La rutina puede ser una muerte lenta, porque la era en que vivimos nos obliga a acelerarnos, a tomar decisiones inmediatas y husmear nuevas rutas. De lo contrario hay aplanadoras que se hacen visibles en los momentos más insospechados. Hay que reaccionar como los gatos. No puedo despegarme de esa antológica campaña de los zapatos Nike donde el eslogan vale oro en cualquier época y edad: Just do it (hazlo). El comercial era con atletas, y allí había una energía que revitalizaba hasta las hormonas de las tortugas.
De igual manera, hay que tener especial cuidado con perpetuar hábitos sin ni siquiera darnos cuenta. Mi mujer se queja del desmedido uso de la palabra ojalá en los enfoques editoriales de los diarios y noticiarios. Para ella es nefasto eso de siempre terminar los análisis sobre aspectos negativos de la realidad con el impajaritable toquecillo esperanzador de una palabra que debería ser desterrada. Ojalá que el Presidente... Ojalá que la Asamblea... Ojalá que el Alcalde... “¿Para qué mencionarla, si sabemos que las cosas no van a cambiar solo con buenos deseos?”, dice.
En tiempos mediáticos exacerbados, hay que estar siempre alerta de los primeros impactos y tratar de reconocer los valores y los peligros en cada mensaje. Las innovaciones, los desacatos que trastocan vidas comunes pueden llegar en condiciones inesperadas o supuestamente imposibles. Y aquí llego yo, recordando una de mis obsesiones musicales de hace algunos años. Cuatro siglos atrás, las buenas noticias se escuchaban en clavicordios.
Johann Sebastian Bach (1685-1750) fue convocado al castillo del Conde Kaiserling, en Leipzig, en alguna fecha que todavía no he podido registrar. Este conde ruso, ex embajador en la corte de Sajonia, sufría de insomnio. El pobre hombre no podía encender la tele y dormirse arrullado con el canal Playboy. Bach compuso unas variaciones para el clavicordio que entregó al músico en residencia del conde, Johann Gottlieb Goldberg, para que las interpretara noche tras noche. Estoy seguro de que el genial Bach nunca dijo: “Ojalá se duerma el conde”.
Es un aria inicial que luego sufre las más alucinantes metamorfosis. Una nota que se revierte en otra, y en otra, que vuelve, que avanza, que se detiene, que se transforma en otra cosa. Bach parecía integrar en estas Variaciones de Goldberg primeros y viejos impactos que ahora son interpretados hasta por músicos de jazz y de rock. No sabemos si al escuchar esta obra maestra el conde pudo conciliar el sueño. Lo que escuchamos ahora en grabaciones digitalizadas en incontables versiones nos mueve una adrenalina recóndita y ha alterado las percepciones de muchos críticos de música.
El fantástico pianista canadiense Glenn Gould logró una de las interpretaciones cimeras de las 30 variaciones. Esto fue inmortalizado por el documentalista Francois Girard en su inspirada Treinta y dos cortometrajes sobre Glenn Gould (1993). Allí vemos cómo la experiencia musical es un acto impredecible, sensual, mágico. Gould se sienta en un banquillo pequeño y cuando su mano está sobre las teclas la otra baila sobre su cabeza, pareciendo sacar notas del aire. La música de Bach fluye como si se tratara de un vuelo a espacios siderales. Si no pueden conseguir el DVD, adquieran el CD de su grabación en 1955. O vean a Glenn y su interpretación de las variaciones en youtube. Háganlo ya y no piensen “ojalá”. Es igual que decirlo.