestación del espíritu inventivo.


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